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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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IV

La imputación del mérito de Cristo y de Su Justicia no es posible

 

437. A fin de poder comprender que la imputación del mérito y de la justicia de Cristo no es posible, es preciso tener concepto exacto de este mérito y esta justicia. El mérito del Señor, nuestro Salvador, es la Redención que El realizó y la naturaleza de esta Redención se puede ver en el capítulo segundo, N. 94107, donde se explica que la Redención fué la subyugación de los infiernos, el restablecimiento del Orden en los Cielos, y luego el restablecimiento de la Iglesia; es decir que fue una obra puramente Divina. Allí se explica también, que el Señor, mediante la Redención asumió el poder de regenerar y salvar á los que creen en El y viven según Sus preceptos, y que sin esta Redención ninguna carne hubiese podido ser salva. Ahora bien, puesto que la Redención fue una obra puramente Divina, realizada por el Señor Solo y siendo ésta la naturaleza de Su mérito, es claro que no puede transferirse, atribuirse ó imputarse á hombre alguno. Este mérito del Señor no puede ser imputado al hombre masque lo puede la Creación y Conservación del universo, porque la Redención fue en cierta manera una nueva Creación del Cielo de los ángeles y de la Iglesia. La Iglesia actual atribuye sin embargo este mérito del Señor á los que por la gracia reciben la fe, los cuales, según su doctrina, no sólo son reputados, justos y santos, sino que son efectivamente justos y santos, porque declaran que sus pecados no son pecados á los ojos de Dios, siendo perdonados, y ellos son reconciliados con el Padre é inscritos para el Cielo. Toda la Iglesia cristiana actual, Católicos Romanos y Reformados enseñan esto. Dicen—y dicen bien—que Cristo es la justicia misma; pero dicen también que esa fe imputada del mérito de Cristo es justicia? y siendo imputada al hombre, le es por consiguiente imputado y atribuido Cristo Mismo. A esta imputación sólo falta añadir transferencia, y se obtiene el Vicario, el Papa.

438. Puesto que el mérito y la justicia del Señor son puramente Divinas, son por lo tanto como los demás atributos de Dios, es decir, son Dios Mismo y es tan imposible transferirlas al hombre como es para el hombre ver á Dios; nadie puede ver á Dios y vivir; y sin embargo la doctrina de la fe imputada enseña que Dios el Padre imputa esa justicia á los que por la gracia poseen la fe; si conocieran y admitieran la verdad, comprenderían cuan vana es esa fe en la imputación del mérito de Cristo: Dios es el sol del Cielo, ó mejor dicho, en el mundo espiritual hay un sol en medio del cual está el Señor en Su Divina Humanidad, y desde ese sol influye con luz y calor en todo el mundo espiritual y en todos cuantos viven allí; desde el mismo sol y con el mismo calor y la misma luz influye también en las mentes de los hombres en el mundo natural. Ese calor es en su esencia Su Divino Amor y la luz es en su esencia Su Divina Sabiduría. Esta luz y' este calor, que directamente proceden del Señor y forman el Sol, no pueden venir en contacto con mente humana alguna, ni con ángel alguno del Cielo tal como son en sí mismos, sin ser convenientemente modificados y moderados durante su descenso y así adaptados á la facultad de los ángeles y de los hombres; por eso el Señor, como el Sol del cielo, no se halla en medio de los ángeles, es decir, en su inmediata presencia, sino que ven á esté Sol en lo alto del cielo sobre sus cabezas á una distancia, aparentemente igual á la del sol natural de nuestra tierra, y, como el calor y la luz de éste, son modificados y templados mediante auras y atmósferas también el calor y la luz espirituales, que salen del Señor como Sol. De lo contrario ángeles y hombres serían consumidos en un instante, sin dejar vestigio alguno de sí, como leña que cayera en el fuego del Sol. Si fueran transferidos á la mente humana ese calor y esa luz espiritual, ó lo que es igual, si al hombre fuese aplicado la justicia Divina por imputación, sufriría tormento y hasta caería muerto. Pero la Divina Esencia modificándose y adaptándose á la condición espiritual del hombre puede influir en todo hombre benéficamente, tanto en el bueno cuanto en el malo, y con la cooperación del hombre por su libre voluntad puede obrar en él la regeneración y purificación de los males, y á medida que el hombre es regenerado por medio de la fe y la vida de la caridad, siendo sus interiores por consiguiente templados en acuerdo con el bien y la verdad, que influyen, aumenta la influencia gradualmente en intensidad, sin que por ello experimente el hombre incomodidad alguna, sino al contrario mayor bienestar, porque su condición espiritual regenerada permite que sea elevado más cerca del Cielo y de Dios y recibir Su influencia más directamente con benéficos efectos. El sol del mundo espiritual, tal como es después de asumir Jehová Dios la Naturaleza Humana añadiendo á ella la Redención y una nueva justicia, es descrita en Isaías con estas palabras:

«La luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días en el día que soldará Jehová la quebradura de su pueblo» (XXX: 21).

Todo este capítulo trata de la venida del Señor en la carne. Lo que sucedería, si el Señor viniese y se acercase á los impíos, se describe igualmente.

«Se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes: escondednos de la cara de aquel que está sentado sobre el trono y de la ira del cordero» (Apoc. VI: 15; 16).

Tal terror y tormento experimentan los impíos, cuando se hallan en la proximidad del Señor. Cosa parecida acontece cuando un individuo malo es introducido en el Cielo, donde reina la caridad y la fe en el Señor; densas tinieblas cubren sus ojos, aturdimiento y demencia invaden su mente, dolor y tormento su cuerpo y cae como si no tuviese vida, en sí. Cuando esto sucede á un malo por la presencia de los ángeles ¿qué sucedería si el Señor Mismo, ó sea su Divina justicia, entrase en el hombre? El Apóstol Juan, viendo al Hijo del Hombre en medio de los siete candeleros, cayó postrado á sus pies, como si estuviera muerto (Ápoc. I: 17); y sin embargo la Iglesia actual enseña, que Dios justifica á los malos con infundir en ellos el mérito de Cristo. Esto consta por los edictos de los Concilios y los artículos de la Confesión de Augsburgo, á los cuales juran los Reformados en su Iglesia; pero por lo antes explicado se ve que esa fe es pura vanidad.

La siguiente sección [V. Existe una imputación, pero es la imputación del bien y del mal y al mismo tiempo de la fe. (N. 439-440.)...]