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La vida moral, si al mismo tiempo es espiritual, es caridad.
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Cada uno aprende de sus padres ó preceptores á vivir moralmente, es
decir, á cumplir con los deberes civiles y desempeñar los asuntos de
la vida honrada los cuales todos se hallan relacionados con las
virtudes que constituyen la esencia de la vida buena, y á
presentarlos en las adecuadas formas de esta vida, que se llaman
modales. Conforme progrese en edad aprende á añadir á estas cosas lo
racional, perfeccionando así la moralidad de su vida; porque la vida
moral desde la niñez hasta la juventud es exclusivamente natural;
llegando á ser racional con los años. Quien reflexiona puede ver que
la vida moral forma Uno. con la vida de la caridad, es decir, que es
obrar correctamente con el prójimo y conducir la vida de manera á
que no sea contaminada con males (véase N. 314316). Sin embargo, en
el primer período de la vida la morar no es más que la parte
exterior de la vida de la caridad y no lo interior de ella. El
primer período de la vida es cuando se obra á instancias de otros y
por instrucciones; el segundo es cuando se obra por sí mismo,
actuando el entendimiento de moderador; el tercero es cuando la
voluntad influye y obra en el entendimiento, mientras que el
entendimiento á su vez modera la voluntad; y el cuarto es cuando se
obra por convicción y confirmación y por consiguiente con intención
y deliberación. Mas estos períodos de la vida son períodos de la
vida del espíritu y no igualmente del cuerpo, porque el cuerpo puede
aparentar moralidad y hablar racionalidad, aun cuando el espíritu
quiera y piense lo contrario. Así es el hombre natural, lo cual es
muy evidente por los disimuladores, aduladores, mentirosos é
hipócritas, cuya mente se halla dividida en dos partes, mutuamente
opuestas. El caso es diferente con los que tienen buenas
inclinaciones y sana razón, los cuales piensan y hablan
racionalmente y obran el bien. Estos últimos son los que en el Verbo
se llaman los sencillos de espíritu. Se llaman sencillos porque no
tienen una mente doble. Esto hace ver lo que propiamente es el
hombre exterior y el hombre interior, y demuestra que nadie puede
por la moralidad del hombre exterior formar conclusiones con
respecto a la moralidad del hombre interior, puesto que este último
puede inclinarse en sentido opuesto y ocultarse como una tortuga
oculta su cabeza dentro de su concha, porque semejante hombre,
llamado moral, es como un bandido que alternativamente vive en la
ciudad y en el monte. En la ciudad aparenta moralidad y en el monte
es bandido. Muy diferentes son los que tienen moralidad interior, ó
sea espiritual, cuya moralidad obtienen mediante la regeneración por
el Señor. Estos son hombres espiritual/morales.
Una
vida moral, que al mismo tiempo es espiritual es una vida de
caridad, porque los actos y obras de la vida moral y los de la
caridad son los mismos, siendo así que la caridad es tener buenos
deseos para con el prójimo y por benevolencia obrar justa y
rectamente con él, lo cual también es la práctica de la vida moral.
La ley espiritual es la ley dada por el Señor: «Todas las cosas que
quisiereis que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced
vosotros con ellos, porque esta es la ley y los profetas» (Mateo
VII: 12), y la ley de la vida moral es idéntica. Podríamos enumerar
los actos y obras de la caridad, comparándolos con los actos y obras
de la vida moral, pero esto sería largo. Que sirvan como ilustración
los seis últimos preceptos de la segunda tabla del Decálogo. Que
estos son preceptos de la vida moral es claro, y que asimismo
encierran todo cuanto pertenece al amor al prójimo puede verse más
arriba (N. 254, 255). La vida moral en su esencia es una vida en
conformidad con las leyes humanas y al mismo tiempo con las leyes
Divinas, por lo cual el que vive conforme éstas y aquéllas como una
sola ley, es verdaderamente moral, y su vida es caridad. Cualquiera
puede formarse concepto exacto de lo que es la caridad por medio de
la vida moral exterior. Basta para ello aplicar al hombre interior
la vida moral exterior, tal como se manifiesta en la vida, es decir,
suponer y pensar que la vida de la voluntad y del entendimiento del
hombre interior corresponde exactamente á los actos y obras del
hombre exterior. De esta manera se puede ver la caridad en su propio
molde.
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