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VI

El Señor, la caridad y la fe forman uno, como la vida, la voluntad y el entendimiento en el hombre, y si son divididos, desaparecen de la mente como una perla, reducida á polvo.

274. El Señor influye en todo hombre con todo Su Divino Amor y toda Su Divina Sabiduría, ó sea con toda Su Divina Vida, y hace que el hombre viva.—Esta influencia es continua, y sin ella el hombre no sería más que una forma inerte, porque sólo Dios es Vida, y toda la creación, tanto los ángeles y los hombres cuanto las demás cosas del Universo espiritual y natural, son formas muertas, creadas para ser receptáculos de la Vida que de Dios continuamente influye en cada ser y en cada cosa, haciendo que vivan. En Génesis I: 27 y II: 7 leemos, que el hombre fue creado á imagen de Dios, y que Dios alentó en su nariz soplo de vida, lo cual significa que el hombre es un órgano ó recipiente de la vida; pero que no es vida. El Divino Amor y la Divina Sabiduría constituyen la Divina Vida del Señor (véase N. 3435), por lo cual decir que el Señor influye en el hombre con Su Divina Vida equivale á decir que influye en él con Su Divino Amor y Su Divina Sabiduría. La manera en que se verifica esta influencia puede compararse con la manera en que el Sol influye con su calor y luz en todas las cosas de la tierra, haciendo que la simiente brote, que los árboles crezcan y lleven flores y fruto y vivificándolo todo. La Vida Divina del Señor, que es Su Divino Amor y Su Divina Sabiduría, sale en efecto de El como el Sol del Cielo, que influye con su calor y luz en todo el mundo espiritual. El calor, que sale de este Sol, es en su esencia amor, y su luz es en su esencia sabiduría, y estos dos influyen y afectan íntimamente á la voluntad y al entendimiento de los ángeles y de los hombres, y asimismo influyen en todas las demás cosas creadas y constituyen su intima vida. Cada ser y cada cosa reciben la Vida, que así influye, en un grado mayor ó menor, según su organismo particular. Cada forma toma del influjo común lo que su organismo requiere y necesita, y por consiguiente cada mente humana recibe esta vida con variación, según su estado. A esta influencia de la Vida Divina se refieren las palabras del Señor en Mateo: Vuestro Padre hace que salga Su Sol sobre malos y buenos y llueva sobre justos é injustos (V: 45). La influencia del Señor es pues universal é igual para con todos los hombres, pero cada hombre recibe Su influencia de diferente manera y en diferente grado. La causa no está en el Señor, sino en los hombres, ó sea en los receptáculos, y la influencia depende de la condición y del estado de éstos. El Señor es además Omnipresente, y donde quiera que esté, allí está con toda Su Esencia; porque es imposible para El quitar parte de ella, dar á uno y no á otro. El da toda Su Vida y deja que el hombre tome con libertad mucho ó poco. Dice también, que mora en los que guardan Sus mandamientos, y que los que hacen Su voluntad permanecen en Su Amor; que El está en ellos y ellos en El.

275. De esto sigue, que el Señor influye en el hombre con toda la esencia de la fe y de la caridad, porque la Divina Sabiduría es la esencia de la fe y el Divino Amor es la esencia de la caridad. Así es que el Señor influye en el hombre y está presente en él con todas las verdades de la fe y con todos los bienes de la caridad, porque por fe entendemos todas las verdades, que el nombre por virtud del Señor percibe, piensa y habla; y por amor, ó caridad, entendemos todos los bienes que por virtud del Señor afectan á su voluntad, cuyos bienes por lo tanto quiere y hace. Siendo así que el Señor es Omnipresente con todas las verdades de la fe y todos los bienes del amor, es evidente que no falta al hombre oportunidad de recibir estas verdades y estos bienes y así de recibir á El Mismo. No necesita hacer más que disponerse á la recepción y admitir la influencia, como los pulmones absorben la atmósfera, y esto hace, cuando se dirige al Señor; aprende verdades del Verbo y vive en conformidad con ellas.

276. Las cosas que influyen del Señor son recibidas por el hombre según su forma, porque la forma del hombre, es decir la forma de su voluntad y entendimiento, ó sea el estado de su amor y sabiduría es lo que determina la recepción. El hombre recibe pues la influencia del Señor según sus inclinaciones á los bienes de la caridad y asimismo según sus percepciones de las verdades de la fe. La vida de Dios en su plenitud está con los buenos y piadosos y también con los malévolos é impíos; se halla presente con los ángeles del cielo y también con los demonios del infierno. Mas la diferencia entre los malos y los buenos es que los malos obstruyen el conducto, por el cual ha de entrar la Vida y cierran la puerta, impidiendo así á Dios de descender en la región inferior de sus mentes, mientras que los buenos abren el camino é invitan á Dios á descender y á morar con ellos en la región inferior de sus mentes como mora en sus regiones superiores, y así disponen el estado de su voluntad para recibir el influjo del amor y de la caridad y el estado de su entendimiento para recibir el influjo de la sabiduría y de la fe, es decir para recibir á Dios. Los malos excluyen este influjo con varios apetitos carnales y perversiones espirituales, mas Dios reside no obstante en sus regiones superiores con toda Su Divina Esencia, dándoles la facultad de querer el bien y de entender la Verdad. Esta facultad se halla en todo hombre sola y únicamente por la Vida, que de Dios mora en la parte superior de su alma, sin cuya Vida carecería por completo de ella. Es pues evidente que si el hombre no nace de nuevo y es salvado, la culpa no es del Señor, sino exclusivamente del hombre.

277. El Señor, la caridad y la fe, forman uno como la vida, la voluntad y el entendimiento en el hombre, porque el Señor es la Vida, que es el Divino Amor y la Divina Sabiduría, é influye en el hombre con esta Vida, que es la esencia de la caridad y de la fe. Influye por consiguiente con la caridad y la fe, con todas las verdades de ésta y con todos los bienes de aquélla, y las formas recipientes en el hombre son la voluntad y el entendimiento; la voluntad es el recipiente de la caridad y el entendimiento es el recipiente de la fe, y cuando el influjo es recibido por el hombre, forman uno entre sí y con el Señor, que es Su íntima vida. El hombre es entonces una forma recipiente del Señor y Su morada. Pero el hombre que divide el Señor, la caridad y la fe, no es una forma que las recibe, sino una forma que las destruye, porque separar al Señor de la caridad y de la fe, es separar de ellas la vida, y cuando esto ocurre, la caridad y la fe no existen sino como abortos. Por otra parte, el que reconoce al Señor y sin embargo separa la caridad, este no reconoce al Señor más que con los labios. Su reconocimiento y su confesión son fríos y no hay en ellos fe genuina, porque carecen por completo de vida espiritual, siendo así que la caridad es la vida de la fe. Finalmente, el que obra la caridad y sin embargo carece de fe genuina, es decir que no reconoce al Señor por el Dios único del Cielo y de la tierra y Uno con el Padre, éste obra una caridad exclusivamente natural, en cuya caridad no hay vida eterna; pero el hombre, en quien hay iglesia, sabe y reconoce que todo bien viene del Señor, y que El lo obra por medio del hombre, y así obra la caridad genuina en la cual hay vida eterna, porque la obra por el Señor, que es el verdadero Dios y la vida eterna (I Juan V: 20). La fe separada de la caridad no es fe, porque la fe es la luz de la vida del hombre y la caridad es su calor, por lo cual si la caridad es separada de la fe, sucede como cuando el calor es separado de la luz. El estado del hombre es entonces como el de la vegetación de la tierra en invierno, cuando nada brota ni crece, sino que todo se entumece y yace como exánime. A fin de que la caridad sea caridad y la fe sea fe es preciso que estén unidas como la voluntad y el entendimiento en el hombre. Si son separadas sucede con ellas como con la voluntad y el entendimiento cuando son separados, es decir que ni éste ni aquélla es algo, porque el entendimiento sin la voluntad es nada y la voluntad sin el entendimiento es igualmente nada. La razón por la cual sucede igual con la caridad y la fe que con la voluntad y el entendimiento, es que éstos corresponden á aquéllas y son sus receptáculos en el hombre; la voluntad corresponde á la caridad y es su receptáculo; el entendimiento corresponde á la fe y es su receptáculo; la caridad reside en la voluntad, la fe en el entendimiento. La unión de la caridad y la fe y su separación pueden también compararse con la unión del corazón con los pulmones en el cuerpo humano, porque la caridad corresponde á la voluntad, la cual á su vez corresponde al corazón, y la fe corresponde al entendimiento, el cual á su vez corresponde á los pulmones. La caridad no puede ser separada de la fe, más que el corazón puede ser separado de los pulmones; al cesar las pulsaciones del corazón, cesa inmediatamente la respiración de los pulmones, y cuando cesa la respiración de los pulmones se desmayan los sentidos, los músculos quedan inmóviles, y poco después cesan por completo las pulsaciones del corazón y la vida desaparece. La separación de la caridad y la fe puede también compararse con la separación de la sangre y la carne. La sangre separada de la carne se congela y se corrompe y la carne separada de la sangre se pudre y se llena de gusanos. Sangre significa en sentido espiritual la verdad de la sabiduría y por consiguiente la fe y carne significa el bien del amor y por consiguiente la caridad† . Por otra parte la unión de la caridad con la fe se puede comparar con el rostro de una joven virgen, hermoso por la unión y mezcla convenientemente proporcionada de los colores encarnado y blanco. Estos colores son también correspondencias, respectivamente de la caridad y de la fe. En el mundo espiritual el amor, y por ello la caridad, tiene un tinte encarnado por el fuego del Sol allí, mientras que la verdad, y por ello la fe, es blanca por la luz de ese sol. Lo expuesto en el presente lema y en el anterior bastará para la demostración de estos dos dogmas: 1.° Que fe sin caridad no es fe y que caridad sin fe no es caridad, y que ni ésta ni aquélla tienen vida sino por el Señor. 2.° Que el Señor, la caridad y la fe hacen uno, como la vida, la voluntad y el entendimiento en el hombre, y que si son separados, desaparecen de la mente como una perla reducida á polvo.

Nota:

Que sangre significa la verdad de la sabiduría, se puede ver en Apocalipsis Revelado, número 379. Y que carne significa el bien del amor y por consiguiente la caridad, en la misma obra, número 832.

La siguiente sección [VII. El Señor es caridad y fe en el hombre y el hombre es caridad y fe en el Señor. (N. 278-282.)...]