V
Una Trinidad de Personas era desconocida en la Iglesia
apostólica. Fue primeramente adoptada por el concilio de Nicea y
luego introducida en la Iglesia Católica Romana, de la que después
se introdujo en las iglesias que se separaron de ella.
132. Por la iglesia apostólica entendemos no
solamente la iglesia que en el tiempo de los apóstoles existía en
varios lugares, sino también la iglesia durante los primeros dos ó
tres siglos que siguieron. Pero finalmente empezaron á torcer la
puerta del templo, rompiendo sus goznes, y como ladrones forzar el
cerraje de su santuario. El templo es la iglesia, la puerta es el
Señor Dios el Redentor, y el Santuario es Su Divinidad; porque Jesús
dice:
«De
cierto os digo, el que no entra por la puerta en el corral de las
ovejas, mas sube por otra parte, el tal es ladrón y robador. Yo soy
la puerta, él que por mí entrare será salvo» (Juan X: i; 9).
Este
hecho criminal fue realizado por Ario y sus partidarios, y con
motivo de esto se celebró un concilio en Nicea, ciudad de Bitinia,
convocado por el emperador Constantino el Grande, y á fin de acabar
con la herejía de Ario, los que allí se hallaban reunidos idearon,
concluyeron y ratificaron como dogma, el que hay tres Divinas
Personas desde eternidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
cada uno de los cuales tiene personalidad, existencia y subsistencia
en y por sí mismo, y que la segunda Persona, ó sea el Hijo,
descendió y adoptó Naturaleza Humana, realizando así la Redención,
por lo cual hay Divinidad en su Humanidad por unión hipostática, y
que por esta unión tiene íntima relación con Dios, el Padre. Desde
ese tiempo empezaron á brotar herejías abominables con respecto á
Dios y á la Persona de Cristo, y Anticristos levantaron su cabeza,
dividiendo á Dios en tres y al Señor, el Salvador, en dos, y así
destruyeron el templo, edificado por el Señor mediante los
apóstoles, hasta no quedar piedra sobre piedra, según Sus propias
palabras en Mateo XXIV: 2, donde templo significa no solamente el
templo en Jerusalén, sino también la Iglesia, de cuya consumación ó
fin se trata en todo ese capítulo. Pero ¿podía resultar otra cosa de
ese concilio ó de los siguientes, que de igual manera dividieron la
Divinidad en tres Personas, colocando al DiosHombre en el escabel de
sus pies? Porque separaron del cuerpo la cabeza de la Iglesia y
subían por otra parte, es decir, pasaban por alto del Señor y subían
por fuera á Dios, el Padre, como siendo otra Persona, llevando sólo
en la boca la confesión del mérito de Cristo y la súplica, de que
Dios les fuere clemente por este mérito, y pensaban que así
influiría en ellos la justicia con todo su séquito: remisión de
pecados, renovación, santificación, regeneración y salvación, sin
emplear por su parte otro medio alguno.
133.
Que la Iglesia apostólica desconocía por completo una Trinidad de
Personas, ó sea tres Divinas Personas desde eternidad, es muy
evidente por el credo de esa Iglesia, cuyo credo es llamado el credo
de los apóstoles (por más que fue redactado y adoptado mucho tiempo
después de los apóstoles). Dicho credo dice: Creo en Dios el Padre,
Omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo, Su
Hijo Unigénito, Nuestro Señor, concebido por el Espíritu Santo,
nacido de la Virgen María. Asimismo en el Espíritu Santo. Aquí no se
hace mención alguna de un Hijo desde eternidad, sino del Hijo
concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen
María; porque estos hombres sabían: por las enseñanzas
de los apóstoles, que Jesucristo es el verdadero Dios
(I Juan V: 20) y que en El mora toda la plenitud de la
Divinidad corporalmente (Col. II: 9); que los apóstoles
predicaban la fe en El (Actos XX: 21) y que enseñaban,
que El tiene toda potestad en el cielo y en la tierra (Mateo
XX VIH: 18).
134. ¿Qué confianza puede uno tener en un concilio que no se dirige
directamente al Dios de la Iglesia? ¿No es la Iglesia el cuerpo del
Señor y el Señor su cabeza? ¿Qué es un cuerpo sin cabeza? Y ¿qué
clase de cuerpo es aquél, en el cual han colocado tres cabezas y
bajo cuyos auspicios celebran concilios y emiten decretos? El Señor
solo es el Dios del Cielo y de la Iglesia y asimismo el Dios del
Verbo, y sólo de El puede el hombre recibir iluminación espiritual.
Si el hombre no se dirige á El, su entendimiento; se vuelve natural
y finalmente sensual. Entonces no entra en su percepción verdad
teológica alguna, que sea genuina en su forma interior, porque
apenas entre, es inmediatamente expulsada del entendimiento racional
y dispersada como tamos por un aventador. En este estado se
presentan falacias en lugar de verdades, obscuridad en vez de rayos
de luz, y puede decirse, que el hombre se halla en un sótano, con
gafas sobre la nariz y una bujía en la mano, cerrando los ojos á las
verdades espirituales, que se hallan en la luz del cielo y
abriéndolos á las verdades sensuales, que se hallan en la luz
delusoria de los sentidos del cuerpo. Así hace en efecto, cuando
luego lee el Verbo; la mente se halla entonces adormecida con
respecto á las verdades y abierta con respecto á las falsedades, y
se vuelve como la bestia del Apocalipsis, que subió del mar, siendo
en cuanto á la boca parecida á un león, en cuanto al cuerpo parecida
á un leopardo y en cuanto á los pies parecida' á un oso (Apoc. XIII:
2). En el cielo dicen, que al terminar el concilio de Nicea, se
cumplió lo predicho por el Señor en Mateo XXIV: 29. «El sol se
obscurecerá y la luna no dará su lumbre y las estrellas caerán del
cielo y. las virtudes de los cielos serán conmovidas.» En efecto,
la, Iglesia apostólica era como una nueva estrella, que apareció
sobré el firmamento; pero la iglesia, después de los dos concilios
de Nicea, era como una estrella que se apaga y luego desaparece, lo
cual á veces sucede en el mundo natural, según han podido observar
los astrónomos. En el Verbo leemos, que Jehová Dios mora en una luz
inaccesible. ¿Quién podría pues acercársele si no hubiese venido á
morar en una luz accesible, es decir, si no hubiese descendido y
adoptado Naturaleza humana, haciéndose así la luz del mundo? (Juan
I: 9; XII: 46). ¿Quién no puede comprender, que el ir á Jehová, el
Padre, en Su Luz es tan imposible para el hombre como sería para él
tomar las alas de la aurora y elevarse sobre ellas hasta el sol, ó
como alimentarse de los rayos del sol y no de alimento natural?
Sería tan imposible como para un ave volar en el éter, ó para un pez
nadar en el aire.