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124.
El Verbo enseña claramente que hay una Divina Trinidad, el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Los siguientes pasajes, entre
muchos otros, lo demuestran:
El ángel dijo á María:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la Virtud del Altísimo te hará,
sombra; por lo cual también lo santo, que nacerá, será llamado el
Hijo de Dios» (Lucas I: 35).
Aquí se hace mención de tres: el Altísimo, que es Dios Padre, el Espíritu
Santo y el Hijo de Dios.
Cuando Jesús fue bautizado:
«He aquí, los cielos le fueron abiertos y Juan vio e¿ Espíritu de Dios, que
descendía como paloma y venia sobre El, y he aquí una voz de los
cielos que decía: Este es Mi Hijo amado, en el cual tengo
contentamiento» (Mateo III: 16, 17).
Aun más claro lo demuestran las palabras del Señor á sus discípulos:
«Id y doctrinad á todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo» (Mateo XXVIII: 19).
Y además estas palabras en I Juan V: 7:
«Tres son los que dan testimonio en el Cielo: el Padre, el Verbo y el
Espíritu Santo.»
Lo demuestra también el hecho de que el Señor oraba al Padre, hablaba con Él
y de El, y dijo que mandaría el Espíritu Santo, lo cual también
hizo.
Los apóstoles mencionan igualmente en sus epístolas á
menudo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es pues evidente que
hay una Divina Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo; pero ¿de qué
manera se debe entender? ¿Son tres Dioses, que de esencia, y por
ello de nombre, forman uno; ó son tres objetos pertenecientes á un
mismo sujeto, siendo por consiguiente meramente cualidades y
atributos de un Solo Dios? ¿O ha de entenderse en otro sentido? Esto
no lo puede decir la razón humana en manera alguna sin ayuda. ¿Qué
se debe pues hacer? Existe un medio de saberlo y es dirigirse al
Señor Dios, el Salvador, y leer el Verbo bajo Sus auspicios, porque
El es el Dios del Verbo; haciendo esto, el hombre recibirá
iluminación y verá verdades, las cuales su razón también aprobará.
Pero si no se dirige al Señor, aunque leyere el Verbo mil veces y
viere en él Divina Trinidad y también Unidad, no verá jamás, sino
que hay tres Divinas personas, cada una de las cuales es Dios
separadamente por sí, y por consiguiente que hay tres Dioses. Pero
puesto que esto repugna á la percepción de todo hombre, para evitar
reprensión han ideado esta salida: Aunque en verdad hay tres Dioses,
la fe requiere que no se nombren tres, sino uno; y para evitar
censura con respecto á este punto particular, han decretado además
que el entendimiento debe someterse y sujetarse en obediencia bajo
la fe, y que este decreto sea una ley del orden Cristiano,
establecida en la Iglesia Cristiana para siempre. Este feto
paralítico nació por no dejarse guiar por el Señor, y por no leer el
Verbo bajo Sus auspicios, sino bajo los auspicios de su propia
inteligencia, la cual es como una lechuza con respecto á las cosas
espirituales, que sólo pueden ser vistas en la luz espiritual, como
es el caso con toda cosa esencial de la Iglesia. Los que leen el
Verbo bajo los auspicios de su propia inteligencia, son como los
niños, que jugando procuran andar en dirección recta con los ojos
vendados y creen andar en línea recta, cuando sin embargo se apartan
de la dirección recta con cada paso que dan, basta que finalmente
andan en dirección opuesta; son también como marineros que navegan
sin brújula en densa niebla, yendo el barco á estrellarse contra las
rocas, pereciendo todos. Son, en fin, como uno que entra en un
laberinto sin guía ni hilo, y á medida que se va internando
encuentra más y más difícil la salida. El hombre que no se dirige al
Señor solo cuando lee el Verbo, lo lee bajo los auspicios de su
propia inteligencia y se cree poseer perspicacia y más ojos que un
argos, cuando sin embargo no ve interiormente verdad alguna, sino
sólo lo que es falso, y cuando se ha persuadido de que esta falsedad
es verdad, la mira en su idea como la estrella polar, según la cual
dirige el rumbo de sus pensamientos; entonces no ve las verdades
genuinas más que un topo; ó si ve alguna, la inclina á favor de su
propia fantasía, y así pervierte y falsifica las sagradas verdades
del Verbo.
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