I
La fe que salva es la fe en el Señor Dios el Salvador Jesucristo. Porque es la fe en el Dios visible en el cual está el invisible.
257.
La fe que salva, es la fe en Dios, el Salvador; porque El es Dios y
Hombre y El es en el Padre y el Padre en El, formando Uno. Los que
se dirigen á El, se dirigen pues simultáneamente al Padre y por
consiguiente al sólo y único Dios, y si la fe es en otro Dios alguno
no es fe salvadora. Que debemos creer en el Hijo de Dios, el
Redentor y el Salvador, concebido por Jehová, nacido de la virgen
María, llamado Jesucristo, y tener fe en El, es evidente por las
palabras del Señor mismo, y también por las manifestaciones de los
apóstoles, por ejemplo en Juan VI: 40; III: 36; III: 15; 16; XI: 25;
26; VI: 47; 48; VI: 35; VII: 37; 38; VI: 28; 29; XII: 39; III: 18;
XX: 31; VIII: 24; XVI: 8; Gal. II: 20; Hechos XX: 21; XVI: 30; 31; I
Juan V: 12; 13; Gal. II: 15; 16; Gal. V: 6. Estos pasajes demuestran
claramente que la fe, de la cual habla Pablo en su epístola á los
Romanos (Cap. III: 28): «Así que concluimos, que el hombre es
justificado por la fe sin las obras de la ley», cuyo pasaje se cita
con predilección en la Iglesia actual, no es la fe en Dios, el
Padre, sino en Su Hijo, y menos aún es una fe en tres Dioses, uno de
quien, otro por causa de quien y un tercero por medio de quien viene
la salvación. La razón por la cual la Iglesia opina, que Pablo en el
referido pasaje habla de la fe tri-personal, que actualmente reina,
es que esta fe fue introducida en la Iglesia y ha reinado en ella
durante varios siglos, siempre después del concilio de Nicea, no
admitiéndose otra fe; y por eso se cree, que esta fe es la única, y
que no puede haber otra. Creen, pues, que en todo lugar en el Nuevo
Testamento, donde se menciona la fe, se trata de esa fe, y á ella
adaptan todas las demás cosas allí. Por esta causa ha perecido la
única fe salvadora, que es la fe en el Señor Dios el Salvador
Jesucristo, y por la misma causa se han introducido en la doctrina
de la Iglesia una multitud de paradojas contrarias á la sana razón;
porque la doctrina de la Iglesia, que debe indicar y enseñar el
camino al cielo, es determinada por la fe, y por haberse introducido
en ella tantas falacias y paradojas, ha sido preciso proclamar como
dogma, el que el entendimiento debe sujetarse en obediencia bajo la
fe. Ahora bien; puesto que en el citado pasaje (Rom. III: 28), la fe
no quiere decir fe en Dios el Padre, sino fe en Su Hijo, y puesto
que la frase «las obras de la ley» allí, no quiere decir el
Decálogo, sino la ley de Moisés, dada para los judíos (lo cual
consta por los versículos, que siguen al citado, y también por
similares pasajes en la epístola á los Gálatas II: 14; 15); cae pues
la piedra fundamental de esa fe, tan reconocida en la Iglesia, y con
ella se hunde el templo, edificado sobre ese fundamento, como una
casa que se hunde en la tierra, hasta no asomar mas que la parte
superior de su techo.
258.
La única fe salvadora es la fe en Dios el Salvador Jesucristo,
porque es la fe en el Dios visible en el Cual está el invisible, y
la fe en un Dios visible, que es Hombre y al mismo tiempo Dios, es
recibida por el hombre, siendo así que esta fe, si bien en su
esencia es espiritual, en su forma es natural, y en el hombre se
vuelve espiritual/natural, formando así verdaderamente parte de él,
porque lo espiritual ha de ser recibido por el hombre en recipientes
ó formas naturales antes de poder ser algo en él. Lo espiritual
puro, sin vestidura natural, entra por cierto en el hombre, pero no
es recibido; es como el éter, que entra y sale sin producir efectos
reales. Para que pueda producir tales efectos debe haber percepción
y por consiguiente recepción, ambas en la mente del hombre, y no hay
percepción ni recepción en el hombre mas que en su cuerpo y mente
natural. Por otra parte, la fe meramente natural, ó sea la fe
destituida de su esencia espiritual, no es fe, sino meramente
persuasión ó saber. La persuasión tiene el aspecto de la fe en su
forma exterior, pero puesto que en su interior nada hay de
espiritual, no lleva en sí nada que sirva para la salvación. Tal es
la fe con los que niegan la Divinidad de la Naturaleza Humana del
Señor; tal era la fe ariana y tal es también la fe sociniana, cuyas
sectas ambas niegan la Divinidad de la Naturaleza Humana del Señor.
¿Qué es la fe sin el objeto, hacia el cual es dirigida? ¿No es como
una mirada por el espacio, que por así decir cae en el vacío y se
pierde? ¿O como un ave que vuela encima de la atmósfera en el éter,
donde muere por falta de aire? En una palabra: La fe en un Dios
invisible, es una fe realmente ciega, porque con ella la mente del
hombre no ve á su Dios, y la luz de esta fe no es una luz
espiritual/natural, sino una luz fatua, parecida á la luz, que
ciertas materias sulfurosas despiden en la obscuridad. En esta luz
nacen solamente fantasías, tomándose las apariencias por realidades,
no siendo más que fantasmas. El hombre que se halla en esta fe acaba
por tener la misma idea de Dios que del éter, y empieza á buscarle
en la Naturaleza del Universo y, no encontrándole allí, acaba por
creer, que la Naturaleza del Universo es Dios, y esto es el origen
del Naturalismo, que existe actualmente. ¿No dijo el Señor, que
nadie oyó jamás la voz del Padre ni vio Su parecer? (Juan V: 37).
¿No dijo también, que á Dios nadie le vio jamás; el Unigénito Hijo
que está en el seno del Padre, él le declaró? (I: 18). ¿No que
alguno haya visto al Padre, sino aquél que vino de Dios, El ha visto
al Padre? (VI: 46). ¿Que nadie viene al Padre sino por El? (XIV: 6);
que el que ve y reconoce á El ve y reconoce al Padre? (XIV: 7; 12).
Mas la fe en el Señor Dios, el Salvador es por el contrario una fe
vidente. El, siendo Dios y Hombre, es accesible y puede ser
contemplado con el pensamiento; la fe en El no es una fe
indeterminada; tiene su determinación, es decir, tiene de dónde
venir y á dónde ir; y una vez recibida permanece; es como cuando se
ha visto una vez á un emperador ó rey; la imagen vuelve con el
recuerdo. La imagen de esta fe es como una nube clara y en medio de
ella un ángel, quien invita á sí al hombre, para elevarle al cielo.
Así aparece el Señor en la mente de los que se hallan en la fe en
El, y se aproxima á medida que es conocido y reconocido. Esto
acontece, cuando el hombre conoce y guarda Sus mandamientos, los
cuales le mandan huir del mal y obrar el bien, y finalmente entra el
Señor en el hombre y hace Su morada en el, El y el Padre que está en
El, y así se cumplen sus palabras:
«El
que tiene mis mandamientos y los guarda, aquel es el que me ama, y
el que me ama será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré
á él, y vendremos á él y haremos con él morada» (Juan XIV: 21; 23).
Estas cosas—dice Swedenborg—las he escrito en presencia de los doce
apóstoles del Señor, quienes me fueron enviados por El para estar
conmigo mientras las escribía.
La
siguiente sección
[II.
La fe, en resumen, es que quien cree la verdad y vive bien es
salvado por el Señor. (N. 259-261.)