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IX

Hay una fe verdadera, una fe espuria v una fe hipócrita.

287. Desde su cuna la Iglesia Cristiana ha sido invadida por cismas y herejías, y en el transcurso del tiempo ha sido dividida, despedazada y mutilada comparativamente como el hombre de la parábola, que en el camino de Jerusalén á Jericó cayó en manos de ladrones, quienes le despojaron de todo cuanto tenía, hiriéndole y dejándole medio muerto (Lucas X: 30), porque poco á poco se han introducido en la Iglesia falsedades y males, hasta que finalmente vino la realización de lo que con respecto á esta Iglesia profetizó Daniel:

«Finalmente sobre el ave de las abominaciones habrá asolamiento y hasta la entera consumación goteará lo decretado sobre la devastación» (IX: 27).

Lo cual es de acuerdo con las palabras del Señor en Mateo:

«Entonces vendrá el fin. Cuando veréis la abominación del asolamiento que fue dicha por Daniel, el profeta» (XXIV: 14; 15).

Que la Iglesia Cristiana desde su infancia ha sido así maltratada y dividida, consta por su historia, por la cual sabemos que aun mientras vivían los Apóstoles semejan los actos fueron realizados por Simeón, de nacimiento Samaritano, quien practicaba artes mágicas (Hechos VIII: 920); y por Himeneo y Phileto (2 Timoteo 2: 17); así como por Nicolás, de cuyo nombre se llamaban Nicolaitanos los mencionados en el Apocalipsis II: 6 y en los Hechos VI: 5; también por Cerinto. Después del tiempo de los Apóstoles nacieron otras sectas heréticas, como por ejemplo los Marcionitas, los Noecianos, los Encratitas, los Catafrigianos, los CuartoDecimanos, los Alogianos, los Catarianos, los Origenistas ó Adamitas, los Sabelianos, los Samosatenos, los Manichaeanos, los Melicianos y finalmente los Arianos. Después de éstos se levantaron batallones de heresiarcas que invadieron á la Iglesia, entre otros, los Donatistas, los Potinianos, los Acacianos ó Semiarianos, los Eunomianos, los Macedonianos, los Nestorianos, los Predestinarlos, los Papistas, los Zwinglianos, los Anabaptistas, los Schwenckfeldianos, los Sinergistas,, los Socinianos, los Antitrinitarianos, los Quakers, los Moravíanos y otros muchos. Sobre éstos prevalecieron más tarde Lutero, Melancton y Calvin y los dogmas de estos últimos reinan actualmente. Las causas de tanta disensión y separación en la Iglesia han sido principalmente éstas:

1.°   Que no se ha comprendido la Divina Trinidad.

2.°   Que no ha habido reconocimiento justo y verdadero del Señor.

3.°   Que la Pasión en la Cruz se ha tomado por la Redención misma.

La ignorancia con respecto á estos puntos esenciales de la fe, que son el fundamento de la Iglesia, ha determinado por necesidad la desfiguración y perversión de todas las verdades de la Iglesia hasta convertirlas en lo opuesto, y una vez así pervertidas la misma ignorancia ha hecho, que sin embargo fuesen consideradas y creídas como verdades, y así es que la Iglesia ha permanecido y permanece en la falsa confianza de que se halla en la verdadera fe de Dios y en todas las verdades Divinas. Ha sucedido con ella lo que sucede, cuando uno procura andar en línea recta con los ojos vendados, desviándose sin embargo paso por paso hasta que finalmente anda en dirección opuesta, donde hay un pozo en el cual cae. A fin de poder abandonar las ideas erróneas, introducidas en la Iglesia por la multitud de herejías, es necesario saber lo que es la fe verdadera, lo que es la fe espuria, y lo que es la fe hipócrita, á cuyo efecto se demostrará aquí:

1.°        Que la verdadera fe es la sola y única fe y que es la fe en el Señor Dios el Salvador Jesucristo, cuya fe está en los que creen que El es el Hijo de Dios, el Dios del Cielo y. de la tierra y Uno con el Padre.

2.°    Que la fe espuria es toda fe que discrepa de la verdadera fe, que es sola y única: y que esta, fe espuria está con los que suben por otra parte, mirando al Señor sólo como hombre y no como Dios Único.

3.°   Que la fe hipócrita no es fe.

288. (1) La verdadera fe es la sola y única fe y es la fe en el Señor Dios el Salvador Jesucristo, y se halla en los que creen que El es el Hijo de Dios, el Dios del Cielo y de la tierra, y Uno con el Padre. La verdadera fe es la sola y única fe, porque fe es verdad, y la verdad no puede partirse y mirar con una parte hacia aquí y otra parte hacia allá, y sin embargo continuar siendo la verdad en y por sí. La fe en sentido general consiste de innumerables verdades, de las cuales es el complejo, pero estas innumerables verdades forman por así decir un solo cuerpo; algunas son exteriores, otras interiores; algunas forman los miembros relacionados con el pecho, como los brazos y las manos, otras los miembros relacionados con los lomos como los pies; algunas son interiores formando la cabeza, y las que directamente proceden de éstas forman los órganos sensorios, situados en el rostro. Así es la fe y así es también la Iglesia; es como un solo cuerpo y los individuos forman los miembros de este cuerpo, cada uno según el estado de su caridad y fe. Por esto dice Pablo que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y puesto que la fe verdadera forma el Cuerpo de Cristo, va de sí mismo que no puede ser sino sola y única, puesto que el Cuerpo de Cristo, es solo y único. Que la verdadera fe es la única fe enseña Pablo también cuando dice:

«Hay un cuerpo, un espíritu, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios. Dió la obra del ministerio para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos á la unidad de la fe, y del conocimiento del Hijo de Dios, y á una vida perfecta á la medida de la edad de la plenitud de Cristo» (Efesios VI: 4; 5; 6; 12; 13).

Consta por esto que la verdadera fe es la única fe. Que la verdadera fe es la fe en el Señor Dios el Salvador Jesucristo se ha demostrado ya plenamente en un precedente lema (N. 257258), y que esta fe se halla en los que creen que El es el Hijo de Dios, es porque éstos creen, que El es Dios (Único) y la fe no es fe, si no es en un sólo Dios. Que esta confesión y fe (de que Jesucristo es Dios Único) es el elemento principal y fundamental que luego entra en todas las verdades de la fe, formándola así en su totalidad, es muy evidente por las palabras del Señor á Pedro cuando éste dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.»

«Bienaventurado tú, Simón: te digo, sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mateo XVI: 16; 17).

Piedra (roca) aquí como en todo otro lugar del Verbo, significa el Señor con respecto á Su Divina Verdad, y también la Divina Verdad, procedente del Señor. Que esta confesión y fe es lo fundamental y lo principal, consta por estas otras palabras en Juan:

«Cualquiera que confesare que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mora en él y él en Dios» (I Juan. IV: 15).

Esta confesión ó creencia es pues distintiva de los que están en la verdadera fe. Tienen también otro distintivo; Creen que El Señor es el Dios del Cielo y de la tierra, y que lo es por ser el Hijo de Dios, y porque en El mora la plenitud de la Divinidad corporalmente (Colos II: 9); también porque otros pasajes del Verbo lo confirman, como por ejemplo: « Todas las cosas del Padre son Suyas» (Juan III:35; XVI: 15). «El es el Dios del Cielo y de la tierra* (Mateo XXVIII: 18). « Toda potestad le es dada en él Cielo y en la tierra". Otra creencia distintiva de los que creen en el Señor el Salvador Jesucristo, y están interiormente en su fe y por consiguiente en la verdadera fe que es la única, es que creen que el Señor es Uno con el Padre; que El es Uno con el Padre y que es el Padre Mismo en Naturaleza Humana se ha demostrado ya en el capitulo que trata del Señor el Redentor; además es evidente por estos pasajes del Verbo:

«El Padre y Yo una cosa somos» (Juan X: 30). «El Padre está en Mi y Yo en el Padre» (X: 38). «Desde ahora conocéis al Padre y le habéis visto.» «El que me ha visto ha visto al Padre» (XIV: 710).

Los tres distintivos (el creer y confesar que Jesús es el Hijo de Dios; que El es el Dios del Cielo y de la tierra, y que El es uno con el Padre) son testimonios característicos de que el hombre se halla en la fe del Señor, así pues en la verdadera fe, que es la única, porqué no todos los que van al Señor se hallan en Su fe: La verdadera fe es interior y al mismo tiempo exterior, y sólo los que poseen los tres preciosos distintivos antes indicados se hallan en lo interior de esta fe y también en su exterior, de manera que no sólo es un tesoro en su corazón, sino también una alhaja en su boca. Cosa diferente sucede con los que no reconocen al Señor como Dios del Cielo y de la tierra y como Uno con el Padre. Estos miran interiormente á otros dos Dioses, que tienen igual poder, reconociendo sin embargo que este poder es ejercido por el Hijo, bien sea en cualidad de Vicario, bien como Quien á causa de su Obra de Redención ha merecido el privilegio de reinar sobre aquellos á quienes ha redimido. Pero estos destruyen la verdadera fe con dividir el Dios Único en varios; y luego no existe más la fe, sino sólo su espectro, el cual, mirado desde el lado natural, tiene semejanza con la fe verdadera; pero mirado espiritualmente resulta una quimera. Los mencionados tres distintivos, testimonios y señales de que la fe en el Señor es la verdadera fe, son como piedras de toque para probar el oro y la plata; son también como letreros que indican el camino que conduce al templo, donde es adorado el único Dios verdadero, y como faros, colocados sobre rocas en el mar, que hacen saber á los que navegan de noche, dónde se hallan y á dónde dirigir el rumbo de la nave. El primer distintivo, que es creer y confesar que el Señor es el Hijo del Dios viviente, es como la estrella de la mañana para los que entran en Su Iglesia.

289. (2) Fe espuria es toda fe que discrepa de la verdadera, que es la sola y única, y se halla en los que suben por otra parte, mirando al Señor no como Dios Único sino sólo como hombre. Que fe espuria es toda fe que discrepa de la verdadera y única va de sí mismo, porque si no hay más que una sola fe que es la verdadera, sigue que toda discrepación de ella es falsedad. Todos los bienes y todas las verdades de la Iglesia nacen del matrimonio del Señor con ella y todo cuanto en su esencia es caridad y fe viene por lo tanto de este matrimonio. Por otra parte toda caridad y fe, y todo cuanto á ellas pertenece, que no proceda de este matrimonio, no es de lecho legítimo, sino de lecho ilegítimo, por consiguiente de matrimonio polígamo ó de adulterio. La fe que reconoce al Señor y sin embargo adopta las falsedades heréticas, es de matrimonio polígamo; y la fe que reconoce á tres Señores en la Iglesia es de adulterio, porque esto es como una ramera ó como una mujer casada, que pasa las noches alternativamente con otros dos hombres y llama marido al que elige mientras está con él. Por esta razón la semejante fe se llama fe espuria. A los que se hallan en esta fe llama el Señor adúlteros, y en Juan los designa con los términos ladrones y robadores.

«De cierto os digo que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, mas sube por otra parte, el tal es ladrón y robador. Yo soy la puerta, el que por Mi entrare será salvo» (X: 1; 9).

Entrar en el corral de las ovejas es entrar en la Iglesia y asimismo en el Cielo, porque la Iglesia y el Cielo forman uno, y lo que hace que el Cielo es Cielo es la Iglesia que hay en él; por lo cual el Señor, siendo el Novio y Marido de la Iglesia es también el Novio y Marido del Cielo. Todo hombre puede averiguar, si se halla en la fe verdadera ó en una fe espuria, por medio de los tres distintivos mencionados más arriba, es decir por el reconocimiento, que el Señor es el Hijo de Dios; que El es el Dios del Cielo y de la tierra, y que El es Uno con el Padre; en cuanto discrepa de estas tres verdades esenciales, la fe es espuria. En aquellos que miran al Señor, no como Dios, sino sólo como hombre, la fe es á la vez espuria y adulterina. Tales eran las dos abominables herejías, la Ariana y la Sociniana, las cuales han sido declaradas anatemas por la Iglesia Cristiana y excomulgadas de ella por negar la Divinidad del Señor y subir por otra partea pero desgraciadamente hay razón para creer, que estas abominaciones se hallan ocultas en el espíritu común de la Iglesia actual. Cuanto más el hombre se estima superior á otros en erudición y juicios, tanto más es propenso á abrazar y apropiarse de la idea de que el Señor es hombre y no Dios, y que por ser hombre no puede ser Dios. Uno que se apropia de esta idea  entra en relación y compañía con los Arianos y los Socinianos, que se hallan en el infierno, y tal es el espíritu común de la Iglesia hoy día por no creer que el Señor Dios el Salvador es el único Dios, porque con cada hombre se halla un espíritu, sin el cual no podría pensar analíticamente, ni racionalmente, ni espiritualmente, y sin el cual no sería hombre sino bruto, y cada hombre atrae á sí un espíritu que tiene igual inclinación é igual percepción que el hombre mismo tiene, y á este espíritu se asocia. Al hombre que adquiere buenas inclinaciones mediante las verdades del Verbo, y mediante una vida en conformidad con ellas, es asociado un ángel del cielo; mas al hombre que adquiere malas inclinaciones por confirmar en sí las falsedades y por vivir una mala vida, se une un espíritu del infierno, y por esta asociación viene el hombre de cierta manera á fraternizar con los satanás, confirmándose más y más en las falsedades que son contrarias á las verdades del Verbo, y por consiguiente se introduce también en las abominaciones de los Arianos y los Socinianos, que son contrarias al Señor. Esto acontece porque los satanás no pueden sufrir el oír una sola verdad del Verbo; ni pueden sufrir el oír el Nombre de Jesús; si oyen este Nombre, ó verdades del Verbo, corren como furias en todas direcciones blasfemando, y si entonces influye luz del Cielo, se precipitan de cabeza dentro de sus cuevas en sus propias tinieblas, las cuales les proporcionan una luz fatua, como la que tienen las aves nocturnas, ó como la que tienen los gatos, cuando en los sótanos cazan ratones. Todos los que en su corazón y en su fe niegan la Divinidad del Señor y la Santidad del Verbo, se vuelven así después de la muerte, porque su hombre interior era así en el mundo, por más que su hombre exterior pudo aparentar ser Cristiano. Sé que esto es verdad, porque lo he visto y lo he oído.

290. (3) Fe hipócrita no es fe. Un hombre se vuelve hipócrita si se enaltece en su propia estima, considerándose superior á otros; porque así dirige los pensamientos de su mente hacia su persona, derramándolos en ésta y hundiéndolos en los sentidos corporales; así sé vuelve hombre natural, sensual y corporal, y entonces su mente no puede apartarse de la carne con la cual adhiere; no puede ser elevada á Dios, á la luz del cielo, es decir, no puede ver cosa alguna espiritual. Y puesto que entonces es un hombre carnal, resulta que las cosas espirituales, que entran en su entendimiento por medio del oído, le parecen como si fueran espectros, ó como plumión flotando en el aire, y se ríe de ellas en su corazón, mirándolas como necedades. Entre los hombres exclusivamente naturales el hipócrita es el más inferior, porque es sensual, es decir, su mente adhiere firmemente á los sentidos corporales, y por eso no quiere ver más que cosas sensuales ó nada más que las cosas del mundo. Si este hipócrita llega á ser un predicador, guarda en su memoria las cosas que en su infancia y en su juventud oyó acerca de la fe, y habla y enseña conforme ellas; sin embargo no son en él más que palabras huecas sin alma; porque al interior de ellas no hay más que lo natural, por más que pueden parecer animadas, pero la animación viene del gozo del amor á sí mismo y al mundo y si es elocuente sus palabras suenan como un cantar armonioso. Cuando un predicador hipócrita vuelve á su casa después del sermón, se ríe secretamente de todo cuanto dijo á la congregación acerca de la fe y de cuanto refirió del Verbo, y quizás diga á sí mismo: «Eché mi red y cogí rodaballos y conchas»; porque semejantes á éstos son, á su parecer, los que se hallan en la verdadera fe. Los predicadores hipócritas son como una puerta que se abre en dos direcciones opuestas, y al abrirse hacia un lado, se cierra hacia el otro. Así es su mente; porque puede abrirse hacia el infierno y también hacia el cielo y cuando se abre hacia el uno, se cierra hacia el otro. Administrando las santas cosas de la Iglesia y predicando el Verbo no saben—cosa extraña—sino que creen ellos mismos, en lo que hacen y lo que dicen, porque la puerta de su mente está entonces cerrada hacia el infierno; pero tan pronto como se vuelvan á su casa y se hallen solos, no creen nada de aquellas cosas; porque entonces la puerta de su mente está cerrada hacia el cielo. En los hipócritas consumados hay una enemistad intestina contra todo hombre verdaderamente espiritual, porque es una enemistad como la de los satanás contra los ángeles del cielo. No se aperciben mucho de esto mientras viven en el mundo, pero lo ven claramente después de la muerte, cuando les es apartado su hombre exterior, que aparentaba é imitaba el hombre espiritual, porque es su hombre interior, que es semejante satanás.

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