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VI

Del credo de Nicea, ó de Atanasio, originó una fe falsa, que ha pervertido á toda la Iglesia Cristiana.

135. Que la Trinidad, enseñada por el credo de Nicea ó de Atanasio, es una Trinidad de Personas, ó sea de Dioses, consta por lo que antes se ha dicho con respecto á estos credos (véase número 130). De ahí originó la fe de la iglesia actual en Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo: en Dios el Padre, de que El imputa la justicia de Su Hijo, el Salvador, atribuyéndola al hombre; en Dios el Hijo, de que El intercede y reconcilia; en el Espíritu Santo, de que El inscribe ó imprime sobre el hombre la imputada justicia del Hijo, sellándola, cuando está establecida, con justificar, santificar y regenerar al hombre. Esta es la fe actual y por sí misma demuestra, que es una fe en tres Dioses, reconocidos y adorados. De la fe viene no solamente toda la adoración de la iglesia, sino también todos sus dogmas, y podemos decir: tal fe, tal doctrina. Sigue de sí mismo, que la indicada fe, siendo una fe en tres Dioses, ha pervertido todas las cosas de la Iglesia; porque la fe es el principio, y las cosas doctrinales son las derivaciones, que toman su esencia del principio. Si se examina la doctrina de la iglesia actual con respecto á sus puntos esenciales, ó sea con respecto á Dios; á la Persona de Cristo, á la caridad, al arrepentimiento, á la regeneración, á la libre voluntad, á la elección y al uso de los dos sacramentos, el Bautismo y la Santa Cena, se verá claramente, que en todos ellos hay una Trinidad de Dioses, ó si no aparece claramente, se verá por lo menos emanar de ellos como de su fuente. La fe de la Iglesia con respecto á Dios es como el alma del cuerpo, y las doctrinas son como los miembros; ó de otra manera, la fe es como una reina y los dogmas como sus cortesanos, que la sirven y dependen de su voluntad. Por la indicada fe de la actual iglesia consta pues de qué manera esta iglesia entiende el Verbo, siendo así que la fe adapta y explica á su conveniencia todo cuanto alcanza. Si la fe es falsa, juega con toda verdad del Verbo, pervirtiéndola y falsificándola, y hace que el hombre se vuelve insano en cuanto á las cosas espirituales. Pero cuando la fe es verdadera la favorece todo el Verbo; y el Dios del Verbo, que es el Señor Dios, el Salvador, deja que Su Luz brille sobre las verdades, anima la fe con Su Divino asentimiento y hace sabio al hombre.

 

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