V
Existe una imputación, pero es la imputación del bien y del mal y al mismo tiempo de la fe
439.
Que existe una imputación del bien y del mal es evidente por
varios pasajes del Verbo, de los cuales citaremos aquí de nuevo
algunos:
«El
hijo del Hombre vendrá y entonces pagará á cada uno conforme á sus
obras» (Mateo XVI: 27).
«Los
que hicieron bien saldrán á resurrección de vida, mas los que
hicieron mal á resurrección de la condenación» (Juan V: 29).
«Y
un libro fué abierto, el cual es de la vida, y fueron juzgados los
muertos por las cosas que estaban escritas en los libros según sus
obras» (Apoc XX: 12; 13).
«He
aquí, Yo vengo presto y mi galardón conmigo, para recompensar cada
uno según fuere su obra» (Apoc. XXII: 12).
«Visitaré sobre el pueblo sus caminos y pagaréle conforme á sus
obras» Óseas IV: 9; Zacarías 1; 6; Jerem. XXXII: 19).
«En
el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios
pagará á cada uno conforme á sus obras» (Romanos II: 5; 6).
«Es
menester que todos parezcamos ante el tribunal de Cristo, para que
cada uno reciba según lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ora
bueno, ora malo» (2 Cor. V: 10).
Que
la imputación de que aquí se trata es la imputación del bien y del
mal es evidente, y en todo lugar del Verbo, donde se trata de
imputación, se trata de esta imputación y no de otra. Esta era la
ley de la imputación al principio de la Iglesia, y lo será también á
su fin. Al principio Adán y su mujer fueron condenados por obrar el
mal (significado por comer del árbol de ciencia del bien y del mal,
Génesis II, III), y al fin de la Iglesia la ley será la misma,
porque el Señor dijo:
«Cuando el Hijo del Hombre vendrá en su gloria y todos los santos
ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria, y
dirá á las ovejas á su derecha: venid, benditos de mi Padre, heredad
el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo;
porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de
beber; fui huésped y me recogisteis; desnudo, y me cubristeis;
enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel y vinisteis á mí.»
Pero
á las cabras á su izquierda, que no habían obrado el bien, dijo:
«Apartaos de mi, malditos; al fuego eterno preparado para el diablo
y para sus ángeles» (Mateo XXV: 3141).
Es,
pues, evidente que la imputación es la misma, es decir, una
imputación del bien y del mal. Hay también una imputación de la fe,
porque la caridad, que es del bien, y la fe, que es de la verdad,
están juntas en las buenas obras, y si no están juntas las obras no
son buenas. (Véase N. 283286). Por eso dice Santiago:
«¿No
fue justificado por las obras, Abraham, nuestro padre, cuando
ofreció á su hijo Isaac sobre el altar y fue cumplida la Escritura
que dice: Abraham creyó en Dios y le fue imputado á justicia?»
(Epístola II: 2123).
440.
La razón por la cual los caudillos y por ellos los subordinados de
la iglesia Cristiana, por el término imputación en el Verbo han
entendido la imputación de la fe, en la cual el mérito de Cristo es
inscrito y por consiguiente atribuido al hombre, es que por muchos
siglos, es decir, desde el tiempo del Concilio de Nicea, no han
querido saber de otra fe, por lo cual esta fe se halla arraigada en
su memoria y en su mente como si formara parte de su organismo y les
ha proporcionado una luz como la de hacha encendida en la noche, al
reflejo de la cual les ha parecido esta fe ser la verdadera teología
fundamental de la cual dependen todas las demás cosas como eslabones
de una cadena, y esta cadena caería en pedazos si esa cabeza ó
columna fundamental fuera apartada; por lo cual, si al leer el Verbo
tuviesen que pensar en otra fe que en la imputada, se apagaría esa
luz y con ella toda su teología, resultando una noche completa en la
cual desaparecería toda la Iglesia Cristiana. Les ha sido concedido
conservar esta fe como la cepa de la raíz del árbol cortado con
atadura de hierro y metal, en la hierba del campo, mojada con el
rocío del cielo, su parte con las bestias del campo, hasta que pasen
sobre ella siete tiempos (Daniel IV: 23), porque sin ella hubiera
desaparecido la Iglesia totalmente, imposibilitando así su nuevo
nacimiento y regeneración.