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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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III

El Señor opera de Sí Mismo por virtud del Padre y no el Padre por conducto de El.

116. Por operar entendemos aquí lo mismo que por enviar el Espíritu Santo, puesto que las operaciones antes mencionadas, en general reformación, regeneración, renovación, vivificación, santificación, justificación, purificación de males y remisión de pecados, cuyas operaciones la Iglesia actual atribuye al Espíritu Santo como un Dios en y por Sí, en realidad son las operaciones del Señor. Que el Señor realiza estas operaciones por virtud del Padre y no el Padre por conducto del Señor, será demostrado primeramente por el Verbo y luego ilustrado por raciocinios. Por el Verbo como sigue:

«Cuando viniere el Consolador, el Cual yo os enviaré del Padre, el Espíritu de Verdad, el cual procede del Padre, El dará testimonio de mi» (Juan XV: 26).

«Si yo no fuese, el Consolador no vendría a vosotros, mas si yo fuese, os lo enviaré» (XVI: 7).

«El Consolador, el Espíritu de Verdad, no hablará de Sí Mismo, sino que tomará de lo mío y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre, mío es; por eso dije: tomará de lo mío y os lo hará saber» (XVI: 13; 15).

«Aún no había (venido) el Espíritu Santo, porque Jesús no estaba aún glorificado» (VII: 39).

«Jesús sopló sobre los discípulos y díjoles: Tomad el Espíritu Santo» (XX: 22).

«Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre esto haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre esto haré» (XIV: 13; 14).

Estos pasajes demuestran con toda claridad, que es el Señor quien envía el Espíritu Santo, es decir, quien opera las cosas que la iglesia actual atribuye al Espíritu Santo como un Dios en y por Sí; porque leemos «Que El le enviaría del Padre», que «El le enviaría á los discípulos», que «el Espíritu Santo no era aún (venido) porque Jesús no estaba aún glorificado» y que luego de su glorificación, «Jesús sopló sobre los discípulos diciéndoles: Tomad el Espíritu Santo». Y también porque dice: «Todo lo que pidiereis en mi nombre esto haré; el Consolador tomará de lo mío, lo que os enseñará». Que Dios Padre no opera estas virtudes de Si Mismo por conducto del Hijo, sino que el Hijo las opera de Sí Mismo por virtud del Padre, consta por los siguientes pasajes:

«A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le declaró» (Juan I: 18).

Y en otro lugar:

«Nunca habéis oído la voz del Padre, ni habéis visto Su parecer» (Juan V: 37).

Es claro que Dios Padre opera en el Hijo é inspira Sus operaciones en el Hijo, pero que no opera por conducto del Hijo, sino que éste opera de Sí Mismo, por virtud del Padre; porque dice:                                             

«Todo lo que tiene el Padre mío es» (Juan XVI: 15).

«El Padre ha dado todas las cosas en la mano del Hijo» (III: 35). ,

Y  asimismo:

«Como el Padre tiene vida en Si Mismo, así dio también al Hijo que tuviese vida en Sí Mismo» (V: 26).

Y  en otro lugar:

«Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida» (VI: 63).

La razón por la cual el Señor dice, que el Espíritu de verdad procede del Padre (Juan XV: 26), es que en efecto emana de Dios Padre entrando en el Hijo y procede del Hijo por virtud del Padre, por lo cual también dice:

«En aquel día vosotros conoceréis que el Padre está en Mí y que Yo estoy en Mi Padre y vosotros en Mi y yo en vosotros» (Juan XIV:11; 20).

Estas declaraciones del Señor demuestran claramente el error en que se halla el mundo Cristiano, creyendo que Dios Padre envía el Espíritu Santo directamente al hombre. Es, al contrario, el Señor quien envía el Espíritu Santo de Sí Mismo por virtud del Padre, y no el Padre directamente, ni sencillamente por conducto del Hijo. Esta es una verdad del cielo, y los ángeles la llaman un secreto (arcanum), porque hasta ahora no ha sido revelada al mundo.

117. Para ilustrar: Es sabido que los apóstoles, después de haber recibido del Señor el don del Espíritu Santo, predicaban el Evangelio en una grande parte del mundo, anunciándolo, hablando y escribiendo, y esto hacían de sí mismos por virtud del Señor, porque Pedro enseñaba y escribía de cierta manera, Jacobo de otra, Juan de otra y Pablo de otra, cada uno con arreglo á su propia inteligencia. El Señor los llenaba á todos con Su Espíritu, pero cada uno de ellos tomó de El cierta medida, con arreglo á la cualidad de su aptitud. Todos los ángeles del cielo son llenos del Señor, porque el Señor está en ellos y ellos en El, y sin embargo cada uno habla y obra según el estado de su mente, algunos con simplicidad, otros con sabiduría, en una palabra, con infinita variación; cada uno habla y obra de sí mismo por virtud del Señor. El caso es igual con todo ministro de la Iglesia, hállese en la verdad ó en la mentira; cada uno tiene su propia boca y su propia inteligencia, y cada uno habla de su propia mente, es decir, del espíritu que él posee. Los Protestantes, llámense Evangélicos ó Reformados, si bien han sido instruidos en los dogmas dados por Lutero, Melancton ó Calvin, no por eso hablan Lutero, Melancton ó Calvin de sí mismos por conducto de sus adictos, sino que éstos hablan de sí mismos por virtud de aquellos institutores. Otra ilustración: La acción del corazón sobre los pulmones hace que éstos funcionen por reacción de sí mismos por virtud del corazón. Son dos órganos distintos y sin embargo recíprocamente unidos. Los pulmones respiran de sí mismos por virtud del corazón, y no el corazón por conducto de los pulmones; si esto fuera el caso quedarían ambos paralizados. De igual manera la acción del corazón en cada víscera y sobre cada víscera del cuerpo hace, que cada una por sí funcione de sí misma por virtud del corazón. El corazón envía de sí mismo la sangre á todo el cuerpo, pero cada víscera recoge su particular medida, con arreglo al servicio ó á la misión que desempeña, y todos obran de distinta manera. Otra ilustración: El mal que viene de los padres, llamado el mal hereditario, obra en el hombre y sobre el hombre; de igual manera el bien que viene del Señor; este último obra en sus cosas interiores ó superiores; el primero en sus cosas inferiores ó exteriores. Si el mal obrase por conducto del hombre no sería éste capaz de ser reformado, ni podría ser sujeto á reconvención; y de igual manera, si el bien del Señor obrase por conducto del hombre, ó por decirlo así, al través del hombre, tampoco podría ser reformado; pero puesto que el obrar lo uno ó lo otro depende de la libre elección del hombre, resulta culpable, cuando de si mismo obra por virtud del mal, y sin culpa ó inocente, cuando de sí mismo obra por virtud del bien, y puesto que el mal es el demonio y el bien es el Señor, resulta culpable, si obra por virtud del demonio y sin culpa ó inocente, si obra por virtud del Señor. Es por esta libre elección del hombre, que éste puede ser reformado. El caso es igual con lo interior y lo exterior del hombre. Estos dos son distintos y sin embargo recíprocamente unidos; lo interior obra en lo exterior y sobre lo exterior, pero no obra al través de lo exterior; porque lo interior revuelve una infinidad de cosas, de las cuales lo exterior no saca más que aquellas que sirven á su uso. En lo interior del hombre hay una infinidad de ideas, las cuales, si saliesen espontáneamente de la boca del nombre, serían como el soplo de un fuelle. Lo interior es como un océano del cual el exterior saca lo suficiente para su uso. Así es el caso también con el Verbo. Cuando el Verbo se halla en bastante plenitud en la mente interior del hombre, entonces el hombre habla y obra de sí mismo por virtud del Verbo y no el Verbo al través del hombre. Así es también con el Señor, porque el Señor es el Verbo, es decir, la Divina Verdad y el Divino Bien en el Verbo. El Señor obra de Sí Mismo, ó del Verbo, en el hombre y sobre el hombre, pero no al través del hombre, porque el hombre obra y habla libremente por virtud del Señor, cuando obra y habla por virtud del Verbo. Más claramente aún se comprende esto por la relación mutua que existe entre el alma y el cuerpo; el alma obra en el cuerpo y sobre el cuerpo y no al través del cuerpo, sino que el cuerpo obra de sí mismo por virtud del alma; el alma no consulta ó delibera con el cuerpo, ni el cuerpo con el alma; el alma no manda ó exige que el cuerpo haga esto ó aquello; no pretende hablar por la boca del cuerpo como por una bocina; y por otra parte, el cuerpo no ruega al alma de darle ó concederle cosa alguna, porque todas las cosas del alma son del cuerpo y viceversa, mutuamente. El caso es igual con lo Divino y lo Humano del Señor, porque lo Divino del Padre, es el alma de Su Humano, y Su Humano es Su Cuerpo; Su Humano no ruega á Su Divino que diga lo que tiene que hablar y obrar, y por esto dice el Señor:

«En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el mismo Padre os ama, porque vosotros me amasteis» (Juan XVI: 26, 27).

En aquel día, es después de la glorificación, es decir, después de la perfecta y absoluta unión con el Padre. Este secreto es del Señor Mismo para los que quieren ser de Su Nueva Iglesia.

 

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