II
La Divina Virtud y Operación, llamadas el Espíritu Santo,
son en general Reformación y Regeneración, y según éstas,
Renovación, Vivificación, Santificación y Justificación, y según
éstas, Purificación de males, Remisión de pecados y finalmente
Salvación.
112.
Estas son por su orden las virtudes que el Señor opera en los que
creen en El, y que se disponen á recibirle y á ser Su morada. Esta
operación se verifica por conducto de la Divina Verdad y entre los
Cristianos por medio del Verbo, porque la Divina Verdad es el único
medio por el cual el hombre puede acercarse al Señor, y el Señor
entrar en el hombre, siendo así que el Señor, como antes se ha
dicho, es la Divina Verdad Misma, y todo lo que sale de El es Verdad
Divina. Pero las varias Operaciones mencionadas serán explicadas
detenidamente, cuando trataremos de la caridad y la fe, de la libre
voluntad y el arrepentimiento, así como de la reformación y la
regeneración. El Señor procura continuamente operar estas gracias
salvadoras en todo hombre, porque son las gradas, sobre las cuales
el hombre sube al cielo, y el Señor desea la salvación de todos. Su
Venida en la carne, la Redención y la Pasión en la Cruz, tenían
también por objeto la salvación de los hombres (Mateo XVIII: 11;
Lucas XIX: 10), y fueron preparativos para esta salvación.
113.
La Operación de estas virtudes es pues el Espíritu Santo, que
el Señor envía á todos los que creen en El y que se disponen á
recibirle. Esta Operación es también lo que significa la palabra
espíritu en los siguientes pasajes:
«Os
daré corazón nuevo y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.
Pondré dentro de vosotros Mi Espíritu, y haré que andéis en mis
mandamientos» (Ezequiel XXXVI: 26, 27. XI: 19).
«Crea en mi, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto
dentro de mi. Vuélveme el gozo de tu salud y un espíritu libre me
sustente» (Salmo LI: 10; 12).
«Jehová forma el espíritu del hombre dentro de él» (Zacarías XII:
1).
«Con
mi alma te he deseado en la noche y con mi espíritu en medio de mí
te he esperado en la mañana» (Isaías XXVI: 9).
«Hacedos
corazón nuevo y espíritu nuevo; ¿por qué queréis morir, casa de
Israel?» (Ezequiel XVIII: 31).
Y en
otros lugares. En estos pasajes, corazón nuevo quiere decir voluntad
del bien, y espíritu nuevo entendimiento de la verdad. El Señor
opera esto en los que obran el bien y creen la verdad, es decir, en
los que se hallan en la fe de la caridad. Esto es evidente, porque
se dice, que «Dios da alma á los que andan en Sus mandamientos»; y
también porque el alma así dada se llama un espíritu libre. Que por
otra parte el hombre tiene que cooperar, se desprende de estas otras
palabras: Hacedos corazón nuevo y espíritu nuevo; ¿por qué queréis
morir, casa de Israel?
114.
Leemos que al ser bautizado Jesús, los cielos se abrieron, y
que Juan vio al Espíritu de Dios (al Espíritu Santo) como paloma
(Mateo III: 16. Lucas III: 10. Juan I: 32; 33). Esto aconteció,
porque el Bautismo significa regeneración y purificación y la paloma
igualmente. ¿Quién no comprende, que la paloma no era el Espíritu
Santo y que el Espíritu Santo no estaba en la paloma? En el cielo
aparecen á menudo palomas, y siempre cuando aparecen, saben los
ángeles que son correspondencias de inclinaciones y pensamientos
referentes á la regeneración y purificación, cuyas inclinaciones y
pensamientos proceden de otros ángeles que se hallan en las
cercanías; tan pronto como se reúnen con ellos y hablan con ellos de
otras cosas que aquellas en que pensaban, cuando apareció la paloma,
desaparece ésta en seguida. La aparición de la paloma al ser
bautizado Jesús, fué como las apariciones similares que vieron los
profetas, y como el cordero que apareció á Juan sobre el monte Sión
(Apocalipsis XIV: 1). ¿Quién no comprende que el Señor no era ese
cordero, ni estaba en el cordero, sino que el cordero era una
representación de la inocencia del Señor? Conste por esto, que se
hallan en un error los que piensan, que hay tres personas en la
Divinidad fundando su creencia en la paloma que apareció,
descendiendo sobre el Señor, cuando fue bautizado, y en la voz del
cielo, que al mismo tiempo dijo: «este es mi Hijo amado». El Señor
regenera y purifica al hombre mediante el bautismo espiritual, es
decir, por la fe y por el amor al prójimo, y esto es lo que
significan las palabras de Juan el Bautista: « Yo os bautizo con
agua para arrepentimiento, mas El que viene tras de mí os bautizará
con el Espíritu Santo y con fuegos» (Mateo III: 11). Bautizar con el
Espíritu Santo y con fuego es regenerar mediante la Divina Verdad de
la fe y el Divino Bien del amor al prójimo. Lo mismo significan las
siguientes palabras del Señor: «El que no naciere de agua y del
Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Juan III: 5). Agua
aquí y en otros lugares del Verbo significa verdad en el hombre
natural ó exterior, y espíritu significa verdad procedente del bien
en el hombre espiritual ó interior.
115.
El Señor opera estas virtudes en los que creen en El, es decir, los
reforma, regenera, renueva, vivifica, santifica, justifica, purifica
de males y finalmente los salva, y la operación de estas virtudes en
ellos es lo que se llama mandarles el Espíritu Santo. Que el Señor
opera estas virtudes en los que creen en El, consta por los
siguientes pasajes de la Sagrada Escritura:
«El
que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva correrán
de su vientre. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que
creyesen en El» (Juan VII: 38; 39).
«El
testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía» (Apoc. XIX: 10).
El
espíritu de la profecía significa la verdad doctrinal sacada del
Verbo, porque profecía significa doctrina y profetizar significa
enseñarla; el testimonio de Jesús significa confesarle en vida y
obras por la fe en El. Igual significación tiene la palabra
testimonio en este otro pasaje:
«Los ángeles de Micael vencieron al dragón por
la sangre del cordero y por la palabra de su testimonio. Y el dragón
se fue á hacer guerra contra los remanentes de la simiente de ella,
los cuales guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio
de Jesucristo» (Apoc.
XII: 11; 17).
Creer en el Señor no es tan sólo reconocerle y confesarle con la boca, sino también hacer ó guardar Sus mandamientos; porque el mero reconocimiento es cosa del pensamiento exclusivamente, pero el hacer ó guardar Sus mandamientos es reconocerle también con la voluntad. La mente del hombre consiste del entendimiento y de la voluntad, y la misión del entendimiento es pensar, mientras que la de la voluntad es obrar. Si el hombre reconoce al Señor tan sólo con el pensamiento de su entendimiento, va al Señor con solo la mitad de su mente; mas cuando practica los mandamientos del Señor en su vida, entonces va al Señor con toda su mente, y esto es creer. Sólo los que así creen, se disponen á recibir al Señor y éstos reciben en sí Su Espíritu Santo, ó sea al Señor Mismo, quien entonces opera en ellos las mencionadas virtudes