IX
Esto es lo que en el Apocalipsis significa el Nuevo Cielo, la Nueva Tierra, y la Nueva Jerusalén, que desciende del Cielo
525.
Leemos en el Apocalipsis:
«Vi
un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la
primera tierra se fueron, y yo, Juan, vi la santa ciudad, Jerusalén
nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa
ataviada para su marido» (XXI: 1; 2).
Asimismo leemos en Isaías:
«He
aquí; yo crio nuevos cielos y nueva tierra; gozaos y alegraos por
siglo de siglo, porque he aquí, yo crio á Jerusalén, alegría, y á su
pueblo, gozo» (LXV: 17; 18).
Y en
lo que precede de este capítulo se ha explicado, que el Señor está
actualmente formando un nuevo Cielo de aquellos Cristianos, que
mientras estaban en el mundo creían y reconocían á El y que por
consiguiente después de la muerte podían creer y reconocer que El es
el Dios del Cielo y de la tierra, conforme Sus propias palabras en
Mateo (XXVIII: 18).
526.
La razón por la cual la Nueva Jerusalén, que desciende del Cielo, de
Dios (Apoc. XXI), significa una nueva Iglesia, es que Jerusalén era
la capital del país de Canaán, y en ella estaban el templo y el
altar; allí ofrecían los sacrificios y verificábase el culto Divino,
al cual por obligación debía acudir todo varón del país tres veces
al año; además es porque, en Jerusalén, en Su Templo, enseñaba el
Señor, y allí glorificó luego á Su Naturaleza Humana. Por esta razón
Jerusalén significa la Iglesia. Que Jerusalén significa la Iglesia
consta también por varios pasajes del Antiguo Testamento, que se
refieren á la Nueva Iglesia, que había de establecer el Señor, cuya
Iglesia allí se llama Jerusalén. Citaremos tan sólo los pasajes que
claramente indican que Jerusalén allí significa la Iglesia:
«He
aquí, yo crio nuevo cielo y nueva tierra, y de los primeros no había
memorias, he aquí yo crio á Jerusalén, (que será) alegría, y á su
pueblo, (que será) gozo; porque me alegro de Jerusalén y me gozo de
mi pueblo; entonces el lobo y el cordero pacerán juntos; no harán
mal en todo mi santo monte» (Isaías LXV: 17; 18; 19, 25).
«Por
amor de Sión no callaré y por amor de Jerusalén no he de parar hasta
que salga como resplandor su justicia y su salvación como una
lámpara, que arde. Entonces verán las gentes tu justicia y todos los
reyes tu gloria y te será puesto un nombre nuevo que la boca de
Jehová nombrará. Y serás corona de gloria en la mano de Jehová y
diadema del reino en la mano de tu Dios. Jehová se gozará en ti y tu
tierra será desposada. He aquí, viene tu salvación; he aquí su
recompensa con El. Y llamarles he Pueblo Santo, redimidos de Jehová,
y á ti te llamarán Ciudad Buscada y no desamparada» (Isaías LXII:
14; 11; 12).
«Despierta, despierta; vístete tu fortaleza, oh Sión; vístete tu
ropa de hermosura, oh Jerusalén, ciudad santa; porque nunca más
acontecerá que venga á tí incircunciso ni inmundo. Sacúdete del
polvo; levántate y siéntate, Jerusalén. Mi pueblo sabrá mi nombre en
aquel día, porque soy yo mismo que hablo; he aquí estaré presente.
Jehová ha consolado á su pueblo, á Jerusalén ha redimido» (Isaías
LII: 1; 2; 6; 9).
«Canta, OH hija de Sión; gózate y regocíjate de todo corazón, hija
de Jerusalén; el Rey de Israel está en medio de ti; nunca más verás
mal. Gozarse sobre ti con alegría; descansará en tu amor; se
regocijará sobre ti con cantar; te daré por renombre y por alabanza
entre todo pueblo de la tierra» (Sophonias III: 1417; 20).
«Así
dice Jehová, Salvador tuyo, El que dice á Jerusalén serás habitada»
(Isaías XLIV: 24; 20).
«Así
dice Jehová: volveré á Sión y moraré en medio de Jerusalén y por eso
Jerusalén se llamará Ciudad de Verdad y el monte de Jehová de los
ejércitos, Monte de Santidad» (Zacarías VIII: 3; 2023).
«Y
conoceréis que yo soy Jehová, vuestro Dios, que habito en Sión,
monte de mi santidad, y será Jerusalén santa, y será en aquel
tiempo, que los montes destilarán mosto, y los collados fluirán
leche... y Jerusalén será habitada en generación y generación» (Joel
III: 17; 18; 20).
«En
aquel día el renuevo de Jehová será para hermosura y gloria; y
acontecerá, que el que quedare en Sión y el que permaneciere en
Jerusalén será llamado santo; todos los que están escritos para vida
en Jerusalén» (Isaías IV: 2; 3).
«En
los postreros días el monte de la casa de Jehová será establecido
por cabecera de los montes; porque de Sión saldrá la ley y de
Jerusalén la palabra de Jehová» (Micheas IV: 1; 2; también vers. 8).
«En
aquel tiempo llamarán á Jerusalén trono de Jehová y todas las gentes
se congregarán á ella, á Jerusalén, en el nombre de Jehová; ni
andarán más tras la dureza de su corazón malvado» (Jeremías III:
17).
«Mira á Sión, ciudad de nuestras solemnidades; tus ojos verán á
Jerusalén, morada de quietud; tienda que no será desarmada, ni serán
arrancadas sus estacas, ni ninguna de sus cuerdas serán rotas»
(Isaías XXXIII: 20).
Por
estos pasajes y otros similares, todo el que tiene entendimiento
interior puede comprender que Jerusalén significa la Iglesia y que
en los citados pasajes particularmente significa la Iglesia que
había de establecer el Señor, lo cual puede comprender por varios
detalles, á saber por éstas, de que Jehová Dios creará un Cielo
nuevo y una nueva tierra y que al mismo tiempo creará á Jerusalén,
la cual será una corona de gloria y una diadema del reino; que será
llamada ciudad santa, ciudad de Verdad, trono de Jehová, morada de
quietud, tabernáculo que no será levantado; que en ella el lobo y el
cordero pacerán juntos, que los montes allí destilarán mosto, y que
los collados fluirán leche, y que Jerusalén permanecerá por
generación y generaciones. Además se dice que el pueblo allí será un
pueblo santo, que cada uno será inscrito para vida, y llamado
redimido de Jehová. En todos estos pasajes se trata además de la
Venida del Señor, especialmente de Su segunda Venida, cuando la
Jerusalén nueva será tal como allí es descrita; porque antes de Su
segunda Venida no era ciudad desposada, es decir, no era la novia y
esposa del Cordero, como se dice será la Nueva Jerusalén
(Apocalipsis XXI: 9). Jerusalén en Daniel se refiere á la Iglesia
actual, y su principio y fin se describen allí como sigue:
«Sepas pues y entiendas que desde la salida de la palabra para
restaurar y edificar á Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá
siete semanas; después de sesenta y dos semanas tornaráse á edificar
la plaza y el muro en tiempos angustiosos (IX: 25). Finalmente sobre
el ave de las abominaciones habrá asolamiento y hasta entera
consumación goteará sobre la devastación (IX: 27).
A
este último pasaje se refieren las palabras del Señor en Mateo:
«Cuando veréis la abominación del asolamiento que fué dicha por
Daniel, el profeta, estar en el lugar santo (el que lee entienda)»
(XXIV: 15).
Que
la Jerusalén, mencionada en estos pasajes, no quiere decir la
Jerusalén habitada por los Judíos, consta por otros pasajes del
Verbo, en los cuales se dice que esta Jerusalén sería completamente
destruida, como por ejemplo en Jeremías V: 1; VI: 6; 7; VII: 1734;
VIII: 622; IX: 1022; XIII: 9; 10; 14; XIV: 16; Lamentaciones I: 8;
9; 17; Ezequiel IV: V: 917; XII: 18; 19; XV: 6; 7; 8; XVI; XXIII;
Mateo XXIII: 37; 38; Lucas XIX: 4144; XXI: 2022; XXIII: 2830 y en
otros pasajes, donde también se llama Sodoma (Isaías III: 9; Jerem.
XXIII: 14; Ezequiel XVI: 46; 48 y otros).
527.
La Iglesia es del Señor y á causa del matrimonio espiritual, que es
el matrimonio del bien con la verdad, se llama el Señor Novio y
Esposo y la Iglesia Novia y Esposa. Esto es conocido en la Iglesia y
consta por el Verbo, especialmente por los siguientes pasajes:
«El
que tiene la esposa es el esposo; mas el amigo del esposo, que está
en pie y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo» (Juan
III: 20).
«¿Pueden los que son de bodas tener luto, entre tanto que el esposo
está, con ellos?» (Mateo IX: 15).
«Vi
la ciudad santa, Jerusalén nueva, descender del cielo, de Dios,
preparada como una novia, ataviada para su marido» (Apoc. XXI: 2).
El
ángel dijo á Juan:
«Ven
acá; te mostraré la novia, esposa del Cordero; y desde el monte me
enseñó la santa ciudad de Jerusalén» (XXI: 9; 10).
«Son
venidas las bodas del Cordero, y su esposa se ha aparejado;
bienaventurados los que son llamados á la cena del Cordero» (XIX: 7;
9).
«Yo
soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente y de
la mañana. Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven; y el que tiene sed
venga y el que quiere, tome del agua de la vida de balde» (XXII: 16;
17).
528.
Es de acuerdo con el Divino Orden el que un Nuevo Cielo ha de ser
formado antes de poder formarse una Nueva Iglesia en la tierra,
porque la Iglesia es interior y exterior, y la Iglesia interior
forma uno con la Iglesia en el Cielo y por consiguiente con el
Cielo, y lo interior debe necesariamente ser formado antes que lo
exterior, y lo exterior después, por medio de lo interior.
Precisamente en la medida en que en los hombres crece este nuevo
cielo, que constituye la iglesia interior, desciende la Nueva
Jerusalén, esto es, la Nueva Iglesia, de este cielo. Esto no puede
verificarse en un momento, sino paulatinamente, á medida que son
apartadas las falsedades de la antigua Iglesia, porque lo nuevo no
puede entrar, donde se hallan insitas falsedades, hasta que éstas
sean derraigadas, lo cual tendrá lugar, primero con el Clero y luego
con los legos. El Señor dice:
«Nadie echa vino nuevo en cueros viejos; de otra manera los cueros
se rompen y el vino se derrama; mas echan el vino nuevo en cueros
nuevos y lo uno y lo otro se conservan juntamente» (Mateo XI: 17).
Que
estas cosas tienen lugar á la consumación del siglo, consta por
estas otras palabras del Señor:
«Él
reino de los cielos es semejante á un hombre que sembró buena
simiente en su campo; mas, durmiendo los hombres,
vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo y se fue. Y
como la hierba salió é hizo fruto, entonces apareció también la
cizaña. Y llegándose los siervos del padre de la familia, le
dijeron: ¿Señor no sembraste buena simiente en tu campo? ¿de dónde
pues tiene la cizaña? Y él les dijo: un hombre enemigo ha hecho
esto. Y los siervos le dijeron: ¿quieres, pues, que vayamos y la
cojamos? Y él dijo: no; porque, cogiendo la cizaña no arranquéis
también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro
hasta la siega y al tiempo de la siega yo diré á los segadores:
Coged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla, mas
recoged el trigo en mi alfolí. La siega es la consumación del siglo;
asi como es cogida la cizaña v quemada al fuego, asi será á la
consumación del siglo» (Mateo XIII: 2430; 29; 40).
El
trigo significa las verdades y los bienes de la Nueva Iglesia y la
consumación del siglo el fin de la Iglesia pervertida, según fue
demostrado en el primer artículo del presente capítulo.
La
siguiente sección [X.
La Nueva Iglesia es la Corona de todas las Iglesias que han
existido en la tierra (N. 529-533.)