III
El Señor opera de Sí Mismo por virtud del Padre y no el
Padre por conducto de El.
116.
Por operar entendemos aquí lo mismo que por enviar el Espíritu
Santo, puesto que las operaciones antes mencionadas, en general
reformación, regeneración, renovación, vivificación, santificación,
justificación, purificación de males y remisión de pecados, cuyas
operaciones la Iglesia actual atribuye al Espíritu Santo como un
Dios en y por Sí, en realidad son las operaciones del Señor. Que el
Señor realiza estas operaciones por virtud del Padre y no el Padre
por conducto del Señor, será demostrado primeramente por el Verbo y
luego ilustrado por raciocinios. Por el Verbo como sigue:
«Cuando viniere el Consolador, el Cual yo os enviaré del Padre, el
Espíritu de Verdad, el cual procede del Padre, El dará testimonio de
mi» (Juan XV: 26).
«Si
yo no fuese, el Consolador no vendría a vosotros, mas si yo fuese,
os lo enviaré» (XVI: 7).
«El
Consolador, el Espíritu de Verdad, no hablará de Sí Mismo, sino que
tomará de lo mío y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre, mío
es; por eso dije: tomará de lo mío y os lo hará saber» (XVI: 13;
15).
«Aún
no había (venido) el Espíritu Santo, porque Jesús no estaba aún
glorificado» (VII: 39).
«Jesús sopló sobre los discípulos y díjoles: Tomad el Espíritu
Santo» (XX: 22).
«Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre esto haré para que el
Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre
esto haré» (XIV: 13; 14).
Estos pasajes demuestran con toda claridad, que es el Señor quien
envía el Espíritu Santo, es decir, quien opera las cosas que la
iglesia actual atribuye al Espíritu Santo como un Dios en y por Sí;
porque leemos «Que El le enviaría del Padre», que «El le enviaría á
los discípulos», que «el Espíritu Santo no era aún (venido) porque
Jesús no estaba aún glorificado» y que luego de su glorificación,
«Jesús sopló sobre los discípulos diciéndoles: Tomad el Espíritu
Santo». Y también porque dice: «Todo lo que pidiereis en mi nombre
esto haré; el Consolador tomará de lo mío, lo que os enseñará». Que
Dios Padre no opera estas virtudes de Si Mismo por conducto del
Hijo, sino que el Hijo las opera de Sí Mismo por virtud del Padre,
consta por los siguientes pasajes:
«A
Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del
Padre, él le declaró» (Juan I: 18).
Y en
otro lugar:
«Nunca habéis oído la voz del Padre, ni habéis visto Su parecer»
(Juan V: 37).
Es
claro que Dios Padre opera en el Hijo é inspira Sus operaciones en
el Hijo, pero que no opera por conducto del Hijo, sino que éste
opera de Sí Mismo, por virtud del Padre; porque dice:
«Todo lo que tiene el Padre mío es» (Juan XVI: 15).
«El
Padre ha dado todas las cosas en la mano del Hijo» (III: 35). ,
Y
asimismo:
«Como el Padre tiene vida en Si Mismo, así dio también al Hijo que
tuviese vida en Sí Mismo» (V: 26).
Y
en otro lugar:
«Las
palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida» (VI: 63).
La
razón por la cual el Señor dice, que el Espíritu de verdad procede
del Padre (Juan XV: 26), es que en efecto emana de Dios Padre
entrando en el Hijo y procede del Hijo por virtud del Padre, por lo
cual también dice:
«En
aquel día vosotros conoceréis que el Padre está en Mí y que Yo estoy
en Mi Padre y vosotros en Mi y yo en vosotros» (Juan XIV:11; 20).
Estas declaraciones del Señor demuestran claramente el error en que
se halla el mundo Cristiano, creyendo que Dios Padre envía el
Espíritu Santo directamente al hombre. Es, al contrario, el Señor
quien envía el Espíritu Santo de Sí Mismo por virtud del Padre, y no
el Padre directamente, ni sencillamente por conducto del Hijo. Esta
es una verdad del cielo, y los ángeles la llaman un secreto (arcanum),
porque hasta ahora no ha sido revelada al mundo.
117.
Para ilustrar: Es sabido que los apóstoles, después de haber
recibido del Señor el don del Espíritu Santo, predicaban el
Evangelio en una grande parte del mundo, anunciándolo, hablando y
escribiendo, y esto hacían de sí mismos por virtud del Señor, porque
Pedro enseñaba y escribía de cierta manera, Jacobo de otra, Juan de
otra y Pablo de otra, cada uno con arreglo á su propia inteligencia.
El Señor los llenaba á todos con Su Espíritu, pero cada uno de ellos
tomó de El cierta medida, con arreglo á la cualidad de su aptitud.
Todos los ángeles del cielo son llenos del Señor, porque el Señor
está en ellos y ellos en El, y sin embargo cada uno habla y obra
según el estado de su mente, algunos con simplicidad, otros con
sabiduría, en una palabra, con infinita variación; cada uno habla y
obra de sí mismo por virtud del Señor. El caso es igual con todo
ministro de la Iglesia, hállese en la verdad ó en la mentira; cada
uno tiene su propia boca y su propia inteligencia, y cada uno habla
de su propia mente, es decir, del espíritu que él posee. Los
Protestantes, llámense Evangélicos ó Reformados, si bien han sido
instruidos en los dogmas dados por Lutero, Melancton ó Calvin, no
por eso hablan Lutero, Melancton ó Calvin de sí mismos por conducto
de sus adictos, sino que éstos hablan de sí mismos por virtud de
aquellos institutores. Otra ilustración: La acción del corazón sobre
los pulmones hace que éstos funcionen por reacción de sí mismos por
virtud del corazón. Son dos órganos distintos y sin embargo
recíprocamente unidos. Los pulmones respiran de sí mismos por virtud
del corazón, y no el corazón por conducto de los pulmones; si esto
fuera el caso quedarían ambos paralizados. De igual manera la acción
del corazón en cada víscera y sobre cada víscera del cuerpo hace,
que cada una por sí funcione de sí misma por virtud del corazón. El
corazón envía de sí mismo la sangre á todo el cuerpo, pero cada
víscera recoge su particular medida, con arreglo al servicio ó á la
misión que desempeña, y todos obran de distinta manera. Otra
ilustración: El mal que viene de los padres, llamado el mal
hereditario, obra en el hombre y sobre el hombre; de igual manera el
bien que viene del Señor; este último obra en sus cosas interiores ó
superiores; el primero en sus cosas inferiores ó exteriores. Si el
mal obrase por conducto del hombre no sería éste capaz de ser
reformado, ni podría ser sujeto á reconvención; y de igual manera,
si el bien del Señor obrase por conducto del hombre, ó por decirlo
así, al través del hombre, tampoco podría ser reformado; pero puesto
que el obrar lo uno ó lo otro depende de la libre elección del
hombre, resulta culpable, cuando de si mismo obra por virtud del
mal, y sin culpa ó inocente, cuando de sí mismo obra por virtud del
bien, y puesto que el mal es el demonio y el bien es el Señor,
resulta culpable, si obra por virtud del demonio y sin culpa ó
inocente, si obra por virtud del Señor. Es por esta libre elección
del hombre, que éste puede ser reformado. El caso es igual con lo
interior y lo exterior del hombre. Estos dos son distintos y sin
embargo recíprocamente unidos; lo interior obra en lo exterior y
sobre lo exterior, pero no obra al través de lo exterior; porque lo
interior revuelve una infinidad de cosas, de las cuales lo exterior
no saca más que aquellas que sirven á su uso. En lo interior del
hombre hay una infinidad de ideas, las cuales, si saliesen
espontáneamente de la boca del nombre, serían como el soplo de un
fuelle. Lo interior es como un océano del cual el exterior saca lo
suficiente para su uso. Así es el caso también con el Verbo. Cuando
el Verbo se halla en bastante plenitud en la mente interior del
hombre, entonces el hombre habla y obra de sí mismo por virtud del
Verbo y no el Verbo al través del hombre. Así es también con el
Señor, porque el Señor es el Verbo, es decir, la Divina Verdad y el
Divino Bien en el Verbo. El Señor obra de Sí Mismo, ó del Verbo, en
el hombre y sobre el hombre, pero no al través del hombre, porque el
hombre obra y habla libremente por virtud del Señor, cuando obra y
habla por virtud del Verbo. Más claramente aún se comprende esto por
la relación mutua que existe entre el alma y el cuerpo; el alma obra
en el cuerpo y sobre el cuerpo y no al través del cuerpo, sino que
el cuerpo obra de sí mismo por virtud del alma; el alma no consulta
ó delibera con el cuerpo, ni el cuerpo con el alma; el alma no manda
ó exige que el cuerpo haga esto ó aquello; no pretende hablar por la
boca del cuerpo como por una bocina; y por otra parte, el cuerpo no
ruega al alma de darle ó concederle cosa alguna, porque todas las
cosas del alma son del cuerpo y viceversa, mutuamente. El caso es
igual con lo Divino y lo Humano del Señor, porque lo Divino del
Padre, es el alma de Su Humano, y Su Humano es Su Cuerpo; Su Humano
no ruega á Su Divino que diga lo que tiene que hablar y obrar, y por
esto dice el Señor:
«En
aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre
por vosotros, pues el mismo Padre os ama, porque vosotros me
amasteis» (Juan XVI: 26, 27).
En aquel día, es después de la glorificación,
es decir, después de la perfecta y absoluta unión con el Padre. Este
secreto es del Señor Mismo para los que quieren ser de Su Nueva
Iglesia.