EL Espíritu Santo y La Divina Operación.
RECUERDO
141 RECUERDO. Siéndome
concedido por el Señor el ver cosas maravillosas en los cielos y
debajo de los cielos, debo, cumpliendo Su encargo, referir lo que he
visto. Vi un magnífico palacio, y en su interior un templo. En el
centro del mismo había una mesa de oro, en la cual estaba el Verbo,
y cerca de ella dos ángeles. Alrededor de la mesa, había sillas,
colocadas en tres filas; los asientos de las sillas de la primera
fila eran tapizados con tela, color púrpura; los de las sillas de la
segunda fila con seda, color azul celeste, y los de la tercera fila,
con tela blanca. Debajo del techo había un toldo, ampliamente
extendido y resplandeciente por multitud de piedras preciosas, cuyas
piedras despedían una refulgencia como la de un arco iris, al
despejarse el cielo después de la lluvia. De repente aparecieron
prelados, quienes ocuparon los asientos, llevando los vestidos de su
oficio. A un lado había una guardarropía, junto á la cual estaba un
ángel, que la guardaba, y en la misma había magníficas prendas,
colocadas en hermoso orden. Era esto un Concilio convocado por el
Señor, y oí una voz del cielo que dijo: Deliberad. Pero ellos
dijeron: «¿Sobre qué?» y respondió la voz: «Sobre el Señor, el
Salvador y sobre el Espíritu Santo». Empezaron á reflexionar sobre
este tema, pero no se hallaban en iluminación, por lo cual hicieron
oración, y entonces descendió luz del cielo, iluminando primero la
parte posterior de sus cabezas, luego sus sienes y finalmente sus
rostros. Entonces principiaron, y conforme lo mandado, deliberaron
primero acerca del Señor, él Salvador. El primer punto, propuesto y
discutido, fue: ¿Quién adoptó Naturaleza Humana mediante la virgen
María? Y uno de los ángeles que estaban al lado de la mesa, en la
cual estaba el Verbo, leyó delante de ellos estas palabras en Lucas:
El ángel dijo á María: «He aquí; concebirás en tu seno y parirás un
hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande y será llamado el
Hijo del Altísimo.» Entonces María dijo al ángel: «¿Cómo será esto?
porque no conozco varón.» Y respondiendo el ángel le dijo: «El
Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te hará
sombra, por lo cual también lo Santo que nacerá será llamado Hijo de
Dios» (I: 30; 32; 34; 35). Luego leyó asimismo estas palabras en
Mateo: El ángel dijo á José en un sueño: «José, hijo de David, no
temas de recibir á María tu mujer; porque lo que en ella es
engendrado, del Espíritu Santo es;» y José no la conoció hasta que
parió á su hijo primogénito y llamó su nombre Jesús (I: 20; 25).
Además de estos pasajes leyó muchos otros en los Evangelistas (entre
otros Mateo III: 17; XVIII: 5. Juan I: 18; III: 16; XX: 31) y otros,
donde el Señor con respecto á su Naturaleza Humana es llamado el
Hijo de Dios, y donde El, desde Su Naturaleza Humana, llama á Jehová
su Padre. Leyó asimismo de los profetas pasajes, en los cuales se
predice, que Jehová Mismo vendría al mundo, entre otros estos dos: Y
se dirá en aquel día: he aquí, éste es nuestro Dios, al que hemos
esperado porque nos salve. Este es Jehová á quien hemos esperado;
nos gozaremos y nos alegraremos en su salud (XXV: 9). Voz que clama
en el desierto: barred camino á Jehová, enderezad calzada en la
soledad á nuestro Dios, porque la Gloria de Jehová se manifestará y
toda carne la verá juntamente; he aquí, el Señor Jehová vendrá con
fortaleza; como pastor apacentará á su rebaño (XL: 3; 5; 10; 11). Y
el ángel dijo: «Puesto que Jehová Mismo vino al mundo y adoptó la
Naturaleza Humana, salvando y redimiendo así á los nombres, por eso
se llama en los profetas Salvador y Redentor». Y luego leyó los
siguientes pasajes: Cierto en ti está Dios y no hay otro Dios fuera
de ti. Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel,
el Salvador (XLV: 14; 15). ¿No soy yo Jehová? Y fuera de Mí no hay
Dios; Dios justo y Salvador no hay ninguno fuera de Mí (XLV: 21). Yo
soy Jehová y fuera, de Mí no hay Salvador (XLIII: 11). Yo soy Jehová
tu Dios, y no conocerás Dios fuera de Mí, ni otro Salvador sino yo
(Óseas XIII: 4). Y conocerá toda carne que yo, Jehová, soy Salvador
tuyo y Redentor tuyo (Isaías XL1X: 26; LX: 16). Nuestro Redentor,
Jehová de los ejércitos (Zabaot) es su nombre (XLV1I: 4). El
Redentor de ellos es el Fuerte; Jehová de los ejércitos es su
nombre. (Jeremías L: 34). OH, Jehová, roca mía y Redentor mío (Salmo
XIX: 14). Así ha dicho Jehová, Redentor tuyo, el Santo de Israel:
Yo, Jehová, Soy tu Dios (Isaías XLVIII: 17; XLIII: 14; XLIX: 7; LIV:
8). Tú, oh Jehová, eres nuestro padre, nuestro Redentor perpetuo es
tu nombre (LXIII). Así dice Jehová, tu Redentor: Yo soy Jehová, que
lo hago todo por Mí mismo (XLIV: 24). Así dice Jehová, Rey de Israel
y Su Redentor Jehová Zabaot; Yo soy el Primero y el Ultimo y fuera
de mi no hay Dios (XLIV: 6). Jehová Zabaot es su nombre, y tu
Redentor el Santo de Israel, Dios de toda la tierra será llamado
(LIV: 5). He aquí, vienen los días, dice Jehová, en que despertaré á
David renuevo justo, quien reinará Rey, y este será su nombre:
Jehová Justicia nuestra (Jeremías XXIII: 5, 6; XXXIII: 15,16). En
aquel día Jehová será Rey sobre toda la tierra; en aquel día Jehová
será Uno y su nombre uno (Zacarías XIV: 9). Convencidos por estos
pasajes, los que estaban sentados en las sillas dijeron
unánimemente, que Jehová Mismo adoptó Naturaleza Humana, á fin de
redimir y salvar á los hombres. Pero entonces se oyó de los
Católicos Romanos, que se habían escondido detrás del altar, una voz
diciendo: «¿Cómo puede Jehová Dios hacerse hombre? ¿No es El el
Creador del Universo?» Y uno de los que estaban sentados en la
segunda fila, se volvió hacia ellos y dijo: «¿Quién otro que El?» Y
la persona detrás del altar, ahora colocándose junto al altar, dijo:
«EL Hijo desde Eternidad». Mas recibió por contestación: «¿No es
según vuestra confesión, el Hijo desde Eternidad también el Creador
del Universo? ¿Y qué es un Hijo y Dios nacido desde Eternidad? ¿Cómo
puede la Divina Esencia, que es Única é Indivisible, partirse y
descender una parte y no toda Ella?»
La
segunda deliberación, acerca del Señor, versaba sobre este punto:
¿No son entonces el Padre y El Uno, como el alma y él cuerpo son
uno? Dijeron que esto sigue como consecuencia de lo anterior, puesto
que el Alma del Señor era del Padre. Entonces uno de los que estaban
sentados en la tercera fila, leyó lo siguiente del Credo universal,
llamado de Atanasio: Si bien nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de
Dios, es Dios y Hombre, no por eso son dos; sino un Cristo; El es
enteramente Uno. Es una Persona: puesto que como el alma y el cuerpo
constituyen un hombre, así Dios y el Hombre constituyen un Cristo.
El que leyó dijo, que el Credo, en el cual se hallan estas palabras,
es admitido y reconocido por el mundo cristiano entero, incluso por
los Católicos Romanos. Y dijeron: «¿Qué más es menester? Dios el
Padre y El son Uno, como el alma y el cuerpo son uno». Y dijeron:
«Siendo así, vemos que lo Humano del Señor es Divino, porque es lo
Humano de Jehová; y vemos también, que se debe dirigir al Señor
Solo, es decir, á su Divina Humanidad, y que únicamente así puede
uno acercarse á lo Divino, que se llama Padre». Esta conclusión
confirmó el ángel mediante muchos otros pasajes del Verbo, entre
otros éstos: Un niño nos es nacido; hijo nos es dado, y llamar ase
su nombre Maravilloso, Consejero; Dios, el Fuerte, el Padre eterno,
el Príncipe de paz (Isaías LX: 6). Si bien Abraham nos ignora, é
Israel no nos conoce, Tú, OH Jehová, eres nuestro Padre; nuestro
Redentor perpetuo es tu nombre (LXIII: 16). Y en Juan: Jesús dijo:
«El que cree en Mí creé en el que me envió» (XII: 44; 45). Felipe
dijo á Jesús: «Señor, muéstranos el Padre». Jesús le dijo: «El que
me ve á Mi, ve al Padre; ¿cómo pues dices tú, muéstranos el Padre?
No crees que yo soy en el Padre y el Padre en Mí? Creedme que yo soy
en el Padre y el Padre en Mí» (XIV: 8; 11). Jesús dijo: «Yo y el
Padre una cosa somos» (X: 30). Y asimismo: «Todo lo que tiene el
Padre, mío es, y todas mis cosas son del Padre" (XVI: 15; XVII: 10).
Y finalmente: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al
Padre sino por Mí» (XIV: 6). A esto añadió el ángel, que cosas
parecidas á las aquí referidas, dichas por el Señor con respecto á
sí Mismo, las puede decir todo hombre respecto de sí mismo y de su
alma. Oídas estas cosas dijeron todos como con una sola boca y con
un solo corazón: «Lo Humano del Señor es Divino, y hay que dirigirse
y acercarse á esta Humanidad á fin de poder acercarse al Padre,
puesto que Jehová Dios, mediante esta Humanidad se envió á Sí Mismo
al mundo, haciéndose así visible á los ojos de los hombres y por
consiguiente accesible. Se manifestaba igualmente en Forma Humana á
los antiguos primitivos, haciéndose así accesible á ellos, si bien
entonces lo hacía por conducto de un ángel; y puesto que esta forma
era representativa del Señor, que había de venir, eran
representativas todas las cosas de la iglesia entre aquellos
hombres.»
Luego siguió una deliberación con respecto al Espíritu Santo. En
primer lugar se expuso la idea, profesada por muchos, referente á
Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la cual es, que Dios el
Padre está sentado en las alturas con el Hijo á su diestra, y que
estos dos envían al Espíritu Santo para iluminar, enseñar,
justificar y santificar á los hombres. Mas entonces se oyó una voz
del cielo que dijo: «No podemos tolerar esa idea. ¿Quién ignora, que
Jehová Dios es Omnipresente? EL que sabe y reconoce esto, sabrá y
reconocerá también, que El Mismo ilumina, enseña, justifica y
santifica, y que no existe un Dios intermedio, distinto de El (mucho
menos un tercero distinto de otros dos), como una persona distinta
de otra. Apartad pues la idea anterior, que es vana, y admitid esta
otra, que es justa, y veréis esto claramente». Una voz se oyó
entonces de los Católicos Romanos, que estaban junto al altar del
templo, diciendo: «¿Qué es entonces el Espíritu Santo, mencionado en
el Verbo, en los Evangelistas y en Pablo, por el cual, tantos
hombres eruditos del clero, especialmente del nuestro, se dicen ser
guiados? ¿Quién en el mundo Cristiano actual niega la existencia del
Espíritu Santo y sus Operaciones?» Al oír estas palabras uno de los
que estaban sentados en la segunda fila, se volvió hacia ellos y
dijo: «Decís que el Espíritu Santo es una Persona en y por sí y un
Dios en y por sí, pero ¿qué es una persona, que sale y procede de
otra persona, sino la operación, que emana y procede? Una persona no
puede emanar y proceder de otra; pero la operación puede emanar y
proceder. O ¿qué es un Dios que sale y procede de Dios, sino lo
Divino que emana y procede? Un Dios no puede emanar y proceder de
otro Dios; pero lo Divino puede emanar y proceder del Dios Único».
Al oír estas cosas, los que estaban sentados en las sillas
concluyeron unánimemente, que el Espíritu Santo no es una Persona en
y por sí, y por consiguiente, que no es un Dios en y por sí, sino
que es lo Santo Divino, que emana y procede del Dios Único y
Omnipresente, que es el Señor. A esto dijeron los ángeles, que
estaban junto á la mesa de oro, en la cual estaba el Verbo: «Bien.
No se lee en lugar alguno del Antiguo Testamento, que los profetas
hablaban el Verbo por el Espíritu Santo, sino por Jehová, y donde el
Espíritu Santo es mencionado en el Nuevo Testamento se entiende lo
Divino procedente, que es lo Divino que ilumina, enseña, vivifica,
reforma y regenera».
Después de esto siguió otra deliberación referente al Espíritu Santo
sobre la cuestión: ¿De quién procede lo Divino que es llamado el
Espíritu Santo? ¿Del Padre ó del Señor? Y mientras discutían esto,
penetraba la luz desde el cielo, y en esta luz vieron, que lo Santo
Divino, que se llama el Espíritu Santo, no procede del Padre por
conducto del Señor, sino que procede del Señor, influyendo en El del
Padre, comparativamente como en el hombre la actividad no procede
del alma al través del cuerpo, sino que procede del cuerpo por
virtud del alma. Esto confirmó el ángel que estaba junto á la mesa,
mediante los siguientes pasajes del Verbo: Él que Dios envió, las
palabras de Dios habla; porque no le ha dado Dios el Espíritu por
medida. El Padre ama al Hijo y todas las cosas ha dado en su mano
(Juan III: 34; 35). Saldrá una vara del tronco de Isai y un vástago
retoñará de sus raíces; y reposará sobre Él el espíritu de Jehová,
espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de
fortaleza (Isaías XL: 1). El espíritu de Jehová era sobre El y en El
(XLII: 1; LIX: 20, 21; LXI; Lucas IV: 18). Cuando vendrá el
Consolador, el cual yo os enviaré del Padre (Juan XV: 26). El me
glorificará porque tomará de lo mío y os lo hará saber. Todo lo que
tiene el Padre, mío es; por eso os dije, que tomará de lo mío y os
lo hará saber (XVI: 14, 15). Si yo me voy, os enviaré el Consolador
(XVI: 7). Él Consolador es el Espíritu Santo (XIV: 26). Aún no había
(existía) el Espíritu Santo, porque Jesús no estaba aún glorificado
(VII: 39); pero después de la glorificación sopló Jesús sobre los
discípulos y díjoles: «Tomad el Espíritu Santo» (XX: 22). Y en el
Apocalipsis: ¿Quién no temerá, OH Señor, y engrandecerá tu nombre?
Porque tú solo eres santo. (XV: 4). Puesto que la Divina Operación
del Señor, efectuada por su Divina Omnipresencia, es lo que se llama
Espíritu Santo, por eso dijo El, al hablar á los discípulos acerca
del Espíritu Santo, que les enviaría del Padre: No os dejaré
huérfanos: vendré á vosotros, y en aquel día vosotros conoceréis que
yo estoy en mi Padre y vosotros en Mí y yo en vosotros (Juan XIV:
18; 20). Voy, y vengo á vosotros (XIV: 28). Y poco antes de su
salida del mundo dijo: Hé aquí, yo estoy con vosotros todos los días
hasta la consumación del siglo (Mateo XXVIII: 20). Leídas estas
palabras, dijo el ángel: «Por estos y muchos otros pasajes del Verbo
es evidente, que lo Divino, llamado Espíritu Santo, procede del
Señor por virtud del Padre». A esto respondieron los que estaban
sentados en las sillas: Esto es Verdad Divina.
Por
último hicieron esta conclusión: «Por las deliberaciones de este
concilio hemos visto claramente y reconocemos como santa verdad, que
en el Señor Dios, el Salvador Jesucristo hay una Divina Trinidad,
que es ésta: Lo Divino, de lo cual son todas las cosas, llamado
Padre; lo DivinoHumano, que es el Hijo, y lo Divinoprocedente,
llamado el Espíritu Santo». Y en coro exclamaron: En Jesucristo mora
la plenitud de la Divinidad corporalmente (Colos. II: 9). Hay, pues,
un solo Dios en la Iglesia.
Siga adelante hasta el cuarto capítulo ~ La Sagrada Escritura