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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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El Espíritu Santo y la Divina Operación

Dos Recuerdos

121. RECUERDO I. Una vez, en compañía de ángeles, andaba en el mundo de los espíritus, que es un lugar intermedio entre el cielo y el infierno, en cuyo mundo entran todos los hombres en primer lugar después de la muerte, y allí son preparados, los buenos para el cielo, los malos para el infierno. Conversaba con ellos de muchas cosas, entre otras también de que en el mundo, donde yo estoy con respecto á mi cuerpo natural, aparecen por la noche innumerables estrellas, grandes y pequeñas, que son otros tantos soles, que transmiten su luz hasta dentro del mundo de nuestro sol, y dije: «Viendo que también en vuestro mundo se ven estrellas, pensé que quizás éstas serían tantas como las que hay en el mundo, donde yo vivo». Los ángeles, que se deleitaban en esta conversación, dijeron que quizás hay igual número, puesto que las sociedades del cielo aparecen á veces á los que se hallan debajo del cielo resplandecientes como estrellas; y las sociedades del cielo son innumerables y arregladas por su orden, según las inclinaciones del amor al bien, las cuales en Dios son infinitas y por consiguiente innumerables; y puesto que estas sociedades eran previstas desde antes de la creación, es de suponer, que según su número ha sido previsto, es decir creado, igual número de estrellas en el mundo, donde viven los hombres, que se hallan en un cuerpo natural y material. En medio de nuestra conversación observé hacia el Norte un camino empedrado, tan lleno de espíritus, que apenas había sitio para pasar entre dos, y dije á los ángeles, que, había visto este camino antes, y que había oído decir, que era el camino, por el cual pasan todos los que salen del mundo natural. El haber siempre tan grande número de espíritus en este camino, viene de que cada semana mueren miríadas de hombres, y todos pasan á este mundo al morir. A esto añadieron los ángeles, que este camino termina en el centro del mundo, donde estábamos. La razón por la cual termina en el centro, es que al lado hacia el oriente están las sociedades que se hallan en amor á Dios y al prójimo, y á la izquierda, hacia el occidente, las que se hallan en los amores que son opuestos á los primeros; enfrente, ó sea hacia el mediodía, están las sociedades que se hallan en mayor inteligencia. De ahí viene, que los recién venidos del mundo natural vienen en primer lugar á este punto. Mientras están allí se hallan en sus cosas exteriores, en las cuales se hallaban últimamente en el mundo natural, y luego son poco á poco introducidos en sus cosas interiores y examinados con respecto á su cualidad; después de la examinación son conducidos, los buenos á sus lugares en el cielo y los malos á sus lugares en el infierno.

Nos detuvimos en el centro, donde terminaba el camino, por el cual entraba la gente por miríadas, y dijimos: «Quedémonos aquí un poco y hablemos con los recién venidos». Escogimos doce de los que venían entrando, y puesto que venían directamente del mundo natural, no sabían sino que todavía estuviesen allí. Les preguntamos lo que sentían y opinaban con respecto á una vida después de la muerte. Uno de ellos contestó como sigue: «Nuestro sagrado Orden me inculcó la creencia de que hemos de vivir después de la muerte y de que hay un cielo y un infierno; y he creído que todos los que viven bien moralmente van al cielo, y viviendo todos bien moralmente, nadie va al infierno; por consiguiente creo que lo del infierno es una fábula inventada por el clero con el objeto de impedir á la gente de conducir una mala vida. ¿Qué importa si pienso de Dios de esta manera ó de otra? Pensamientos son como tamos ó como burbujas en la superficie del agua, que se rompen y desvanecen». Otro, que estaba cerca de él, dijo: «Mi creencia es que hay un cielo y un infierno; que Dios gobierna el cielo y el demonio el infierno, y puesto que son enemigos, y por lo tanto opuestos entre sí, el uno llama mal le que el otro llama bien, y el hombre moral, que sabe disimular y hacer que el mal parezca bien y el bien mal, está bien con ambos. ¿Qué diferencia hay en estar con el uno ó con el otro de estos dos Señores si me favorece? El mal proporciona al hombre gozo, igualmente que el bien.» Un tercero, cerca de él, dijo: «Qué me importa creer que hay un cielo y un infierno, porque ¿quién ha vuelto de allí para contarlo? Si todos los hombres viviesen después de la muerte, ¿por qué no volvería un sólo de tan grande multitud y nos lo contaría?» Un cuarto, al lado de éste, dijo: «Diré la razón por la cual ninguno ha vuelto para contarlo; la razón es, que cuando el hombre ha exhalado su espíritu y es muerto, se vuelve un espectro y es disipado, ó bien es como el aliento de la boca, que no es más que viento. ¿Cómo puede un ser de esta clase volver y hablar con los hombres?» Un quinto recogió la idea y dijo: «Amigos míos, aguardad el día del último juicio, porque entonces todos volverán á entrar en sus propios cuerpos y los veréis y hablaréis con ellos y ellos os contarán cada uno su suerte». Un sexto, que estaba al lado opuesto, dijo sonriéndose: «¿Cómo puede un espíritu, que es aire, volver á meterse dentro de un cuerpo, consumido por los gusanos y entrar en su esqueleto, consumido por el sol y hecho polvo? ¿Y cómo puede un Egipcio, hecho una momia y empapado de las drogas y emulsiones del químico, volver y contar algo? Por lo cual, si tenéis fe, aguardad ese día postrero, pero aguardaréis para siempre en vano». Después de éste dijo un séptimo: «Si creyese que hubiera un cielo y un infierno, y por consiguiente una vida después de la muerte, creería que los pájaros y los animales igualmente viven; ¿no son algunos de ellos tan morales y racionales como los hombres? Se niega el que los animales viven, por lo cual niego yo que viven los hombres; la razón es la misma; lo uno sigue de lo otro; ¿qué es el hombre con preferencia al animal?» Un octavo, que estaba detrás de él, se adelantó y dijo: «Creed que hay un cielo si os place, pero no creo que hay un infierno; ¿no es Dios omnipotente?, y ¿no es El poderoso para salvar á todos y á cada uno?» Entonces un noveno, acariciando la mano del que hablaba, dijo: «Dios no sólo es omnipotente, sino también clemente, y no puede echar alma alguna á un fuego eterno, y si hay alguien allí, no puede menos de sacarle». Un décimo corrió de su lugar, colocándose en medio de ellos, y dijo: «Tampoco yo creo que hay un infierno. ¿No envió Dios á Su Hijo y no hizo Este reconciliación y quitó los pecados del mundo entero?, ¿cómo puede prevalecer el diablo contra ello?, y puesto que no puede prevalecer, ¿qué es pues el infierno?» El undécimo, que era un prelado, al oír esto, se encendió y dijo: «¿No sabes que el que ha adquirido la fe, en la cual es inscrito el mérito de Cristo, es salvo, y que los que Dios elige, adquieren esta fe?, ¿no depende la elección de la voluntad del Todopoderoso? ¿Y no es prorrogativo exclusivamente suyo el juzgar de quién es digno? ¿Quién puede algo contra Su voluntad y juicio?» El duodécimo, que era un diplomático, guardaba silencio, pero al ser invitado á coronarlo todo con manifestar su parecer, dijo: «Nada diré con respecto al cielo, al infierno ó á una vida después de la muerte, puesto que nadie sabe cosa alguna respecto de estos puntos; sin embargo me conformo con que los clérigos prediquen estas cosas y no me opongo, porque de esta manera el ánimo de la gente común es refrenado por un vínculo invisible que la induce á guardar obediencia á las leyes y á los maestros; ¿no depende de esto la seguridad pública?»

Pasmados de oír tales cosas, dijimos entre nosotros: Estos, por más que se llaman cristianos, no son hombres, ni bestias, sino hombresbestias. Y á fin de despertarles del sueño les dijimos: «Hay un cielo y un infierno, y hay una vida después de la muerte; os convenceréis de ello, cuando disipemos vuestra ignorancia con respecto al estado, en el cual os halláis ahora, porque durante los primeros días después de su muerte todos creen, que todavía viven en el mismo mundo en que vivían antes, siendo el tiempo pasado como un sueño, del cual se despiertan con la percepción de hallarse donde" antes se hallaban. Así es el caso con vosotros ahora, por lo cual habéis hablado exactamente como pensabais en el mundo».

Acto seguido los ángeles disiparon su ignorancia, y se veían entonces en otro mundo y entre gente que no conocían; entonces exclamaron: «Oh, ¿dónde estamos?» y dijimos: «No estáis ya en el mundo natural, sino en el mundo espiritual, y nosotros somos ángeles». A esto dijeron: «Si sois ángeles, enseñadnos el cielo». Y contestamos: «Esperadnos aquí un poco y volveremos». Cuando después de media hora volvimos, estaban aguardándonos, y dijimos: «Seguidnos al cielo». Siguieron y ascendimos, y estando nosotros con ellos abrieron los guardianes la puerta, dejándonos entrar, y dijimos á los que en el umbral reciben á los recién venidos: «Examinad á éstos». Los examinaron, y viendo que la parte posterior de sus cabezas era muy hueca, dijeron: «Partid de aquí, porque sentís gozo por el amor de obrar el mal, y por esto no estáis en conjunción con el cielo; en vuestro corazón habéis negado á Dios y despreciado la religión». Entonces les dijimos: «No os detengáis, porque si lo hacéis seréis precipitados». Se apresuraron á descender y desaparecieron.

Caminando hacia casa hablamos de la causa de que en ese mundo es hueca la parte posterior de las cabezas de los que sienten gozo por obrar el mal. Y dije que la causa era que el hombre tiene dos cerebros: uno en la parte posterior de la cabeza, el cual se llama el cerebelo, y otro en la parte anterior, el cual se llama el cerebro; que en el cerebelo habita el amor de la voluntad y en el cerebro el pensamiento del entendimiento; que cuando el pensamiento del entendimiento no guía el amor de la voluntad del hombre, se contraen las partes interiores del cerebelo, cuyas partes en sí mismas son celestiales, y de ahí viene la callosidad.

122. RECUERDO II. Entre ciertos espíritus surgió la cuestión de si alguien puede ver y comprender verdad doctrinal alguna del Verbo excepto por el Señor. Todos convenían en que nadie lo puede excepto por Dios, puesto que el hombre no puede tomar nada si no le es dado del cielo (Juan III: 27), por cuya  razón la disputa se limitó á si alguien lo puede sin dirigirse directamente al Señor. Por una parte decían que es necesario dirigirse al Señor directamente, porque El es el Verbo; por otra parte decían, que verdades doctrinales pueden verse y comprenderse también cuando se dirige directamente á Dios Padre, y la disputa vino así á concentrarse sobre el primer punto, de si es lícito para un Cristiano ir directamente á Dios Padre y así pasar por alto del Señor, y si esto no es una insolencia y audacia indecente y necia, porque el Señor dice que:

«Nadie viene al Padre sino por Mí» (Juan XIV: 6).

Abandonaron sin embargo este lado de la cuestión, y dijeron, que el hombre puede ver verdades doctrinales del Verbo por su luz natural, pero esto fue rechazado, por lo cual dijeron, que puede verlas si se dirige en oración á Dios Padre. Leyéronles algo del Verbo, y oraban de rodillas á Dios Padre á que les iluminase. Luego, con respecto al pasaje que les habían leído del Verbo, dijeron que esto y aquello era la verdad anunciada en el mismo; pero era falso, y así continuaban hasta cansarse; finalmente confesaron que no era posible; pero los que se dirigían directamente al Señor, veían las verdades é instruían á los demás. Después de quedar así resuelta esta disputa, subieron del abismo unos seres, que al principio tenían el aspecto de langostas y luego de enanos. Eran de aquellos que en el mundo oran á Dios Padre, confirmándose en que la justificación se verifica por la fe sola, y también de aquéllos de quienes se trata en el Apocalipsis (IX: 1; 11). Dijeron que veían y comprendían en clara luz y también por el Verbo el dogma, que el hombre es justificado por la fe sola sin las obras de la ley. Se les preguntó: «¿Por qué fe?» Y contestaron: «En Dios Padre». Pero después dé examinados, les fue dicho del cielo, que no conocían una sola verdad doctrinal del Verbo. Insistían sin embargo en que veían sus verdades en clara luz. Entonces les fue dicho qué las veían en una luz delusoria. Preguntaron: «¿Qué es una luz delusoria?» Se les informó de que es una luz. que viene por confirmar la falsedad, y que esta luz corresponde á la luz en que están las aves nocturnas, para las cuales la obscuridad es luz y la luz tinieblas. Esto fue confirmado por el hecho de que al mirar arriba hacia el cielo, donde está la luz misma, veían tinieblas, pero al mirar abajo hacia el abismo, del cual habían venido, veían luz. Indignados ante esta confirmación, dijeron que de esta manera la luz y la obscuridad no eran más que el estado del ojo, con arreglo al cual se llama luz á la luz y obscuridad á la obscuridad. Pero les fué demostrado que su luz era la luz delusoria, que viene por confirmar la falsedad, y que en ellos era ni más ni menos que la actividad de su ánimo, nacida del fuego de la concupiscencia; no desemejante á la luz, por la cual ven los gatos, cuyos ojos (á causa de su ardiente deseo de coger ratones) por la noche en los sótanos parecen llamas. Al oír esto contestaron indignados, que no eran gatos, ni semejantes á gatos, porque podían ver, si querían. Pero temiendo ser preguntados por qué no querían, retiráronse, y descendieron en el abismo. A los que allí están y á sus parecidos llaman los ángeles aves nocturnas y también langostas.

Cuando llegaron á sus compañeros en el abismo y les contaron que los ángeles habían dicho, que «no conocemos una sola verdad doctrinal, ni una sola, y nos llamaron aves de la noche y langostas», se produjo allí un tumulto y dijeron:, pidamos á Dios permiso para subir y probaremos claramente, que poseemos muchas verdades doctrinales, que reconocerán hasta los arcángeles; y orando á Dios fue les dado permiso y subieron  en  número de trescientos. Cuando aparecieron sobre la tierra, dijeron: «Eramos célebres y conocidos en el mundo, porque conocíamos y enseñábamos los misterios de la justificación por la fe sola, y por la confirmación no sólo vimos la luz, sino que la vimos como un esplendor centelleante, como la vemos también ahora en nuestras celdas; y sin embargo hemos oído decir á nuestros compañeros, que estaban con vosotros, que esa luz no es luz sino tinieblas, porque según decís, no poseemos verdad doctrinal alguna del Verbo. Sabemos que toda verdad del Verbo resplandece; y creemos que de ahí viene nuestro resplandor, cuando meditamos profundamente sobre nuestros misterios. Probaremos por lo tanto que poseemos estas verdades del Verbo en grande abundancia». Y dijeron: «¿No poseemos esta verdad de que hay una Divina Trinidad, Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que debemos creer en la Trinidad? ¿No tenemos esta verdad de que Cristo es nuestro Redentor y Salvador? ¿No tenemos esta verdad de que Solo Cristo es justicia y que El Solo tiene mérito, y que es injusto é impío el hombre, que pretende para sí cosa alguna del mérito y de la justicia del Señor? ¿No tenemos esta verdad de que ningún mortal puede obrar bien espiritual alguno de sí mismo, sino que todo bien, que en sí mismo es  bien,  viene de Dios? ¿No tenemos esta  verdad de que hay un bien meritorio y también un bien hipócrita, y que estos bienes son males? ¿No tenemos esta verdad de que no obstante debemos hacer buenas obras?   ¿No tenemos  esta verdad de que hay una fe; que es necesario creer en Dios, y que cada uno tiene vida con arreglo á su fe? Sin mencionar muchas otras verdades del Verbo. ¿Puede alguien de vosotros negar una sola de éstas? Y sin embargo dijisteis que no tenemos verdades en nuestras escuelas, ni siquiera una sola. ¿No nos habéis acusado así injustamente?» Pero entonces recibieron por contestación: «Todas las cosas que acabáis de exponer son  en  sí mismas verdades, pero con vosotros  son verdades falsificadas, porque son derivadas de un principio falso. Probaremos que esto es así, y os daremos evidencia de ello. Hay un lugar no muy lejos de aquí, en el cual influye luz directamente del cielo. En el centro del lugar hay una mesa. Cuando se pone encima de ella un papel, en el cual hay escrito una verdad del Verbo, este papel, por la verdad escrita en él, resplandece como una estrella. Escribid pues vuestras verdades en un papel, y dejad que sea colocado encima de la mesa, y veréis». Hicieron así y lo dieron á un guardián, quien lo puso en la mesa, diciéndoles luego: «Retiraos y mirad á la mesa». Se retiraron y miraron, y hé aquí, el papel resplandecía como una estrella. Entonces dijo el guardián: «Veis que las cosas, que escribisteis en el papel, son verdades; pero acercaos y mirad bien al papel; hicieron así y entonces la luz desapareció súbitamente y el papel se volvió negro, como si estuviese cubierto de hollín. Y el guardián les dijo: «Tocad el papel con vuestras manos, pero tened cuidado de no tocar la escritura»; y al hacer esto salió una llama, que lo consumió. Cuando habían visto esto, les fue dicho: «Si hubiereis tocado la escritura hubiereis oído una explosión y os hubiereis quemado los dedos»; y entonces les dijeron los que estaban detrás de ellos: «Ahora habéis visto que las verdades de que habéis abusado para confirmar los misterios de vuestra justificación por la fe sola, son verdades en sí mismas; pero que en vosotros son verdades falsificadas». Entonces miraron arriba y el cielo les parecía como sangre y después como densas tinieblas; y á los ojos de los ángelespíritus tomaron aspecto, algunos de ellos de murciélagos, otros de lechuzas y otros de otras aves nocturnas, y huyeron dentro de sus propias tinieblas, que para ellos resplandecían delusivamente.

Los ángelespíritus, que se hallaban presentes, se extrañaban de que nada habían sabido de aquel lugar y de la mesa que había en él; entonces llegó á ellos una voz que procedía de la región del mediodía, diciendo: «Subid aquí y veréis una cosa aún más maravillosa». Se acercaron y entraron en una estancia, cuyas paredes relucían como si fueren de oro. Allí vieron también una mesa sobre la cual estaba el Verbo, adornado de piedras preciosas en formas celestiales; el ángel guardián dijo: «Cuando el Verbo es abierto, sale de El una luz de una claridad inefable, y al mismo tiempo una apariencia de arco iris se forma por las piedras encima y alrededor del Verbo. Cuando viene aquí un ángel del tercer cielo, aparece encima y alrededor del Verbo un arco iris sobre fondo encarnado. Cuando viene un ángel del segundo cielo y mira, aparece un arco iris sobre fondo azul y cuando viene un ángel del cielo inferior y mira, aparece un arco iris sobre fondo blanco; cuando viene algún espíritu bueno aparecen modificaciones de luz como el reflejo del mármol». Esto les fué demostrado visiblemente. El ángelguardián dijo luego: «Cuando sube aquí alguien que ha falsificado el Verbo, en primer lugar desaparece el resplandor, y si se acerca y fija su mirada en el Verbo, viene una apariencia de sangre alrededor, y entonces se le aconseja que se retire, porque hay peligro». Pero cierto espíritu, que en el mundo había sido un notable defensor de la doctrina de la justificación por la fe sola, se adelantó animosamente y dijo: «Cuando yo estaba en el mundo no falsificaba el Verbo; exaltaba también la caridad junto con la fe y enseñaba, que el hombre, en el estado de fe, en cuyo estado practica la caridad en actos y obras, es renovado, regenerado y santificado por el Espíritu Santo. Igualmente enseñaba que la fe no está sola, es decir, que no existe sino junto con buenas obras, de la misma manera que un árbol bueno no queda sin fruto, que el sol no carece de luz y que el fuego no carece de calor. Reprendía también á los que decían, que buenas obras no son necesarias, y éstos decían, que yo engrandecía los preceptos del decálogo y también el arrepentimiento; así aplicaba todas las cosas del Verbo al artículo de la fe, de una manera maravillosa, haciendo sin embargo sobresalir la fe, y demostraba que ella sola salva». En la confianza de que no había falsificado el Verbo, se acercó á la mesa, y desestimando el consejo del ángel, tocó el Verbo. Entonces de repente salió del Verbo fuego y humo y hubo una explosión con grande estruendo, por la cual fué lanzado á un rincón de la estancia, donde quedó como muerto por espacio de una media hora. Los ángelespíritus se extrañaron de esto, pero les fué dicho, que este prelado había exaltado, más que otros, la caridad como procedente de la fe, y no entendiendo otras obras, que las políticas, también llamadas morales y civiles, cuyas obras se deben hacer por causa del mundo y por la prosperidad en el mundo, pero no por causa de la salvación, y que también había insinuado obras ocultas del Espíritu Santo, de las cuales el hombre nada sabe, y que en el estado de la fe son implantadas en la fe.

Luego hablaron los ángelespíritus entre sí sobre la falsificación del Verbo y convinieron en esto: que falsificar el Verbo es sacar del mismo verdades y servirse de ellas para confirmar falsedades, lo cual es extraerlas del Verbo y matarlas.

Por ejemplo: tomar las verdades, que más arriba citaron los que subieron del abismo, y aplicarlas á la fe, que actualmente reina, explicándolas de acuerdo con esta fe. Que ésta fe está empapada de falsedades será demostrado más adelante. Otro ejemplo: tomar del Verbo la verdad de que la caridad se debe practicar y que se debe obrar el bien para con el prójimo y confirmar que la caridad y el bien se han de practicar y obrar, pero no al efecto de la salvación. El que esto hace extrae esa verdad del Verbo y la destruye, porque el Señor encarece en el Verbo á todo hombre que desea ser salvo, de tener amor al prójimo y por amor hacerle bien. De igual manera en otros casos.

La Divina Trinidad

128. Hemos tratado de Dios, el Creador, y de la Creación; del Señor, el Redentor, y de la Redención, y últimamente del Espíritu Santo y de la Divina Operación. Habiendo así tratado del trino Dios, conviene ahora tratar también de la Divina Trinidad, conocida y sin embargo desconocida en el mundo cristiano, porque únicamente por medio de un conocimiento verdadero respecto de la Divina Trinidad, puede uno formarse idea exacta respecto de Dios; y la idea, exacta respecto de Dios en el mundo cristiano y en la iglesia es como el íntimo santuario, ó el altar en el templo, y como una corona en la cabeza y un cetro en la mano de un rey, sentado en su trono. De la idea respecto de Dios depende todo el cuerpo de la teología, como una cadena depende de su primer eslabón; y—si lo queréis creer—en el cielo cada uno tiene su lugar con arreglo á la idea que tiene formada respecto de Dios, siendo así que esta idea es como una piedra de toque para probar la cualidad del oro y de la plata, es decir, probar el bien y la verdad en el hombre con respecto á su cualidad; porque no hay en él bien alguno salvador, que no proceda de Dios, ni hay en él verdad alguna, que no derive su cualidad del bien. Lo qué es la Divina Trinidad será explicado detalladamente bajo los siguientes nueve artículos.

 

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