El Espíritu Santo y la Divina Operación
Dos Recuerdos
121.
RECUERDO I. Una vez, en compañía de ángeles, andaba en el mundo de
los espíritus, que es un lugar intermedio entre el cielo y el
infierno, en cuyo mundo entran todos los hombres en primer lugar
después de la muerte, y allí son preparados, los buenos para el
cielo, los malos para el infierno. Conversaba con ellos de muchas
cosas, entre otras también de que en el mundo, donde yo estoy con
respecto á mi cuerpo natural, aparecen por la noche innumerables
estrellas, grandes y pequeñas, que son otros tantos soles, que
transmiten su luz hasta dentro del mundo de nuestro sol, y dije:
«Viendo que también en vuestro mundo se ven estrellas, pensé que
quizás éstas serían tantas como las que hay en el mundo, donde yo
vivo». Los ángeles, que se deleitaban en esta conversación, dijeron
que quizás hay igual número, puesto que las sociedades del cielo
aparecen á veces á los que se hallan debajo del cielo
resplandecientes como estrellas; y las sociedades del cielo son
innumerables y arregladas por su orden, según las inclinaciones del
amor al bien, las cuales en Dios son infinitas y por consiguiente
innumerables; y puesto que estas sociedades eran previstas desde
antes de la creación, es de suponer, que según su número ha sido
previsto, es decir creado, igual número de estrellas en el mundo,
donde viven los hombres, que se hallan en un cuerpo natural y
material. En medio de nuestra conversación observé hacia el Norte un
camino empedrado, tan lleno de espíritus, que apenas había sitio
para pasar entre dos, y dije á los ángeles, que, había visto este
camino antes, y que había oído decir, que era el camino, por el cual
pasan todos los que salen del mundo natural. El haber siempre tan
grande número de espíritus en este camino, viene de que cada semana
mueren miríadas de hombres, y todos pasan á este mundo al morir. A
esto añadieron los ángeles, que este camino termina en el centro del
mundo, donde estábamos. La razón por la cual termina en el centro,
es que al lado hacia el oriente están las sociedades que se hallan
en amor á Dios y al prójimo, y á la izquierda, hacia el occidente,
las que se hallan en los amores que son opuestos á los primeros;
enfrente, ó sea hacia el mediodía, están las sociedades que se
hallan en mayor inteligencia. De ahí viene, que los recién venidos
del mundo natural vienen en primer lugar á este punto. Mientras
están allí se hallan en sus cosas exteriores, en las cuales se
hallaban últimamente en el mundo natural, y luego son poco á poco
introducidos en sus cosas interiores y examinados con respecto á su
cualidad; después de la examinación son conducidos, los buenos á sus
lugares en el cielo y los malos á sus lugares en el infierno.
Nos
detuvimos en el centro, donde terminaba el camino, por el cual
entraba la gente por miríadas, y dijimos: «Quedémonos aquí un poco y
hablemos con los recién venidos». Escogimos doce de los que venían
entrando, y puesto que venían directamente del mundo natural, no
sabían sino que todavía estuviesen allí. Les preguntamos lo que
sentían y opinaban con respecto á una vida después de la muerte. Uno
de ellos contestó como sigue: «Nuestro sagrado Orden me inculcó la
creencia de que hemos de vivir después de la muerte y de que hay un
cielo y un infierno; y he creído que todos los que viven bien
moralmente van al cielo, y viviendo todos bien moralmente, nadie va
al infierno; por consiguiente creo que lo del infierno es una fábula
inventada por el clero con el objeto de impedir á la gente de
conducir una mala vida. ¿Qué importa si pienso de Dios de esta
manera ó de otra? Pensamientos son como tamos ó como burbujas en la
superficie del agua, que se rompen y desvanecen». Otro, que estaba
cerca de él, dijo: «Mi creencia es que hay un cielo y un infierno;
que Dios gobierna el cielo y el demonio el infierno, y puesto que
son enemigos, y por lo tanto opuestos entre sí, el uno llama mal le
que el otro llama bien, y el hombre moral, que sabe disimular y
hacer que el mal parezca bien y el bien mal, está bien con ambos.
¿Qué diferencia hay en estar con el uno ó con el otro de estos dos
Señores si me favorece? El mal proporciona al hombre gozo,
igualmente que el bien.» Un tercero, cerca de él, dijo: «Qué me
importa creer que hay un cielo y un infierno, porque ¿quién ha
vuelto de allí para contarlo? Si todos los hombres viviesen después
de la muerte, ¿por qué no volvería un sólo de tan grande multitud y
nos lo contaría?» Un cuarto, al lado de éste, dijo: «Diré la razón
por la cual ninguno ha vuelto para contarlo; la razón es, que cuando
el hombre ha exhalado su espíritu y es muerto, se vuelve un espectro
y es disipado, ó bien es como el aliento de la boca, que no es más
que viento. ¿Cómo puede un ser de esta clase volver y hablar con los
hombres?» Un quinto recogió la idea y dijo: «Amigos míos, aguardad
el día del último juicio, porque entonces todos volverán á entrar en
sus propios cuerpos y los veréis y hablaréis con ellos y ellos os
contarán cada uno su suerte». Un sexto, que estaba al lado opuesto,
dijo sonriéndose: «¿Cómo puede un espíritu, que es aire, volver á
meterse dentro de un cuerpo, consumido por los gusanos y entrar en
su esqueleto, consumido por el sol y hecho polvo? ¿Y cómo puede un
Egipcio, hecho una momia y empapado de las drogas y emulsiones del
químico, volver y contar algo? Por lo cual, si tenéis fe, aguardad
ese día postrero, pero aguardaréis para siempre en vano». Después de
éste dijo un séptimo: «Si creyese que hubiera un cielo y un
infierno, y por consiguiente una vida después de la muerte, creería
que los pájaros y los animales igualmente viven; ¿no son algunos de
ellos tan morales y racionales como los hombres? Se niega el que los
animales viven, por lo cual niego yo que viven los hombres; la razón
es la misma; lo uno sigue de lo otro; ¿qué es el hombre con
preferencia al animal?» Un octavo, que estaba detrás de él, se
adelantó y dijo: «Creed que hay un cielo si os place, pero no creo
que hay un infierno; ¿no es Dios omnipotente?, y ¿no es El poderoso
para salvar á todos y á cada uno?» Entonces un noveno, acariciando
la mano del que hablaba, dijo: «Dios no sólo es omnipotente, sino
también clemente, y no puede echar alma alguna á un fuego eterno, y
si hay alguien allí, no puede menos de sacarle». Un décimo corrió de
su lugar, colocándose en medio de ellos, y dijo: «Tampoco yo creo
que hay un infierno. ¿No envió Dios á Su Hijo y no hizo Este
reconciliación y quitó los pecados del mundo entero?, ¿cómo puede
prevalecer el diablo contra ello?, y puesto que no puede prevalecer,
¿qué es pues el infierno?» El undécimo, que era un prelado, al oír
esto, se encendió y dijo: «¿No sabes que el que ha adquirido la fe,
en la cual es inscrito el mérito de Cristo, es salvo, y que los que
Dios elige, adquieren esta fe?, ¿no depende la elección de la
voluntad del Todopoderoso? ¿Y no es prorrogativo exclusivamente suyo
el juzgar de quién es digno? ¿Quién puede algo contra Su voluntad y
juicio?» El duodécimo, que era un diplomático, guardaba silencio,
pero al ser invitado á coronarlo todo con manifestar su parecer,
dijo: «Nada diré con respecto al cielo, al infierno ó á una vida
después de la muerte, puesto que nadie sabe cosa alguna respecto de
estos puntos; sin embargo me conformo con que los clérigos prediquen
estas cosas y no me opongo, porque de esta manera el ánimo de la
gente común es refrenado por un vínculo invisible que la induce á
guardar obediencia á las leyes y á los maestros; ¿no depende de esto
la seguridad pública?»
Pasmados de oír tales cosas, dijimos entre nosotros: Estos, por más
que se llaman cristianos, no son hombres, ni bestias, sino
hombresbestias. Y á fin de despertarles del sueño les dijimos: «Hay
un cielo y un infierno, y hay una vida después de la muerte; os
convenceréis de ello, cuando disipemos vuestra ignorancia con
respecto al estado, en el cual os halláis ahora, porque durante los
primeros días después de su muerte todos creen, que todavía viven en
el mismo mundo en que vivían antes, siendo el tiempo pasado como un
sueño, del cual se despiertan con la percepción de hallarse donde"
antes se hallaban. Así es el caso con vosotros ahora, por lo cual
habéis hablado exactamente como pensabais en el mundo».
Acto
seguido los ángeles disiparon su ignorancia, y se veían entonces en
otro mundo y entre gente que no conocían; entonces exclamaron: «Oh,
¿dónde estamos?» y dijimos: «No estáis ya en el mundo natural, sino
en el mundo espiritual, y nosotros somos ángeles». A esto dijeron:
«Si sois ángeles, enseñadnos el cielo». Y contestamos: «Esperadnos
aquí un poco y volveremos». Cuando después de media hora volvimos,
estaban aguardándonos, y dijimos: «Seguidnos al cielo». Siguieron y
ascendimos, y estando nosotros con ellos abrieron los guardianes la
puerta, dejándonos entrar, y dijimos á los que en el umbral reciben
á los recién venidos: «Examinad á éstos». Los examinaron, y viendo
que la parte posterior de sus cabezas era muy hueca, dijeron:
«Partid de aquí, porque sentís gozo por el amor de obrar el mal, y
por esto no estáis en conjunción con el cielo; en vuestro corazón
habéis negado á Dios y despreciado la religión». Entonces les
dijimos: «No os detengáis, porque si lo hacéis seréis precipitados».
Se apresuraron á descender y desaparecieron.
Caminando hacia casa hablamos de la causa de que en ese mundo es
hueca la parte posterior de las cabezas de los que sienten gozo por
obrar el mal. Y dije que la causa era que el hombre tiene dos
cerebros: uno en la parte posterior de la cabeza, el cual se llama
el cerebelo, y otro en la parte anterior, el cual se llama el
cerebro; que en el cerebelo habita el amor de la voluntad y en el
cerebro el pensamiento del entendimiento; que cuando el pensamiento
del entendimiento no guía el amor de la voluntad del hombre, se
contraen las partes interiores del cerebelo, cuyas partes en sí
mismas son celestiales, y de ahí viene la callosidad.
122.
RECUERDO II. Entre ciertos espíritus surgió la cuestión de si
alguien puede ver y comprender verdad doctrinal alguna del Verbo
excepto por el Señor. Todos convenían en que nadie lo puede excepto
por Dios, puesto que el hombre no puede tomar nada si no le es dado
del cielo (Juan III: 27), por cuya
razón la disputa se limitó á si alguien lo puede sin
dirigirse directamente al Señor. Por una parte decían que es
necesario dirigirse al Señor directamente, porque El es el Verbo;
por otra parte decían, que verdades doctrinales pueden verse y
comprenderse también cuando se dirige directamente á Dios Padre, y
la disputa vino así á concentrarse sobre el primer punto, de si es
lícito para un Cristiano ir directamente á Dios Padre y así pasar
por alto del Señor, y si esto no es una insolencia y audacia
indecente y necia, porque el Señor dice que:
«Nadie viene al Padre sino por Mí» (Juan XIV: 6).
Abandonaron sin embargo este lado de la cuestión, y dijeron, que el
hombre puede ver verdades doctrinales del Verbo por su luz natural,
pero esto fue rechazado, por lo cual dijeron, que puede verlas si se
dirige en oración á Dios Padre. Leyéronles algo del Verbo, y oraban
de rodillas á Dios Padre á que les iluminase. Luego, con respecto al
pasaje que les habían leído del Verbo, dijeron que esto y aquello
era la verdad anunciada en el mismo; pero era falso, y así
continuaban hasta cansarse; finalmente confesaron que no era
posible; pero los que se dirigían directamente al Señor, veían las
verdades é instruían á los demás. Después de quedar así resuelta
esta disputa, subieron del abismo unos seres, que al principio
tenían el aspecto de langostas y luego de enanos. Eran de aquellos
que en el mundo oran á Dios Padre, confirmándose en que la
justificación se verifica por la fe sola, y también de aquéllos de
quienes se trata en el Apocalipsis (IX: 1; 11). Dijeron que veían y
comprendían en clara luz y también por el Verbo el dogma, que el
hombre es justificado por la fe sola sin las obras de la ley. Se les
preguntó: «¿Por qué fe?» Y contestaron: «En Dios Padre». Pero
después dé examinados, les fue dicho del cielo, que no conocían una
sola verdad doctrinal del Verbo. Insistían sin embargo en que veían
sus verdades en clara luz. Entonces les fue dicho qué las veían en
una luz delusoria. Preguntaron: «¿Qué es una luz delusoria?» Se les
informó de que es una luz. que viene por confirmar la falsedad, y
que esta luz corresponde á la luz en que están las aves nocturnas,
para las cuales la obscuridad es luz y la luz tinieblas. Esto fue
confirmado por el hecho de que al mirar arriba hacia el cielo, donde
está la luz misma, veían tinieblas, pero al mirar abajo hacia el
abismo, del cual habían venido, veían luz. Indignados ante esta
confirmación, dijeron que de esta manera la luz y la obscuridad no
eran más que el estado del ojo, con arreglo al cual se llama luz á
la luz y obscuridad á la obscuridad. Pero les fué demostrado que su
luz era la luz delusoria, que viene por confirmar la falsedad, y que
en ellos era ni más ni menos que la actividad de su ánimo, nacida
del fuego de la concupiscencia; no desemejante á la luz, por la cual
ven los gatos, cuyos ojos (á causa de su ardiente deseo de coger
ratones) por la noche en los sótanos parecen llamas. Al oír esto
contestaron indignados, que no eran gatos, ni semejantes á gatos,
porque podían ver, si querían. Pero temiendo ser preguntados por qué
no querían, retiráronse, y descendieron en el abismo. A los que allí
están y á sus parecidos llaman los ángeles aves nocturnas y también
langostas.
Cuando llegaron á sus compañeros en el abismo y les contaron que los
ángeles habían dicho, que «no conocemos una sola verdad doctrinal,
ni una sola, y nos llamaron aves de la noche y langostas», se
produjo allí un tumulto y dijeron:, pidamos á Dios permiso para
subir y probaremos claramente, que poseemos muchas verdades
doctrinales, que reconocerán hasta los arcángeles; y orando á Dios
fue les dado permiso y subieron
en número de
trescientos. Cuando aparecieron sobre la tierra, dijeron: «Eramos
célebres y conocidos en el mundo, porque conocíamos y enseñábamos
los misterios de la justificación por la fe sola, y por la
confirmación no sólo vimos la luz, sino que la vimos como un
esplendor centelleante, como la vemos también ahora en nuestras
celdas; y sin embargo hemos oído decir á nuestros compañeros, que
estaban con vosotros, que esa luz no es luz sino tinieblas, porque
según decís, no poseemos verdad doctrinal alguna del Verbo. Sabemos
que toda verdad del Verbo resplandece; y creemos que de ahí viene
nuestro resplandor, cuando meditamos profundamente sobre nuestros
misterios. Probaremos por lo tanto que poseemos estas verdades del
Verbo en grande abundancia». Y dijeron: «¿No poseemos esta verdad de
que hay una Divina Trinidad, Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo, y que debemos creer en la Trinidad? ¿No tenemos esta verdad
de que Cristo es nuestro Redentor y Salvador? ¿No tenemos esta
verdad de que Solo Cristo es justicia y que El Solo tiene mérito, y
que es injusto é impío el hombre, que pretende para sí cosa alguna
del mérito y de la justicia del Señor? ¿No tenemos esta verdad de
que ningún mortal puede obrar bien espiritual alguno de sí mismo,
sino que todo bien, que en sí mismo es
bien, viene de
Dios? ¿No tenemos esta
verdad de que hay un bien meritorio y también un bien hipócrita, y
que estos bienes son males? ¿No tenemos esta verdad de que no
obstante debemos hacer buenas obras?
¿No tenemos esta
verdad de que hay una fe; que es necesario creer en Dios, y que cada
uno tiene vida con arreglo á su fe? Sin mencionar muchas otras
verdades del Verbo. ¿Puede alguien de vosotros negar una sola de
éstas? Y sin embargo dijisteis que no tenemos verdades en nuestras
escuelas, ni siquiera una sola. ¿No nos habéis acusado así
injustamente?» Pero entonces recibieron por contestación: «Todas las
cosas que acabáis de exponer son
en sí mismas
verdades, pero con vosotros
son verdades falsificadas, porque son derivadas de un
principio falso. Probaremos que esto es así, y os daremos evidencia
de ello. Hay un lugar no muy lejos de aquí, en el cual influye luz
directamente del cielo. En el centro del lugar hay una mesa. Cuando
se pone encima de ella un papel, en el cual hay escrito una verdad
del Verbo, este papel, por la verdad escrita en él, resplandece como
una estrella. Escribid pues vuestras verdades en un papel, y dejad
que sea colocado encima de la mesa, y veréis». Hicieron así y lo
dieron á un guardián, quien lo puso en la mesa, diciéndoles luego:
«Retiraos y mirad á la mesa». Se retiraron y miraron, y hé aquí, el
papel resplandecía como una estrella. Entonces dijo el guardián:
«Veis que las cosas, que escribisteis en el papel, son verdades;
pero acercaos y mirad bien al papel; hicieron así y entonces la luz
desapareció súbitamente y el papel se volvió negro, como si
estuviese cubierto de hollín. Y el guardián les dijo: «Tocad el
papel con vuestras manos, pero tened cuidado de no tocar la
escritura»; y al hacer esto salió una llama, que lo consumió. Cuando
habían visto esto, les fue dicho: «Si hubiereis tocado la escritura
hubiereis oído una explosión y os hubiereis quemado los dedos»; y
entonces les dijeron los que estaban detrás de ellos: «Ahora habéis
visto que las verdades de que habéis abusado para confirmar los
misterios de vuestra justificación por la fe sola, son verdades en
sí mismas; pero que en vosotros son verdades falsificadas». Entonces
miraron arriba y el cielo les parecía como sangre y después como
densas tinieblas; y á los ojos de los ángelespíritus tomaron
aspecto, algunos de ellos de murciélagos, otros de lechuzas y otros
de otras aves nocturnas, y huyeron dentro de sus propias tinieblas,
que para ellos resplandecían delusivamente.
Los
ángelespíritus, que se hallaban presentes, se extrañaban de que nada
habían sabido de aquel lugar y de la mesa que había en él; entonces
llegó á ellos una voz que procedía de la región del mediodía,
diciendo: «Subid aquí y veréis una cosa aún más maravillosa». Se
acercaron y entraron en una estancia, cuyas paredes relucían como si
fueren de oro. Allí vieron también una mesa sobre la cual estaba el
Verbo, adornado de piedras preciosas en formas celestiales; el ángel
guardián dijo: «Cuando el Verbo es abierto, sale de El una luz de
una claridad inefable, y al mismo tiempo una apariencia de arco iris
se forma por las piedras encima y alrededor del Verbo. Cuando viene
aquí un ángel del tercer cielo, aparece encima y alrededor del Verbo
un arco iris sobre fondo encarnado. Cuando viene un ángel del
segundo cielo y mira, aparece un arco iris sobre fondo azul y cuando
viene un ángel del cielo inferior y mira, aparece un arco iris sobre
fondo blanco; cuando viene algún espíritu bueno aparecen
modificaciones de luz como el reflejo del mármol». Esto les fué
demostrado visiblemente. El ángelguardián dijo luego: «Cuando sube
aquí alguien que ha falsificado el Verbo, en primer lugar desaparece
el resplandor, y si se acerca y fija su mirada en el Verbo, viene
una apariencia de sangre alrededor, y entonces se le aconseja que se
retire, porque hay peligro». Pero cierto espíritu, que en el mundo
había sido un notable defensor de la doctrina de la justificación
por la fe sola, se adelantó animosamente y dijo: «Cuando yo estaba
en el mundo no falsificaba el Verbo; exaltaba también la caridad
junto con la fe y enseñaba, que el hombre, en el estado de fe, en
cuyo estado practica la caridad en actos y obras, es renovado,
regenerado y santificado por el Espíritu Santo. Igualmente enseñaba
que la fe no está sola, es decir, que no existe sino junto con
buenas obras, de la misma manera que un árbol bueno no queda sin
fruto, que el sol no carece de luz y que el fuego no carece de
calor. Reprendía también á los que decían, que buenas obras no son
necesarias, y éstos decían, que yo engrandecía los preceptos del
decálogo y también el arrepentimiento; así aplicaba todas las cosas
del Verbo al artículo de la fe, de una manera maravillosa, haciendo
sin embargo sobresalir la fe, y demostraba que ella sola salva». En
la confianza de que no había falsificado el Verbo, se acercó á la
mesa, y desestimando el consejo del ángel, tocó el Verbo. Entonces
de repente salió del Verbo fuego y humo y hubo una explosión con
grande estruendo, por la cual fué lanzado á un rincón de la
estancia, donde quedó como muerto por espacio de una media hora. Los
ángelespíritus se extrañaron de esto, pero les fué dicho, que este
prelado había exaltado, más que otros, la caridad como procedente de
la fe, y no entendiendo otras obras, que las políticas, también
llamadas morales y civiles, cuyas obras se deben hacer por causa del
mundo y por la prosperidad en el mundo, pero no por causa de la
salvación, y que también había insinuado obras ocultas del Espíritu
Santo, de las cuales el hombre nada sabe, y que en el estado de la
fe son implantadas en la fe.
Luego hablaron los ángelespíritus entre sí sobre la falsificación
del Verbo y convinieron en esto: que falsificar el Verbo es sacar
del mismo verdades y servirse de ellas para confirmar falsedades, lo
cual es extraerlas del Verbo y matarlas.
Por
ejemplo: tomar las verdades, que más arriba citaron los que subieron
del abismo, y aplicarlas á la fe, que actualmente reina,
explicándolas de acuerdo con esta fe. Que ésta fe está empapada de
falsedades será demostrado más adelante. Otro ejemplo: tomar del
Verbo la verdad de que la caridad se debe practicar y que se debe
obrar el bien para con el prójimo y confirmar que la caridad y el
bien se han de practicar y obrar, pero no al efecto de la salvación.
El que esto hace extrae esa verdad del Verbo y la destruye, porque
el Señor encarece en el Verbo á todo hombre que desea ser salvo, de
tener amor al prójimo y por amor hacerle bien. De igual manera en
otros casos.
La
Divina Trinidad
128. Hemos tratado de Dios, el Creador, y de
la Creación; del Señor, el Redentor, y de la Redención, y
últimamente del Espíritu Santo y de la Divina Operación. Habiendo
así tratado del trino Dios, conviene ahora tratar también de la
Divina Trinidad, conocida y sin embargo desconocida en el mundo
cristiano, porque únicamente por medio de un conocimiento verdadero
respecto de la Divina Trinidad, puede uno formarse idea exacta
respecto de Dios; y la idea, exacta respecto de Dios en el mundo
cristiano y en la iglesia es como el íntimo santuario, ó el altar en
el templo, y como una corona en la cabeza y un cetro en la mano de
un rey, sentado en su trono. De la idea respecto de Dios depende
todo el cuerpo de la teología, como una cadena depende de su primer
eslabón; y—si lo queréis creer—en el cielo cada uno tiene su lugar
con arreglo á la idea que tiene formada respecto de Dios, siendo así
que esta idea es como una piedra de toque para probar la cualidad
del oro y de la plata, es decir, probar el bien y la verdad en el
hombre con respecto á su cualidad; porque no hay en él bien alguno
salvador, que no proceda de Dios, ni hay en él verdad alguna, que no
derive su cualidad del bien. Lo qué es la Divina Trinidad será
explicado detalladamente bajo los siguientes nueve artículos.