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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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XV

Recuerdo.

 

338. RECUERDO. Una vez fui llevado por el espíritu á la región del Mediodía en el mundo espiritual á cierto paraíso allí, y vi que este paraíso excedía á todo cuanto había visto antes; esto era porque jardín significa inteligencia y todos los que se distinguen por su inteligencia moran en esa región. El jardín de Edén en el cual estaban Adán y Eva significa sencillamente inteligencia; su expulsión del jardín significa por la misma razón, que perdieron la inteligencia y así también la integridad de su vida. Me paseaba por este paraíso y vi unas personas sentadas debajo de un laurel, comiendo higos. Me acerqué á ellas, les pedí higos y me dieron algunos, y he aquí, se convirtieron en uvas en mis manos. Extrañándome esto me dijo un ángel/espíritu que se hallaba cerca: «Los higos se convirtieron en uvas en tus manos, porque higos significan por correspondencia los bienes de la caridad, y por consiguiente de la fe, en el hombre natural ó exterior, mientras que uva significa los bienes de la caridad, y por consiguiente de la fe, en el hombre espiritual ó interior, y puesto que tú amas las cosas espirituales, te ha sucedido esto; porque en nuestro mundo todas las cosas suceden, nacen y cambian según las correspondencias.» Entonces me vino súbitamente un deseo de saber de qué manera el hombre puede obrar el bien por virtud de Dios y sin embargo en toda apariencia como por virtud propia, y pregunté á los que comían higos de qué manera entendían esto. Dijeron que lo entendían así, que Dios obra el bien interiormente en el hombre y por conducto del hombre sin que el mismo lo sepa; porque si el hombre estuviera consciente de ello y obrase conscientemente, no obraría sino un bien aparente, cuyo bien en sí mismo es un mal; siendo así que todo cuanto procede del hombre, procede de su propia naturaleza, la cual es mala por nacimiento; ¿y cómo pueden el bien de Dios y el mal del hombre ir unidos y salir unidos en actos? Además en asuntos relativos á la salvación, la naturaleza propia del hombre piensa sólo en el mérito y por esto derogaría del Señor Su Mérito y cometería así la injusticia y la impiedad más grandes. En una palabra; si el bien que Dios obra en el hombre influyera en su voluntad y desde allí en su obrar, el bien sería seguramente envilecido y profanado, lo cual Dios de ninguna manera permite. El hombre puede por cierto pensar que el bien que obra viene de Dios y puede llamarlo obra de Dios, realizada por conducto de él, pero no comprendemos sin embargo que es así.» Entonces abrí mi mente y dije: «No comprendéis porque pensáis por las apariencias, y el pensamiento, formado por apariencias confirmadas, es falacia. En vosotros existen apariencias con sus consiguientes falacias, porque pensáis, que todas las cosas que el hombre quiere y piensa, y por consiguiente obra y habla, están en él mismo, y por consiguiente que proceden de él mismo, siendo sin embargo así, que nada de estas cosas se hallan en él, excepto el estado y la facultad de recibir lo que influye. El hombre no es vida en sí mismo, sino un órgano que recibe la vida, Sólo el Señor es Vida en Sí Mismo y EL dice también en Juan: Como el Padre tiene vida en Sí Mismo así dio también al Hijo que tuviera vida en Sí Mismo (V: 26). Dos cosas constituye la Vida: El Amor y la Sabiduría, ó sea el Bien del Amor y la Verdad de la Sabiduría. Estos influyen, procedentes de Dios, y son recibidos por el hombre como si fuesen suyos. El percibirlos así el hombre es un don del Señor, á fin de que aquello que influye pueda afectar al hombre, ser recibido y permanecer. Pero puesto que también todos los males influyen, no de Dios, sino del Infierno, y son recibidos con regocijo, porque el hombre es por nacimiento un órgano pervertido y receptáculo de los males, por eso el bien es recibido de Dios tan sólo en la proporción en que el mal es apartado por el hombre mismo, lo cual se verifica mediante el arrepentimiento y al mismo tiempo mediante la fe en el Señor. Que el amor y la sabiduría, la caridad y la fe, ó hablando en términos más generales, el bien del amor y de la caridad y la verdad de la sabiduría y de la fe influyen, y que lo que influye en el hombre parece ser enteramente suyo y proceder de él igualmente como suyo, puede ser claro por lo que se ve con respecto á los sentidos, la vista, el oído, el olfato, el paladar y el tacto. Todo cuanto se siente en los órganos de estos sentidos influye desde lo exterior siendo percibido mediante ellos. Lo mismo sucede con los órganos de los sentidos interiores, con la sola diferencia de que en estos influyen cosas espirituales las cuales no son aparentes, sino reales, mientras que en los primeros influyen cosas naturales, que son apariencias. En una palabra: El hombre es un órgano, receptáculo de la Vida procedente de Dios, y por consiguiente un receptáculo del bien, tanto como desiste del mal. El poder de desistir del mal es dado por el Señor á todo hombre, porque le da la facultad de querer y de entender, y todo cuanto el hombre obra y habla por la voluntad ó por la inclinación, conforme el entendimiento, ó lo que es lo mismo, por la libertad de la voluntad de acuerdo con la razón del entendimiento, esto permanece. Mediante esto el Señor introduce al hombre en un estado de conjunción consigo Mismo y en este estado reforma, regenera y salva al hombre. La Vida que influye es la Vida que procede del Señor, cuya Vida también se llama el Espíritu de Dios y en el Verbo el Espíritu Santo, el cual ilumina, vivifica y también opera en el hombre; pero esta Vida varía y es modificada según la organización que en ella introduce el amor. Que todo bien del amor y de la caridad y toda verdad de la sabiduría y de la fe influyen y que no originan en el hombre, puede constar también por esto: Que cualquiera que cree, que dichas cosas existen en el hombre desde la creación, no puede evitar de pensar y creer que Dios infundió á Sí Mismo en el hombre, y que los hombres por consiguiente son parcialmente Dioses; más los que piensan así por confirmación, llegan á ser demonios y despiden un olor parecido al hedor de un cadáver. Además ¿qué es el obrar del hombre más que la actividad de su mente? Porque lo que la mente quiere y piensa, esto obra y habla mediante su órgano que es el cuerpo; por lo cual, siendo la mente guiada por el Señor, son guiados por El también las obras y el habla, y esto acontece cuando el hombre cree en El. Si esto no fuese así, decidme, si podéis, por qué el Señor en mil lugares del Verbo manda al hombre de amar á su prójimo, obrar los bienes de la caridad, llevar fruto como un árbol y guardar Sus mandamientos, todo lo cual es mandado al hombre al efecto de su salvación; y decidme también por qué razón dice, que el hombre será juzgado conforme sus obras ó actos; que el que obra el bien irá al Cielo y á la Vida y el que obra el mal al Infierno y á la muerte. ¿Diría el Señor tales cosas, si todo cuanto procede del hombre fuese meritorio y por consiguiente malo? Podéis por lo tanto creer que si la mente es caridad, la obra es caridad también; pero si la mente es fe sola, la cual es una fe separada de la caridad espiritual, la obra es también esa fe.» Al oír esto dijeron los que estaban sentados debajo del laurel: «Comprendemos que has hablado con justicia; pero sin embargo no comprendemos.» Respondí: «Comprendéis que he hablado con justicia por la percepción general que todo hombre tiene á causa del influjo de la luz del Cielo cuando oye una verdad, pero no comprendéis con vuestra propia percepción, la cual recibís por el influjo de la luz del mundo; estas dos percepciones, es decir la interior y la exterior, ó sea la espiritual y la natural, forman uno en los sabios. Vosotros podéis también unirlas en una sola percepción, si miráis al Señor y apartáis de vosotros los males. Comprendieron también estas palabras, y cogí algunos pámpanos de una vid, los cuales entregue en sus manos diciendo: «¿Creéis que esto viene de mí ó del Señor?» Dijeron que venía de mí, pero procedía del Señor. Y he aquí, los pámpanos en sus manos se llenaron de uvas. Al retirarme vi debajo de un olivo verde, cuyo tronco se hallaba envuelto por una vid, una mesa de madera de cedro en la cual había un libro. Miré y he aquí, era un libro, escrito por mí, llevando por título Arcana Coelestia; y dije que en ese libro se ha demostrado plenamente, que el hombre no es Vida, sino un órgano recipiente de la Vida, y que la Vida no puede ser creada y residir en el hombre más que la luz puede ser creada y residir en el ojo.

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