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V

Fe sin caridad no es fe y caridad sin fe no es caridad, y ni ésta ni aquélla tiene vida, sino por el Señor.

 

269.     Los Apóstoles no tenían la más remota idea de que la Iglesia actual había de separar la fe de la caridad y pretender que la fe por si sola justifica y salva sin las obras de la ley, así como que la caridad no puede combinarse con la fe, siendo así que la fe viene del Señor, mientras que la caridad viene del hombre, exhibiéndose en sus actos y obras. Que los Apóstoles no pensaban que esto había de suceder, es muy evidente por sus epístolas, y mientras ellos vivían, la caridad y la fe iban mano en mano en la Iglesia; pero su separación se verificó, cuando la Iglesia dividió el único Dios en tres Personas, atribuyendo á cada una igual Divinidad. Que la fe y la caridad no pueden ser separadas, sin que ambas perezcan, y que ni ésta ni aquélla tiene vida, sino por el Señor, será explicado en el siguiente lema; pero antes se preparará el terreno con demostrar:

  1. Que el hombre puede procurarse fe por sí mismo.

  2. Que puede igualmente procurarse caridad.

  3. Y asimismo la vida de ambas.

  4. Pero que sin embargo nada de la fe, nada de la caridad y nada de la vida de ésta ni de aquélla viene del hombre, sino del Señor solo.

270.    (1) El hombre puede procurarse fe por si mismo. Esto se ha explicado en el tercer lema de este capítulo (N. 262-267); mas conviene que se exponga aquí en resumen nuevamente: La fe en su esencia es verdades, y todo el que quiera puede adquirir verdades del Verbo; y en la medida que las adquiere y las ama se inicia en la fe. A esto añadiré, que si el hombre no fuera capaz de procurarse fe él mismo, resultaría inútil todo cuanto en el Verbo es prescrito y mandado con respecto á la fe, por ejemplo que la voluntad del Padre es que se debe creer en el Hijo, y que cualquiera que cree en El tiene vida eterna, y que el que es incrédulo al Hijo no verá la vida; así como: que Jesús había de enviar el Consolador, el cual convencería al mundo de su pecado; porque no quiso creer en El, y otros pasajes similares citados antes (N. 258). Además, todos los Apóstoles predicaban la fe en Dios el Salvador Jesucristo. Todo esto sería vano, si el hombre, según enseña la doctrina de la Iglesia actual, fuere como una piedra ó un tronco respecto de las cosas espirituales, ó sea que en cosas espirituales no pudiere por sí mismo entender, creer, abrazar, pensar, querer, empezar, realizar, obrar, operar ó acomodarse á la gracia, ni enteramente ni en parte. (Fórmula Concordia, edición de Leipzig 1766, paginas 656, 658, 661, 662, 663, 671, 672, 673). Esto es doctrina de los Evangélicos. Los Reformados tienen una doctrina similar; pero todo el que tiene Religión y sentido común mira á esa doctrina como absurda y ridícula. Más sobre esto se dirá cuando trataremos de la libre voluntad.

271. (2) El hombre puede adquirir caridad por sí mismo. Esto es como con la fe; porque el Verbo entero no hace sino enseñar la fe y la caridad, que son las dos cosas esenciales de la salvación. (Mateo XXII: 3439; Juan XIII: 34; 35). El Señor dice, que el hombre debe llevar fruto como un árbol bueno, y que aquel que obra el bien será recompensado en la resurrección. ¿Qué significaría esto si el hombre no pudiera por sí mismo obrar la caridad y en alguna medida procurársela él mismo? ¿No puede dar limosnas, socorrer á los necesitados, hacer justicia en su casa y en su oficio? ¿No puede vivir conforme los mandamientos del Decálogo? ¿No tiene un alma, por virtud de la cual puede hacer estas cosas, y una mente racional, que puede servirle de guía para obrar y alcanzar determinado objeto? ¿No puede reflexionar y pensar que debe obrar el bien, porque Dios lo ha mandado así en el Verbo? Esta facultad tiene todo hombre y nunca la pierde; porque el Señor la da á cada uno, y la da como si fuera cosa propia del hombre, por cuya razón parece al que obra caridad, como si la obrase por su propia virtud.

272.    (3) El hombre puede igualmente por sí mismo adquirir la vida de la fe y de la caridad. Esto es también parecido; porque el hombre adquiere esta vida para sí, cuando se dirige al Señor, que es la Vida misma, y todo el que quiera puede dirigirse al Señor y acercarse á El; porque El invita á todos continuamente (Juan VI: 3537; VII: 37; Mateo XXII: 29). El hombre adquiere esta vida con ir al Señor, porque el Señor es la Vida misma, y con ir á El no sólo adquiere la vida de la fe sino también la vida de la caridad (Juan I: 1; 4; V: 21; 26; VI: 33; 63; VIII: 12; X: 10; XI: 25; XIV: 6; XIV: 9; XX: 31; I Juan V: 20). La vida de la fe y de la caridad quiere decir la vida espiritual, la cual el Señor introduce en el hombre, en su vida natural.

273.    (4) Sin embargo nada de la fe, nada de la caridad y nada de la vida en ésta 6 en aquélla es del hombre, sino del Señor solo. Esto enseña el Verbo claramente; porque leemos:

«El hombre nada puede recibir si no le fuere  dado del cielo» (Juan III: 27).

Y Jesús dijo:

«El que permanece en Mi y Yo en él, éste lleva mucho  fruto; porque sin Mi nada podéis hacer» (XV: 5).

Pero esto debe entenderse así, que el hombre de y por sí mismo no puede procurarse más que una fe natural, cuya fe es una persuasión de que una cosa es verdad, por haberlo asegurado así algún hombre de autoridad; tampoco puede procurarse por sí mismo otra caridad que una caridad natural, que es hacer las obras para ganar favores ó remuneraciones, y en esta fe y esta caridad no hay más esencia que lo propio del hombre; porque no hay todavía en ellas vida del Señor. Sin embargo, con procurarse esta fe y esta caridad natural el hombre se prepara para ser un receptáculo del Señor, y conforme se prepara, el Señor entra en él, haciendo que su fe natural se transforme en fe espiritual, y su caridad natural en caridad espiritual, y así introduce en ellas Su vida. Esto se realiza, cuando el hombre se dirige al Señor como el Dios del cielo y de la tierra, y entonces el Señor entra en el hombre y hace Su morada en él (Juan XIV: 21; 23; Apoc. III: 20). Así es, que cuando el hombre se prepara para recibir al Señor de una manera natural, el Señor entra en él y hace que todas sus cosas interiores se vuelvan espirituales y por consiguiente vivas. Por otra parte, si el hombre no se prepara, aparta de sí mismo al Señor y obra por su propia virtud todas las cosas que obra, cuyas cosas entonces no tienen vida en sí; porque todo cuanto el hombro obra por sí mismo es muerto. Más se dirá sobre esto, cuando hayamos tratado de la caridad y de la libre voluntad, y será en un capítulo que tratará de la reformación y la regeneración.

La siguiente sección [VI. El Señor, la caridad y la fe forman uno, como la vida, la voluntad y el entendimiento en el hombre, y si son divididos, desaparecen de la mente como una perla, reducida á polvo. (274-277.)...]