VII
El Señor imputa el bien á todo hombre y el infierno imputa el mal
443.
El Señor imputa al hombre el bien y no le imputa mal alguno;
por otra parte el Diablo (es decir el infierno), imputa el mal al
hombre y no le imputa bien alguno. Esto es nuevo para la Iglesia
actual. Es nuevo, porque á menudo se lee en el Verbo que Dios se
enoja, toma venganza, odia, condena, castiga, echa al infierno y
mete á los hombres en tentación; cuyas cosas pertenecen al mal y son
males. Pero esto tiene su explicación como queda demostrado en el
capítulo que trata de la Sagrada Escritura; donde se ha explicado,
que el Verbo en su sentido literal se compone de apariencias y
correspondencias á fin de que haya conjunción entre la iglesia
exterior y la interior, ó sea entre el mundo y el cielo; allí se
explicó también que cuando estas cosas se leen en el Verbo, la
verdad aparente, conforme suba del hombre al cielo, se vuelve verdad
genuina, la cual es que el. Señor nunca se enoja, nunca toma
venganza, ni odia, ni condena, ni castiga, ni echa al infierno, ni
mete en tentaciones, ni hace sufrir á hombre alguno. He podido
observar esta transmutación con frecuencia en el mundo espiritual.
444.
La razón misma aprueba que el Señor no puede causar mal alguno y por
consiguiente que no puede imputarlo al hombre, siendo así que El es
el Amor mismo, la Misericordia misma y por consiguiente el Bien
mismo; perteneciendo éstos á Su Divina Esencia, por lo cual sería
negar á Su Divina Esencia el atribuir al Señor el mal ó cualquiera
cosa perteneciente al mal. Sería una contradicción y el colmo de
maldad, porque equivaldría á unir el Señor y el Diablo, ó sea el
cielo y el infierno, cuando sin embargo hay una grande sima
constituida entre ellos, de manera que los que quisieren pasar de un
lado al otro no pueden (Lucas XVI: 26). Un ángel del cielo, es
incapaz de causar pena á ser alguno á causa de la esencia del bien
que del Señor está en él; y por otra parte, un espíritu del infierno
sólo puede obrar el mal, por la naturaleza mala que del Diablo lleva
en sí mismo. La esencia ó naturaleza adquirida en el mundo no cambia
después de la muerte. Si el hombre recibiese de Dios, no sólo el
bien, sino también el mal de su vida, es decir, si recibiese el
influjo del bien y también el del mal, simultánea y directamente en
su voluntad, resultaría que ni sería frío ni caliente, sino tibio, y
sería vomitado según las palabras del Señor en el Apocalipsis (III:
15; 16); y ¿cómo sería el Señor si mirase al malvado é impío con
enojo y al bueno y piadoso con misericordia, sabiendo que dentro del
mal, como asimismo dentro del bien hay infinita variedad? Y ¿cómo
sería si por gracia salvara á los buenos y por venganza condenase á
los malvados, es decir, si tuviera que mirar á cada uno con ojos
diferentes, con todo grado de dulzura y benevolencia y con todo
grado de severidad y enojo, y obrar en su consecuencia por
influencia directa?
445.
El Señor no causa mal á hombre alguno; no echa á ninguno al
infierno; pero imputa el bien á todo hombre, y, tanto como el hombre
consienta, le levanta al cielo. Esto procura hacer con todos, hasta
con los peores; no juzga, no condena, sino con el bien de Su amor
atrae á sí al hombre y le salva. Jesús dijo:
«Cuando sea levantado de la tierra á todos atraeré á mi mismo» (Juan
XII: 32).
«Dios no envió á Su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas
para que el mundo sea salvo por El» (III: 17).
«El
que en El cree no es condenado, mas el que no cree ya es condenado»
(III: 18).
«El
que oyere mis palabras y no las creyere, yo no le juzgo porque no
he venido á juzgar al mundo, sino á salvar al mundo.
El que me desecha y no recibe mis palabras, tiene quien le
juzgue: la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día
postrero» (XII: 47; 48).
«Yo
no juzgo á nadie» (VIII: 15).
En
estos y otros pasajes del Verbo juzgar quiere decir condenar al
infierno; cuando habla de la salvación no dice juzgar, sino
resucitar á la vida (Juan V: 2; 29; III: 18). La palabra que ha de
condenar es la verdad, y la verdad es que todo mal es del infierno y
por consiguiente que los malos y el infierno forman uno; por lo
cual, cuando un hombre impío y malvado es levantado por el Señor
hacia el cielo, su mal le arrastra hacia abajo, y puesto que ama el
mal lo sigue voluntariamente. Es asimismo una verdad del Verbo que
el bien es el cielo, por cuya razón, cuando un hombre bueno y
piadoso es elevado por el Señor hacia el cielo, asciende por su
libre voluntad con gusto y es introducido. Estos son los que están
inscritos en el libro de Vida (Daniel XII: 1; Apoc. XIII: 8; XVII:
8; XXI: 27). Existe actualmente una esfera que ejerce atracción y se
esfuerza para elevar al cielo; esta esfera procede del Señor
continuamente y llena todo el mundo natural y todo el mundo
espiritual; es como poderosa corriente en el Océano que se lleva á
las naves de una manera imperceptible. Todos cuantos creen en el
Señor y viven según sus preceptos entran en esa esfera ó corriente y
son elevados; pero los que no creen no quieren entrar; se apartan á
un lado donde son arrastrados por la corriente contraria que va en
dirección al infierno.
La siguiente sección [VIII.
La fe en unión de su
cónyuge determina la sentencia. Si la verdadera fe va unida al bien,
la sentencia resulta para vida eterna; pero si la fe falsa va unida
al mal, la sentencia resulta para muerte eterna. (N. 446-448.)...]