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XIII

Los diez mandamientos del Decálogo contienen todo cuanto pertenece al amor á Dios y todo cuanto pertenece al amor al prójimo.

254.     Los preceptos del Decálogo no dicen expresamente que se debe amar á Dios y al prójimo, mas esto es sin embargo su esencia; porque prohíben el obrar los males que son contrarios á los bienes de estos amores; por ejemplo: «no tendrás dioses ajenos delante de Mí»; «no tomarás el Nombre de tu Dios en vano»; «no matarás»; «no cometerás adulterio»; «no hurtarás»; «no hablarás contra tu prójimo falso testimonio»; «no codiciarás la hacienda de tu prójimo». La razón por la cual los preceptos del Decálogo no ordenan expresamente el obrar los bienes, sino que se limitan á prohibir el obrar los males, que son opuestos, es que tanto como el hombre se aparta de los males, por ser pecado contra Dios, tanto se inclina á obrar los bienes, que son del amor á Dios y de la caridad. La primera condición para tener amor á Dios y al prójimo es cesar de obrar el mal. Existen dos amores, que son opuestos entre sí, el uno es el amor del bien y de querer obrarlo; el otro el amor del mal y de querer obrarlo; este último es infernal, el primero celestial, porque todo el infierno se halla en el amor del mal y en malas obras, y todo el cielo en el amor del bien y en buenas obras. Ahora bien; puesto que el hombre nace propenso á toda clase de males, se inclina desde su nacimiento á estos males, que son del infierno, y puesto que no puede entrar en el cielo, sin que sea regenerado, es necesario que los males, que son del infierno, sean apartados, antes de que pueda inclinarse á los bienes, que son del cielo, porque nadie puede ser adoptado por el Señor hasta que esté separado del infierno (Isaías I: 1618; Jeremías VII: 24; 911), y" hasta que el hombre por medio de la penitencia y la reformación haya sido limpiado y purificado de los males, sus oraciones A Dios no son aceptables (Isaías I: 2; 4; 15). Que por otra parte el amor á Dios y al prójimo nace en el hombre cuando guarda los mandamientos del Decálogo, huyendo de los males, consta por las palabras del Señor en Juan XI: 21; 23. En este pasaje mandamientos, en sentido particular, quiere decir los mandamientos del Decálogo, los cuales nos mandan huir de los males y no obrarlos, ni codiciarlos. De esta manera el hombre llega á amar á Dios y Dios á él, porque el bien influye á medida que el mal es expulsado.

255. Dije que tanto como el hombre huye del mal, tanto quiere el bien; y así es, porque el bien y el mal son opuestos, puesto que los males son del infierno y los bienes son del cielo, por lo cual á medida que se aparta el infierno, es decir, el mal, el cielo se acerca, y el hombre se inclina al bien. Tanto como el hombre no adora á otros dioses, adora al Dios verdadero. Tanto como deja de tomar en vano el Nombre de Dios, tanto ama lo que es de Dios. Tanto como no quiere matar ú obrar por odio ó por sentimientos de venganza, tanto desea el bien á su prójimo. Tanto como no quiere cometer adulterio, tanto quiere vivir castamente con su esposa. Tanto como no quiere hurtar, tanto procede con sinceridad. Tanto como no quiere favorecer la falsedad, tanto quiere pensar y hablar la verdad. Tanto como no codicia la hacienda del prójimo, tanto desea que el prójimo disfrute de lo suyo. Es pues evidente, que los mandamientos del Decálogo contienen todo cuanto pertenece al amor á Dios y al prójimo, y por esto dice Pablo:

«El que ama al prójimo, cumplió la ley; porque: no adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y si hay algún otro mandamiento, en esta sentencia se comprende sumariamente: «Amarás á tu prójimo como á ti mismo». La caridad no hace mal al prójimo; así es que el cumplimiento de la Ley es la candad» (Rom. XIII: 810).

A esto debe añadirse dos cánones para el servicio de la Nueva Iglesia:

I.    Nadie puede por su propia virtud huir de los males por ser pecados y hacer un bien que sea bien ante Dios; pero en cuanto alguien huye de los males por ser pecados, hace el bien, no por si mismo, sino por el Señor.

II.    El hombre debe huir de los males por ser pecados y luchar contra ellos como si lo hiciera por su propia fuerza; si alguien huye de los males por motivo alguno otro que por ser pecados, no los huye en realidad, mas sólo á fin de que no aparezcan ante el mundo.

El hombre debe limpiarse de sus males y no esperar á que el Señor lo haga directamente. El que cree que la fe justifica y salva por sí sola, sin la vida de la caridad, y que por ello deja de cooperar con el Señor al efecto de su salvación, puede ser comparado con un criado, que ha ensuciado su rostro y sus vestidos con hollín y con barro, y que va á su amo y le dice: «Lávame, Señor». ¿No le contestaría el amo: «Necio criado, ¿qué dices?; ¿no tienes agua, jabón y servilleta?; ¿no tienes manos y poder para servirte de ellas?; ¡lávate tú misino!» Mas el Señor dice: «Tienes medios de purificación de Mí; facultad de querer y de obrar tienes igualmente de Mí; sírvete de estos dones como si fueran tuyos, y serás purificado». Que el hombre exterior debe ser purificado por medio del interior, enseña el Señor en el capítulo veintitrés de Mateo, del principio al fin.

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