VIII
El principio de la caridad es abandonar los males y después obrar el bien en provecho del prójimo.
319.
En la doctrina de la caridad el primer dogma es, que el principio de
la caridad es cesar de obrar el mal con el prójimo, y empezar á
obrar el bien con él. Cumplir este dogma es como abrir la puerta de
la caridad. Es sabido que en la voluntad de todo hombre existe el
mal desde su nacimiento, y puesto que todo mal afecta de cerca ó de
lejos al individuo, así como á la sociedad y á la patria, sigue que
el mal hereditario encierra en sí las ofensas contra el prójimo en
todos sus grados. El que tiene sana razón puede fácilmente
comprender que en cuanto el mal que existe en la voluntad no sea
apartado, el bien que se obra queda penetrado por este mal, que se
oculta dentro del bien como el pepino en la fruta y como la médula
en el hueso, por lo cual el bien, hecho por tal hombre, no es un
bien genuino, por más que así parece; porque es como una nuez
consumida por un gusano, dentro de una cáscara sana y limpia. Desear
el mal y obrar el bien forman oposición entre sí, y no pueden
existir juntos en la misma mente; si están juntos el bien del hombre
exterior viene á ser como una llaga exteriormente curada,
permaneciendo al interior materias putrefactas, y el hombre es
entonces como un árbol que tiene la raíz dañada, el cual produce
fruto que exteriormente parece sano, útil y de buen sabor, pero
interiormente es pernicioso y de ningún provecho. Hay que saber que
el bien, que el hombre hace con su cuerpo, procede de su espíritu, ó
sea de su hombre interior, y el hombre interior es su espíritu, que
vive después de la muerte; por lo cual el hombre, que con mala
intención obra el bien, cuando deja el cuerpo natural, que forma su
hombre exterior, no tiene en sí más que maldad y se goza en el mal,
oponiéndose al bien como al enemigo de su vida. Así es todo hombre
antes de ser regenerado; no puede hacer, un bien que en realidad sea
un bien, hasta que el mal que desde su nacimiento está en él, haya
sido apartado. Esto enseña el Señor en muchos pasajes del Verbo;
entre otros en los siguientes:
«No
se cogen uvas de los espinos ni higos de los abrojos; no puede el
árbol bueno llevar malos frutos» (Mateo VII: 1618).
«Ay
de vosotros escribas y fariseos; hipócritas, porque limpiáis lo que
está fuera del vaso y del plato, mas de dentro están llenos de robo
y de injusticia. Fariseo ciego; limpia primero lo de dentro del vaso
y del plato, para que también lo de fuera se haga limpio» (XXIII:
25; 26).
Y en
Isaías:
«Lavad; limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras; dejad de
hacer lo malo; aprended á hacer el bien; buscad juicio; entonces si
vuestros pecados fueron como la grana, como la nieve serán
emblanquecidos; si fueron rojos como el carmesí vendrán á ser como
lana» (I: 1618).
320.
Pero nadie puede purificarse de sus males por su propio poder
y fuerza, y sin embargo la purificación no puede realizarse sin el
poder y la fuerza del hombre, mas éstos no pertenecen al hombre más
que aparentemente. Parece al hombre como si fuesen suyos, porque sin
esta apariencia nadie podría luchar contra los apetitos de la carne
y sus pasiones, lo cual sin embargo nos es mandado; no pensaría
siquiera en combatir, ó luchar contra estos enemigos, sino que
dejaría que su mente se introdujese libremente en toda clase de
males, y no se abstendría de ultimarlos en actos mas que por temor
de las leyes, de la justicia civil y de sus castigos. Así sería
interiormente como un tigre, un leopardo y como una serpiente, y si
no fuese por temor de la ley, obraría como estos animales que no
ocultan los goces crueles de su amor. Es pues claro que el hombre,
el cual diferentemente de los animales es racional, debe resistir
los males por el poder y la fuerza, que tiene en sí por virtud del
Señor, los cuales bajo todos conceptos le parecen como si fueran
suyos, siendo esta apariencia dada por el Señor á todo hombre al
efecto de la regeneración, imputación, conjunción y salvación.
La siguiente sección
[IX.
En
los ejercicios de la caridad el hombre no pone mérito en las obras,
si cree que todo bien viene del Señor. (N. 321-323.)...]