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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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I

La fe que salva es la fe en el Señor Dios el Salvador Jesucristo. Porque es la fe en el Dios visible en el cual está el invisible.

 

257. La fe que salva, es la fe en Dios, el Salvador; porque El es Dios y Hombre y El es en el Padre y el Padre en El, formando Uno. Los que se dirigen á El, se dirigen pues simultáneamente al Padre y por consiguiente al sólo y único Dios, y si la fe es en otro Dios alguno no es fe salvadora. Que debemos creer en el Hijo de Dios, el Redentor y el Salvador, concebido por Jehová, nacido de la virgen María, llamado Jesucristo, y tener fe en El, es evidente por las palabras del Señor mismo, y también por las manifestaciones de los apóstoles, por ejemplo en Juan VI: 40; III: 36; III: 15; 16; XI: 25; 26; VI: 47; 48; VI: 35; VII: 37; 38; VI: 28; 29; XII: 39; III: 18; XX: 31; VIII: 24; XVI: 8; Gal. II: 20; Hechos XX: 21; XVI: 30; 31; I Juan V: 12; 13; Gal. II: 15; 16; Gal. V: 6. Estos pasajes demuestran claramente que la fe, de la cual habla Pablo en su epístola á los Romanos (Cap. III: 28): «Así que concluimos, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley», cuyo pasaje se cita con predilección en la Iglesia actual, no es la fe en Dios, el Padre, sino en Su Hijo, y menos aún es una fe en tres Dioses, uno de quien, otro por causa de quien y un tercero por medio de quien viene la salvación. La razón por la cual la Iglesia opina, que Pablo en el referido pasaje habla de la fe tri-personal, que actualmente reina, es que esta fe fue introducida en la Iglesia y ha reinado en ella durante varios siglos, siempre después del concilio de Nicea, no admitiéndose otra fe; y por eso se cree, que esta fe es la única, y que no puede haber otra. Creen, pues, que en todo lugar en el Nuevo Testamento, donde se menciona la fe, se trata de esa fe, y á ella adaptan todas las demás cosas allí. Por esta causa ha perecido la única fe salvadora, que es la fe en el Señor Dios el Salvador Jesucristo, y por la misma causa se han introducido en la doctrina de la Iglesia una multitud de paradojas contrarias á la sana razón; porque la doctrina de la Iglesia, que debe indicar y enseñar el camino al cielo, es determinada por la fe, y por haberse introducido en ella tantas falacias y paradojas, ha sido preciso proclamar como dogma, el que el entendimiento debe sujetarse en obediencia bajo la fe. Ahora bien; puesto que en el citado pasaje (Rom. III: 28), la fe no quiere decir fe en Dios el Padre, sino fe en Su Hijo, y puesto que la frase «las obras de la ley» allí, no quiere decir el Decálogo, sino la ley de Moisés, dada para los judíos (lo cual consta por los versículos, que siguen al citado, y también por similares pasajes en la epístola á los Gálatas II: 14; 15); cae pues la piedra fundamental de esa fe, tan reconocida en la Iglesia, y con ella se hunde el templo, edificado sobre ese fundamento, como una casa que se hunde en la tierra, hasta no asomar mas que la parte superior de su techo.

258. La única fe salvadora es la fe en Dios el Salvador Jesucristo, porque es la fe en el Dios visible en el Cual está el invisible, y la fe en un Dios visible, que es Hombre y al mismo tiempo Dios, es recibida por el hombre, siendo así que esta fe, si bien en su esencia es espiritual, en su forma es natural, y en el hombre se vuelve espiritual/natural, formando así verdaderamente parte de él, porque lo espiritual ha de ser recibido por el hombre en recipientes ó formas naturales antes de poder ser algo en él. Lo espiritual puro, sin vestidura natural, entra por cierto en el hombre, pero no es recibido; es como el éter, que entra y sale sin producir efectos reales. Para que pueda producir tales efectos debe haber percepción y por consiguiente recepción, ambas en la mente del hombre, y no hay percepción ni recepción en el hombre mas que en su cuerpo y mente natural. Por otra parte, la fe meramente natural, ó sea la fe destituida de su esencia espiritual, no es fe, sino meramente persuasión ó saber. La persuasión tiene el aspecto de la fe en su forma exterior, pero puesto que en su interior nada hay de espiritual, no lleva en sí nada que sirva para la salvación. Tal es la fe con los que niegan la Divinidad de la Naturaleza Humana del Señor; tal era la fe ariana y tal es también la fe sociniana, cuyas sectas ambas niegan la Divinidad de la Naturaleza Humana del Señor. ¿Qué es la fe sin el objeto, hacia el cual es dirigida? ¿No es como una mirada por el espacio, que por así decir cae en el vacío y se pierde? ¿O como un ave que vuela encima de la atmósfera en el éter, donde muere por falta de aire? En una palabra: La fe en un Dios invisible, es una fe realmente ciega, porque con ella la mente del hombre no ve á su Dios, y la luz de esta fe no es una luz espiritual/natural, sino una luz fatua, parecida á la luz, que ciertas materias sulfurosas despiden en la obscuridad. En esta luz nacen solamente fantasías, tomándose las apariencias por realidades, no siendo más que fantasmas. El hombre que se halla en esta fe acaba por tener la misma idea de Dios que del éter, y empieza á buscarle en la Naturaleza del Universo y, no encontrándole allí, acaba por creer, que la Naturaleza del Universo es Dios, y esto es el origen del Naturalismo, que existe actualmente. ¿No dijo el Señor, que nadie oyó jamás la voz del Padre ni vio Su parecer? (Juan V: 37). ¿No dijo también, que á Dios nadie le vio jamás; el Unigénito Hijo que está en el seno del Padre, él le declaró? (I: 18). ¿No que alguno haya visto al Padre, sino aquél que vino de Dios, El ha visto al Padre? (VI: 46). ¿Que nadie viene al Padre sino por El? (XIV: 6); que el que ve y reconoce á El ve y reconoce al Padre? (XIV: 7; 12). Mas la fe en el Señor Dios, el Salvador es por el contrario una fe vidente. El, siendo Dios y Hombre, es accesible y puede ser contemplado con el pensamiento; la fe en El no es una fe indeterminada; tiene su determinación, es decir, tiene de dónde venir y á dónde ir; y una vez recibida permanece; es como cuando se ha visto una vez á un emperador ó rey; la imagen vuelve con el recuerdo. La imagen de esta fe es como una nube clara y en medio de ella un ángel, quien invita á sí al hombre, para elevarle al cielo. Así aparece el Señor en la mente de los que se hallan en la fe en El, y se aproxima á medida que es conocido y reconocido. Esto acontece, cuando el hombre conoce y guarda Sus mandamientos, los cuales le mandan huir del mal y obrar el bien, y finalmente entra el Señor en el hombre y hace Su morada en el, El y el Padre que está en El, y así se cumplen sus palabras:

«El que tiene mis mandamientos y los guarda, aquel es el que me ama, y el que me ama será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré á él, y vendremos á él y haremos con él morada» (Juan XIV: 21; 23).

Estas cosas—dice Swedenborg—las he escrito en presencia de los doce apóstoles del Señor, quienes me fueron enviados por El para estar conmigo mientras las escribía.

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