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Del sentido literal del Verbo puede sacarse herejías; pero es pernicioso confirmarlas.

193.    En un artículo anterior se dijo, que el Verbo no se comprende sin doctrina y que la verdadera doctrina es como una lámpara en cuya luz se ven las verdades genuinas, porque el Verbo fue escrito exclusivamente mediante correspondencias; por lo cual muchas cosas allí son apariencias de verdades y no verdades germinas; muchas se hallan escritas con arreglo á la facultad intelectual del hombre meramente natural, y sin embargo  de manera á que los simples las puedan entender con simplicidad, los inteligentes con inteligencia y los sabios con sabiduría. Ahora bien, puesto que el Verbo es así, las verdades aparentes, que son verdades revestidas, pueden tomarse por verdades genuinas, y así confirmadas se vuelven falsedades. Todas las herejías que hay y que habrá en el mundo Cristiano, han venido y vendrán de que las verdades aparentes se han tomado y se tomarán por verdades genuinas, confirmándose como tales. Las herejías en sí mismas no condenan al hombre; pero el confirmar las falsedades de las herejías, por el Verbo y por raciocinio  del hombre natural, esto, en unión de la consiguiente vida mala, condena al hombre. El hombre nace en la religión de su país, ó de sus padres, es iniciado en ella desde la infancia y luego la retiene, no pudiendo fácilmente deshacerse de las falsedades así absorbidas, porque lo impiden los compromisos del mundo y la debilidad del entendimiento en cuanto se refiere á la investigación de verdades de esta naturaleza; pero vivir en maldad, confirmando las falsedades hasta destruir por completo toda verdad genuina, esto condena. Por más que uno permanezca en su religión: si cree en Dios, en la Cristiandad y en el Señor y estima el Verbo como Santo, viviendo según los mandamientos del decálogo por principio religioso, no presta juramento á lo falso; por lo cual, cuando oye verdades, percibiéndolas de su manera, puede admitirlas y reconocerlas y de esta manera ser apartado de las falsedades; mas no así el que ha confirmado en sí las falsedades de su religión; porque la falsedad confirmada permanece como si el hombre hubiese jurado á ella; especialmente si adhiere con el egoísmo ó con el orgullo de la propia inteligencia.

194.    He hablado con ciertos individuos en el mundo espiritual, quienes vivían hace muchos siglos, confirmándose durante su vida en las falsedades de su religión, y les he encontrado todavía insistiendo en ellas. Asimismo he hablado con otros, quienes en el mundo se hallaban en la misma religión y pensaban como aquéllos, pero éstos no se confirmaron en las falsedades; y hallé que éstos, al ser instruidos por los ángeles, rechazaron las falsedades y admitieron las verdades. Estos fueron salvos, aquéllos no. Después de la muerte todo hombre es instruido por ángeles, siendo recibidos en el cielo los que ven las verdades y desde las verdades las falsedades, pero las verdades ven sólo aquéllos que no se han confirmado en falsedades; los que se han confirmado en éstas, no quieren ver las verdades, ó si las ven se apartan de ellas, y entonces las ridiculizan ó las falsifican. La causa de esto es, que la confirmación entra en la voluntad, que es el hombre mismo, y dispone el entendimiento según su antojo; mientras que los conocimientos por sí solos no entran más que en el entendimiento, y éste no tiene autoridad sobre la voluntad; los conocimientos por sí solos no están por así decir dentro del hombre, sino que son como uno, que se halla en el umbral ó en el vestíbulo, y no todavía dentro de la casa.

195.    Para ilustrar: en muchos lugares del Verbo se atribuye á Dios enojo, ira y venganza; se dice que castiga, echa al infierno, mete al hombre en tentaciones y otras cosas parecidas. Quien cree esto con sencillez infantil y por ello teme á Dios, absteniéndose de todo pecado contra El, no es condenado á causa de esta creencia. Pero quien se confirma en ella hasta el punto de creer que en realidad existen en Dios enojo, ira y venganza, es decir, sentimientos malos, y por consiguiente que Dios por enojo, ira y venganza castiga al hombre y le echa al infierno, este es condenado, porque ha destruido la verdad genuina, de que Dios es el Amor mismo, la Misericordia misma y la Bondad misma, y que por consiguiente no puede enojarse, sentir ira ó deseo de tomar venganza. Tales cosas se atribuyen á Dios en el Verbo, porque en tales formas aparecen las verdades genuinas ante los hombres, y estas formas son verdades aparentes.

196.  No es perjudicial creer con sencillez las verdades aparentes del Verbo y hablar según estas apariencias, pero si uno se confirma en ellas se perjudica. Por ejemplo: El sol parece dar la vuelta alrededor de la tierra cada día, produciendo así las divisiones del día que son mañana, mediodía, tarde y noche. Igualmente parece adelantar y retroceder por los grados del Zodíaco, produciendo así las estaciones del año que son primavera, verano, otoño é invierno. Pero es una apariencia: El sol permanece inmóvil, porque es un océano de fuego, y en cambio es la tierra que se mueve, volviéndose sobre su eje en veinticuatro horas y recorriendo su órbita alrededor del sol en un año. Quien por simplicidad ó por ignorancia cree que el sol gravita alrededor de la tierra, no destruye la verdad natural, de que la tierra se vuelve sobre su eje y que recorre su órbita alrededor del sol cada año; pero quien mediante raciocinios de su hombre natural se confirma en que el movimiento aparente del sol es verdadero, y mayormente quien se confirma en ello por el Verbo, en el cual se dice que el sol sale y se pone, invalida y destruye la verdad y luego apenas la puede ver, aun cuando se le demuestra que en apariencia todas las estrellas andan alrededor de la tierra de la misma manera, pero que en realidad ni una sola estrella se mueve de su lugar ni cambia de lugar con relación á otra estrella. La verdad aparente es que el sol se mueve, pero la verdad germina es que no se mueve. Sin embargo todo hombre habla conforme la verdad aparente, diciendo que el sol se levanta y se pone, y esto es lícito porque no puede bien decirlo de otra manera, pero pensar conforme esta verdad aparente por haberse, confirmado en ella, esto ofusca y destruye el entendimiento racional.

197. El confirmarse en las verdades aparentes del Verbo es perjudicial, porque así surgen falacias y la Divina verdad, que está al interior, es destruida, porque todas las cosas que se hallan en la letra del Verbo, comunican con el cielo, siendo así que en cada detalle del sentido natural hay un sentido espiritual, que se abre al subir el Verbo al cielo desde el pensamiento natural del hombre, y hallándose el hombre en falsedades, aplicando á ellas el sentido literal del Verbo, entran estas falsedades y expulsan también las genuinas verdades espirituales que están al interior, lo cual se verifica al subir el Verbo hacia el cielo, desde el pensamiento natural falso de tal hombre. El Verbo que sube hacia el cielo desde el pensamiento de un hombre que, hallándose en falsedades, aplica á ellas el sentido literal, es comparativamente como un globo henchido de gas, el cual, lanzado por una persona contra otra persona, revienta y despide un olor nauseabundo, por cuya razón la persona se aparta cerrando boca y narices para evitarlo. El Verbo, leído por una persona como la arriba indicada, es rechazado en su ascenso al cielo, á fin de que ninguna cosa semejante influya é infecte á los ángeles. Es pues evidente que en manos de tal persona, el Verbo no comunica con el cielo, porque por la falsificación de las verdades, la comunicación es interrumpida y el cielo se cierra. Esta es la razón por la cual es perjudicial confirmarse en herejías sacadas del Verbo.

198. El sentido literal del Verbo es asimismo un guardián para las verdades genuinas que se hallan ocultas al interior, evitando el que sean perjudicadas. Tal guardián es la letra del Verbo por la virtud particular que tiene de poder inclinarse en varios sentidos y explicarse según el concepto de cada uno, sin que se perjudique el sentido interior; porque no importa que el sentido literal se entienda de varias maneras, mas si el hombre introduce falsedades, que son contrarias á las Divinas verdades, esto perjudica, y esto hacen las personas que se han confirmado en las falsedades, cuyas personas de esta manera violan al Verbo. Pero para los que no se han confirmado en las falsedades, por más que se hallan en errores á causa de una religión falsa, el sentido literal es un guardián del sentido interno, y evita el que sea violado el Verbo. El sentido literal del Verbo, en su cualidad de guardián del sentido interior, es significado en el Verbo por querubines. Esto es lo que significan los querubines, que fueron colocados a la entrada del jardín del Edén, después de haber sido echados Adán y Eva, de cuyo particular leemos como sigue:

«Sacó Jehová al hombre fuera del huerto de Edén y puso al Oriente del huerto querubines con una espada encendida, que se volvía á todos lados para guardar el camino del árbol de la vida» (Génesis III: 23; 24).

Nadie puede saber lo que significan estas palabras, si no sabe lo que significa querubines y el jardín de Edén, el árbol de la vida en él y la espada encendida, que se volvía á todos lados†. Brevemente se dirá que querubines significa guardia, el camino del árbol de vida significa entrada al Señor, la cual tienen los hombres mediante las verdades del sentido literal del Verbo; la espada encendida volviéndose á todos lados, significa la Divina Verdad en las últimas cosas, como el sentido literal del Verbo, cuyo sentido puede ser así inclinado. Igual significación tenían los querubines de oro, colocados á cada extremo del propiciatorio, el cual estaba sobre el arca en el íntimo santuario (Éxodos XXV: 1821). El arca significaba el Verbo, porque el decálogo que estaba en ella era lo primario del Verbo, y los querubines significaban guardia, por cuya razón el Señor hablaba con Moisés por entre ellos (Éxodos XXV: 22; XXXVII: 9; Núm. VII: 89; y hablaba en el sentido natural, porque no habla con el hombre sino en plenitud, y la Divina Verdad se halla en su plenitud en el sentido literal (véase arriba N. 165169). Los querubines bordados en las cortinas y en el velo del tabernáculo significaban las cosas extremas del Cielo y de la Iglesia, y por consiguiente también del Verbo, según se puede ver más arriba (N. 167); y lo mismo significaban los querubines esculpidos en los muros y en las puertas del templo de Jerusalén (Reyes VI: 29; 32; 35); así como los querubines en el nuevo templo (Ezequiel XLI: 1820). Puesto que querubines significan guardianes que cuidan de que los hombres no se acerquen al Señor, al Cielo, á la Divina Verdad directamente desde las cosas extremas, por eso se dice del rey de Tiro:

«Tu echas el sello á la suma, lleno de sabiduría y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios, estuviste; toda piedra preciosa fue tu vestidura. Tú, OH querubín, eres la extensión de El, que cubre; Yo te he destruido, OH querubín cubridor, en medio de las piedras de fuego (Ezequiel XXVIII: 1214; 16).

Tiro significa la Iglesia con respecto á conocimientos de bienes y verdades y el rey de Tiro el Verbo, del cual vienen estos conocimientos. Que el rey de Tiro aquí significa el Verbo en sus cosas extremas, ó sea en su letra, y que querubín significa guardián es también evidente, porque se dice: Tú echas el sello á la suma, toda piedra preciosa fué tu vestidura; tú, OH querubín, eres la extensión de El, que cubre, y también OH querubín cubridor. Las «piedras preciosas» significan las cosas del sentido literal (N. 167). Puesto que querubín significa el Verbo en sus cosas extremas y también guardián, se dice en David:

«Jehová inclinó los cielos y descendió y cabalgó sobre un querubín (Salmo XVIII: 9; 10).

«OH Pastor de Israel que estás sentado sobre querubines, deja que brille tu resplandor» (Salmo LXXX: I).

«Jehová está sentado sobre los querubines» (XCIX: I).

Cabalgar sobre querubines y estar sentado sobre ellos, significa sobre el sentido natural del Verbo. La Divina Verdad del Verbo y su cualidad se halla asimismo descrita bajo la figura de los cuatro animales, llamados querubines, en Ezequiel I: IX y X, y bajo la figura de los cuatro animales en medio el trono y cerca del trono, de los cuales leemos en el Apocalipsis IV: 6 y siguientes.

 

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