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La vida moral, si al mismo tiempo es espiritual, es caridad.

324. Cada uno aprende de sus padres ó preceptores á vivir moralmente, es decir, á cumplir con los deberes civiles y desempeñar los asuntos de la vida honrada los cuales todos se hallan relacionados con las virtudes que constituyen la esencia de la vida buena, y á presentarlos en las adecuadas formas de esta vida, que se llaman modales. Conforme progrese en edad aprende á añadir á estas cosas lo racional, perfeccionando así la moralidad de su vida; porque la vida moral desde la niñez hasta la juventud es exclusivamente natural; llegando á ser racional con los años. Quien reflexiona puede ver que la vida moral forma Uno. con la vida de la caridad, es decir, que es obrar correctamente con el prójimo y conducir la vida de manera á que no sea contaminada con males (véase N. 314316). Sin embargo, en el primer período de la vida la morar no es más que la parte exterior de la vida de la caridad y no lo interior de ella. El primer período de la vida es cuando se obra á instancias de otros y por instrucciones; el segundo es cuando se obra por sí mismo, actuando el entendimiento de moderador; el tercero es cuando la voluntad influye y obra en el entendimiento, mientras que el entendimiento á su vez modera la voluntad; y el cuarto es cuando se obra por convicción y confirmación y por consiguiente con intención y deliberación. Mas estos períodos de la vida son períodos de la vida del espíritu y no igualmente del cuerpo, porque el cuerpo puede aparentar moralidad y hablar racionalidad, aun cuando el espíritu quiera y piense lo contrario. Así es el hombre natural, lo cual es muy evidente por los disimuladores, aduladores, mentirosos é hipócritas, cuya mente se halla dividida en dos partes, mutuamente opuestas. El caso es diferente con los que tienen buenas inclinaciones y sana razón, los cuales piensan y hablan racionalmente y obran el bien. Estos últimos son los que en el Verbo se llaman los sencillos de espíritu. Se llaman sencillos porque no tienen una mente doble. Esto hace ver lo que propiamente es el hombre exterior y el hombre interior, y demuestra que nadie puede por la moralidad del hombre exterior formar conclusiones con respecto a la moralidad del hombre interior, puesto que este último puede inclinarse en sentido opuesto y ocultarse como una tortuga oculta su cabeza dentro de su concha, porque semejante hombre, llamado moral, es como un bandido que alternativamente vive en la ciudad y en el monte. En la ciudad aparenta moralidad y en el monte es bandido. Muy diferentes son los que tienen moralidad interior, ó sea espiritual, cuya moralidad obtienen mediante la regeneración por el Señor. Estos son hombres espiritual/morales.

Una vida moral, que al mismo tiempo es espiritual es una vida de caridad, porque los actos y obras de la vida moral y los de la caridad son los mismos, siendo así que la caridad es tener buenos deseos para con el prójimo y por benevolencia obrar justa y rectamente con él, lo cual también es la práctica de la vida moral. La ley espiritual es la ley dada por el Señor: «Todas las cosas que quisiereis que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos, porque esta es la ley y los profetas» (Mateo VII: 12), y la ley de la vida moral es idéntica. Podríamos enumerar los actos y obras de la caridad, comparándolos con los actos y obras de la vida moral, pero esto sería largo. Que sirvan como ilustración los seis últimos preceptos de la segunda tabla del Decálogo. Que estos son preceptos de la vida moral es claro, y que asimismo encierran todo cuanto pertenece al amor al prójimo puede verse más arriba (N. 254, 255). La vida moral en su esencia es una vida en conformidad con las leyes humanas y al mismo tiempo con las leyes Divinas, por lo cual el que vive conforme éstas y aquéllas como una sola ley, es verdaderamente moral, y su vida es caridad. Cualquiera puede formarse concepto exacto de lo que es la caridad por medio de la vida moral exterior. Basta para ello aplicar al hombre interior la vida moral exterior, tal como se manifiesta en la vida, es decir, suponer y pensar que la vida de la voluntad y del entendimiento del hombre interior corresponde exactamente á los actos y obras del hombre exterior. De esta manera se puede ver la caridad en su propio molde.

 

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