VIII
De ahí también que, de no haber sido establecidos por el
Señor un Nuevo Cielo y una Nueva Iglesia, ninguna carne hubiera sido
salva.
139.
En Mateo leemos:
«Entonces habrá tan grande aflicción, cual no fue desde el principio
del mundo hasta ahora, ni será, y si aquellos días no fuesen
acortados, ninguna carne seria salva» (XXIV: 21; 22).
Este
capítulo trata de la consumación del siglo, lo cual quiere decir el
fin de la iglesia actual, y acortar aquellos días, quiere decir
acabar con aquella iglesia y establecer una nueva. ¿Quién ignora
que, de no haber venido al mundo el Señor y realizado la Redención,
ninguna carne sería salva? Y realizar Redención quiere decir
establecer un Cielo nuevo y una Iglesia nueva. Que el Señor había de
volver al mundo después, lo predijo en los Evangelistas (Mateo XXIV:
30; 31. Marcos XIII: 26. Lucas XII: 40. XXI: 27); y también en el
Apocalipsis, particularmente en el último capítulo, y que
actualmente también está realizando una Redención mediante el
establecimiento de un nuevo Cielo y una nueva Iglesia para la
salvación de los hombres, queda explicado en un artículo anterior,
que trata de la Redención (núm. 94). La razón por la cual ninguna
carne sería salva, si el Señor no estableciera una nueva Iglesia, es
ésta: Mientras el dragón con su turba permanece en el mundo de los
espíritus, al cual ha sido lanzado, no puede verdad Divina alguna,
unida al Divino bien, abrirse paso y llegar hasta los hombres en la
tierra, sin ser pervertida, falsificada y perecer. Este es el
secreto, que encierran las siguientes palabras del Apocalipsis:
«Y
fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama
diablo y satanás... y fue arrojado á la tierra y sus ángeles fueron
arrojados con él... ¡Ay dé los moradores de la tierra y del mar!,
porque el diablo ha descendido á ellos, teniendo grande ira» (XII:
9; 12).
Pero después de ser echado el dragón al infierno (XX: 10) vio Juan
un nuevo Cielo y una nueva tierra y la Jerusalén Nueva, que
descendía del cielo, de Dios (XXI: 1; 2). El dragón significa y
representa aquéllos, que se hallan en la fe de la iglesia actual.