VIII
La fe en unión de su cónyuge determina la sentencia. Si la verdadera fe va unida al bien, la sentencia resulta para vida eterna; pero si la fe falsa va unida al mal, la sentencia resulta para muerte eterna
446. Las benefactrías de la caridad hechas por un cristiano y las
que son hechas por un gentil son iguales en forma exterior, porque
ambos pueden igualmente cumplir los deberes civiles y morales para
con el prójimo, cuyos deberes son parecidos á las obras de la
caridad; ambos pueden socorrer á los pobres, aliviar á los
menesterosos, escuchar las predicaciones en los templos, pero ¿quién
puede saber si estos bienes exteriores son iguales en su forma
interior, es decir, si las obras naturales son asimismo
espirituales? Con respecto á esto nada puede concluirse, sino por
medio de la fe, porque la fe determina la cualidad de las obras,
haciendo que Dios esté presente en ellas, uniéndolas consigo en el
hombre interior; de esta manera las buenas obras naturales se
vuelven interiormente espirituales. Esto se puede ver detalladamente
en el capítulo que trata de la fe, en el cual se ha establecido los
siguientes principios:
La
fe no es viva hasta estar unida con la caridad.
La
caridad se vuelve espiritual por la fe y la fe por la caridad.
La
fe sin la caridad no es fe porque no es espiritual.
La
caridad sin la fe no es caridad porque no es viva.
La
fe y la caridad se combinan y se unen mutua y recíprocamente.
El
Señor, la caridad y la fe forman uno como la vida, la voluntad y el
entendimiento en el hombre; pero si son separados perecen como una
perla reducida á polvo.
De
esto resulta, que la fe en el Dios único y verdadero hace que el
bien sea bien también en forma interior, y por el contrario que la
fe en un dios falso hace que el bien no sea bien más que en la forma
exterior y este bien no es el bien genuino. Tal era la fe de los
gentiles en sus dioses Jove, Juno y Apolo, la dé los filestinos en
Dagon, la de otros en Baal y Baalpeor y la de Bileam, el mago, en su
dios. Pero la fe en el Señor que es el verdadero Dios y la Vida
eterna, en el cual mora la plenitud de la Divinidad corporalmente,
es del todo diferente. ¿Qué es la fe en Dios sino un mirar hacia El,
cuyo mirar causa Su presencia y al mismo tiempo la confianza de que
El nos ayuda? La fe verdadera es ésta y al mismo tiempo la confianza
de que todo bien viene de El, y que El hace que Su bien nos salva;
por lo cual, si esta fe se une con el bien, la sentencia resulta
para vida eterna, pero muy diferente si no se une con el bien y
particularmente si se une con el mal.
447. El
carácter de la conjunción de la caridad con la fe en los que creen
en tres Dioses y sin embargo dicen, que creen en Uno, ha sido
expuesto más arriba, demostrándose que la caridad se une con esta fe
sólo en el hombre exterior, natural, por cuya circunstancia la
caridad no es caridad y la fe no es fe. Esto viene de que tal mente
se mantiene en la idea de tres Dioses, mientras que la boca confiesa
Uno, y si la mente, en el momento de pronunciar la boca su
confesión, pudiese derramarse en ella, la impediría de pronunciar y
confesar un sólo Dios, y obligaría á los labios á abrirse y á
pronunciar tres Dioses.
448. El mal
no puede estar junto con la fe en el Dios único y verdadero, porque
el mal es contrario á Dios y esta fe es amiga; además el mal es de
la voluntad y la fe es del entendimiento y la voluntad influye en el
entendimiento, haciendo que éste piense y no viceversa. El
entendimiento no hace mas que enseñar lo que uno debe querer y
hacer; por lo cual el bien, hecho por un hombre, cuya voluntad es
mala, es como un hueso pulido, cuyo interior es podrido; como la
cara pintada de una ramera vieja y fea; como la mariposa, que con
alas de plata voltea entre los árboles del jardín, depositando sus
huevecitos en las hojas de árboles buenos, destruyendo así su fruto;
es como humo perfumado que sale de fuego hecho con hierba venenosa;
es como un ladrón disfrazado con manto de moralidad y como un
detractor con máscara de piedad. Su bien, que en sí mismo es un mal,
se halla escondido al interior, mientras que su fe, que no es más
que una quimera y un espectro, se pasea al exterior raciocinando.
Así es que la fe, en unión del bien ó del mal, determina la
sentencia.
La
siguiente sección [IX.
Los
pensamientos no son imputados á hombre alguno sino tan solo la
voluntad. (N. 449-450.)