X
Tres Recuerdos
451.
RECUERDO I,—En la región boreal del mundo espiritual hacia el
Oriente hay colegios para la instrucción de niños, jóvenes, hombres
y también de ancianos. Los que han muerto siendo niños, son educados
en el cielo y vienen á estos lugares; de igual manera van allí los
que llegan del mundo natural y desean adquirir conocimientos acerca
del cielo y del infierno. La región es hacia el Oriente, á fin de
que sean instruidos por influjo del Señor, porque el Señor es el
Oriente, ó sea que es el Sol allí, el cual es puro amor, procedente
de El. El calor de ese Sol es por consiguiente en su esencia amor y
la luz del mismo es en su esencia sabiduría. Estos son inspirados en
ellos por el Señor mediante este Sol y conforme la recepción, la
cual á su vez es conforme al deseo de llegar á ser sabio. Después
del período de la instrucción, los inteligentes son congeniados y se
les llama discípulos del Señor. Desde allí son enviados primero á la
región del Oeste y los que no permanecen allí van á la región del
Mediodía y algunos pasan por esta región á la región del Oriente,
siendo introducidos en las sociedades, donde se hallan sus
viviendas. Una vez al meditar sobre el cielo y el infierno sentí
anhelo de adquirir un conocimiento universal del estado de ambos,
sabiendo que quien conoce las cosas universales puede luego
comprender las particulares separadamente, porque éstas se hallan en
las universales como partes en el todo. Con este anhelo miré la
región boreal hacia el Oriente, donde están los colegios de
instrucción, y por un camino, que entonces se me abrió, llegué allí
y entré en un colegio de jóvenes. Me dirigí á los maestros, que los
instruían y pregunté si conocían las cosas universales referentes al
cielo y al infierno. Contestaron que tenían algún conocimiento de
ellas; «pero»—dijeron—«si miramos hacia el Oriente, al Señor,
seremos iluminados y sabremos». Hicieron así y dijeron: «Las cosas
universales del infierno son tres, pero éstas son diametralmente
opuestas á las universales del cielo. Las cosas universales del
infierno son estos tres amores: el amor al dominio por el amor á sí
mismo; el amor á la posesión de los bienes de otros por el amor al
mundo, y el amor adulterino. Las cosas universales del cielo,
opuestas á estos amores son estas tres: el amor de reinar por el
amor á los usos y provechos; el amor de poseer los bienes del mundo
por el deseo de prestar usos y provechos mediante ellos, y el amor
verdaderamente conyugal». Cuando hubieron dicho esto me despedí de
ellos deseándoles paz y volví á mi casa. Cuando estaba de vuelta en
ella me fue dicho del cielo: «Examina estos tres amores universales,
los de arriba y los de abajo y luego los veremos en tu mano». Se
dijo: en tu mano porque todo cuanto un hombre examine con su
entendimiento aparece á los ángeles como si estuviera escrito en las
manos. Por eso se dice en el Apocalipsis que recibieron una señal en
su frente y en su mano (XIII: 16; XIV: 9; XX: 4).
Examiné entonces el primer amor universal del infierno, ó sea el
amor de dominar por amor á sí mismo y luego el amor universal del
cielo correspondiente, ó sea el amor de reinar por amor á los usos y
provechos; porque no me era permitido examinar el uno sin el otro,
siendo así que el entendimiento no percibe el uno sin el otro por
ser opuestos, por lo cual, á fin de que haya percepción de ambos,
deben compararse y observarse el contraste entre ellos, como entre
un rostro hermoso y de perfecta forma y otro feo y mal formado,
colocado á su lado. Mientras consideraba el amor de dominar por amor
á sí mismo me fue dado percibir que este amor es en lo sumo infernal
y por consiguiente está con los que se hallan en el infierno más
profundo, y que el amor de reinar por amor á los usos y provechos es
en lo sumo celestial y por consiguiente que está con los que se
hallan en el cielo superior. El amor de dominar por amor á sí mismo
es en lo sumo infernal, porque dominar por amor á sí mismo es
dominar desde su propia naturaleza, y esto es por nacimiento el mal
mismo del hombre y el mal mismo es directamente opuesto al Señor,
por cuya razón, cuanto más el hombre se introduce en este mal tanto
más niega á Dios y las santas cosas de la Iglesia, adorando á sí
mismo y á la Naturaleza; si los que se hallan en este mal quieren
examinarse á sí mismo lo verán. Este amor es además tal que en la
medida, que se le da rienda suelta, lo cual sucede cuando no hay
obstáculos que le interceptan el paso, sube gradualmente hasta la
suma altura y tampoco allí se encuentra contento, mas profiere
quejas y lamentos por no poder subir más alto. Con los hombres que
se ocupan de política este amor aumenta hasta querer ser reyes y
emperadores, y si posible dominar sobre todo el mundo y ser llamado
rey de reyes y emperador de emperadores, mientras que este mismo
amor entre los eclesiásticos aumenta hasta el punto de querer ser
dioses y tanto como posible dominar sobre el cielo y ser llamados
Dios de dioses. Que esta clase de gente en su corazón no reconoce á
Dios alguno se verá en lo que sigue; por otra parte, los que quieren
reinar por amor á los usos y provechos no quieren reinar por sí
mismos sino por el Señor, puesto que el amor á los usos es del Señor
y es el Señor mismo. Estos miran á las dignidades sólo como medio de
ser útiles, estimando los usos mucho más que las dignidades,
mientras que los otros estiman las dignidades mucho más que los
usos.
Mientras meditaba sobre esto me fue dicho de parte del Señor por
medio de un ángel: «ahora verás y por ver te enterarás de qué
cualidad es este amor infernal». Entonces de repente se abrió la
tierra á la izquierda y vi á un demonio salir del infierno; llevaba
en su cabeza una gorra cuadrada, que ocultaba la frente hasta los
ojos; tenía la cara cubierta de pústulas como si ardía en fiebre,
los ojos tenían una expresión salvaje, el pecho era dilatado como un
bombo, y de su boca salía humo como de un horno; sus lomos ardían
por un fuego violento; en lugar de pies las extremidades inferiores
eran huesos sin carne, y su cuerpo despedía calor de un olor
nauseabundo é impuro. Horripilado por la aparición de este monstruo
le grité: «no te acerques; dime de dónde eres». Contestó con voz
ronca: «soy de las regiones inferiores, donde vivo en una sociedad
de doscientos, que es preeminente sobre todas
las demás sociedades. Nosotros somos todos emperadores de
emperadores, reyes de reyes, duques de duques y príncipes de
príncipes; no hay allí alguien que sea meramente emperador, rey,
duque ó príncipe; estamos sentados en tronos de tronos y emitimos
decretos por el mundo entero y aun más allá». Entonces le dije: «¿No
ves que eres demente á causa de tu fantasía de preeminencia?» Y él
contestó: «¿Cómo puedes hablar así, puesto que á nuestro propio
parecer somos tales personajes y reconocidos por tales por nuestros
compañeros?» Oyendo esto no quise decir otra vez «eres un demente»,
porque lo era por su fantasía, y me fue dado saber que este demonio,
mientras estaba en el mundo era un simple mayordomo en una casa
particular y que entonces era tan altivo de espíritu, que
despreciaba á toda la raza humana en comparación consigo, y se
imaginaba que valía más que un rey y más que un emperador. A causa
de este orgullo había negado á Dios, considerando las santas cosas
de la Iglesia como de ningún valor para él, pero buenas para la
gente sencilla, estúpida. Finalmente le pregunté: «¿Cuánto tiempo os
gloriáis de esa manera allí entre vosotros doscientos?» Dijo:
«Siempre; pero los que atormentan á otros por negar su preeminencia
se hunden; porque nos es permitido gloriarnos, pero no causar daño á
otros.» Otra vez le pregunté: «¿Sabes la suerte de los que se
hunden?» Dijo: «Se hunden á cierta prisión, donde son llamados viles
de los viles, ó los más viles de todos, y donde trabajan.» Entonces
dije á este demonio: «Ten cuidado, pues, de no hundirte tu también».
Luego el suelo se abrió de nuevo; pero esta vez á la derecha, y vi
subir otro demonio; llevaba en la cabeza una cosa que parecía una
mitra, rodeada de un cordón como de una serpiente, cuya cabeza salía
de la corona. Su cara era leprosa desde arriba hasta abajo y sus dos
manos igualmente; los lomos eran desnudos y negros como el hollín,
pero al través de la negrura se dejaba ver un fuego sombrío como de
carbón encendido; las extremidades inferiores parecían dos víboras.
Al aparecer éste, el otro demonio se echó de rodillas adorándole. Le
pregunté por qué y contestó: «El es Dios del cielo y de la tierra y
tiene todo poder». Entonces pregunté al otro: «¿Qué dices de esto?»
Contestó: «¿Qué he de decir? Tengo potestad sobre el cielo y sobre
el infierno, la suerte de todas las almas está en mis manos.» Otra
vez le pregunté: «¿Cómo puede el que es emperador de emperadores
humillarse así, y cómo puedes tú admitir su adoración?» La
contestación fué: «El es mi siervo así y con todo. ¿Qué es un
emperador comparado con Dios? el rayo de la excomunicación está en
mi mano derecha.» Entonces le dije: «¿Cómo puedes ser tan insensato?
En el mundo eras sencillamente un prelado, y por abandonarte á la
fantasía de que tenías las llaves y por consiguiente el poder de
atar y desatar has llevado á tu espíritu á tal punto de locu¬ra que
ahora te figuras que eres Dios Mismo.» Enfadado por esto juró que lo
era, y que el Señor no tiene poder en el cielo, «porque»—dijo—«lo ha
transferido á nosotros; no necesitamos más que dar órdenes para que
el cielo y el infierno nos obedezcan reverentemente; si mandamos
alguien al infierno los demonios le reciben en seguida, como
asimismo los ángeles reciben á los que mandamos al cielo.» Pregunté
además: «¿Cuántos sois en vuestra sociedad?» Dijo: «Trescientos; y
todos somos allí dioses de dioses.» Luego el suelo se abrió debajo
de los pies de ambos y se hundieron profundamente dentro de sus
infiernos; me fue dado ver que debajo de sus infiernos había
presidios, dentro de los cuales se hundirían los que causaren mal á
otros, porque cada uno en el infierno puede abandonarse á su
fantasía y tiene libertad de gloriarse en ella, pero no le es
permitido causar mal á otros. Así son allí, porque el hombre está
entonces en su espíritu, y el espíritu, una vez separado del cuerpo,
tiene completa libertad de obrar conforme á sus inclinaciones y á
los pensamientos que proceden de ellas. Más tarde me fue dado mirar
dentro de sus infiernos y el infierno, donde estaban los emperadores
de emperadores y los reyes de reyes estaban llenos de inmundicia, y
ellos mismos tenían el aspecto de fieras de varias clases con ojos
de fuego. Un aspecto parecido tenía el otro infierno, donde estaban
los dioses de dioses; y en éste se veían aves nocturnas de un
aspecto asqueroso, llamados «Ochim» é «Ijim», volteando alrededor de
ellos; así se presentaban ante mi vista las imágenes de sus
fantasías. Por esto me fué manifiesto de qué carácter es el amor á
sí mismo, el político y el eclesiástico; éste último infunde la
pasión de querer ser dioses, pero el primero la de querer ser
emperadores, y esta ambición y anhelo tienen en cuanto dan rienda
suelta á estos amores.
Cuando había visto estas cosas tristes y espantosas miré alrededor
de mí y vi á dos ángeles que se hallaban á corta distancia
conversando entre sí; el uno llevaba un manto de lana, fulgurante
como llamado fuego, color púrpura y debajo de ella una túnica de
lino fino blanco y resplandeciente; el otro llevaba igual prenda de
color escarlata y una mitra, á cuyo lado derecho centelleaban
piedras preciosas. Me acerqué á ellos y con un saludo de paz
pregunté reverentemente: «¿Por qué estáis aquí abajo?» y
contestaron: «Hemos bajado del cielo por orden del Señor para hablar
contigo de la suerte bienaventurada de los que desean reinar por
amor á los usos y provechos. Adoramos al Señor: yo soy príncipe de
una sociedad; este es alto, sacerdote en ella». El príncipe dijo
además que era siervo de su sociedad, porque la servía, prestando
usos; y el otro dijo que era sacerdote de la iglesia allí y asimismo
siervo, porque ministraba las cosas sagradas para el bien de las
almas, y también que ambos se hallaban en un gozo perpetuo, que
influía en ellos, procedente del Señor, y que todas las cosas en esa
sociedad eran de un esplendor y una magnificencia indecibles; su
esplendor tiene por el oro y por las piedras preciosas y su
magnificencia por los palacios y paraísos. Dijeron también: «Esto es
porque nuestro amor de reinar no viene del amor á sí mismo sino del
amor á los usos, y puesto que el amor á los usos viene del Señor,
resplandecen y fulguran todos los usos en el cielo. Todos tenemos
este amor en nuestra sociedad y la atmósfera allí parece ser de oro
por la luz que deriva de la llama del Sol, cuya llama corresponde á
este amor». Al pronunciarse estas palabras una esfera similar
apareció delante de mí, rodeando á los ángeles y percibí un olor
perfumado, aromático, procedente de ellos, lo cual les dije,
suplicándoles de contarme más acerca del amor á los usos.
Continuaron así: «Las dignidades que nos son concedidas, solicitamos
por cierto, pero sólo con el objeto de poder así más llenamente
prestar usos y extender el círculo de nuestra actividad. Nos hacen
también demostraciones de honor y las aceptamos, no por causa de
nosotros mismos, sino por el bien de la sociedad, porque nuestros
hermanos y compañeros allí que son de la gente común, apenas saben
sino que los honores de nuestra dignidad están en nosotros mismos y
por consiguiente que los usos que prestamos vienen de nosotros
mismos, pero percibimos que no es así en realidad: conocemos que los
honores de la dignidad están fuera de nosotros y que son como
prendas de las cuales somos revestidos; pero que los usos que
prestamos, vienen del amor á los usos, es decir, del interior, del
Señor, y este amor encuentra su felicidad con comunicarse á otros
por medio de los usos. Sabemos por experiencia, que en cuanto
prestamos usos por amor á los usos, aumenta este amor, y con él
también la sabiduría, por medio de la cual se verifica la
comunicación, pero en cuanto guardamos los usos en nosotros sin
realizarlos, la felicidad perece, y entonces el uso viene á ser como
alimento en el estómago, no como el alimento que, distribuido por el
cuerpo, nutre toda parte del mismo, sino como el alimento sin
digerir que causa náusea. En una palabra: el cielo entero es un
conjunto de usos desde sus primeras hasta sus últimas cosas. ¿Qué es
el uso sino amor al prójimo realizado en obras? Y ¿qué mantiene en
conjunto al cielo sino este amor?» Al oír esto pregunté: «¿Cómo
puede uno saber si presta usos por el amor á sí mismo ó por el amor
al prójimo? Todos, tanto buenos cuanto malos, prestan usos y los
prestan por virtud de algún amor; supongamos que hay en el mundo una
sociedad, compuesta exclusivamente de demonios, y otra sociedad,
compuesta exclusivamente de ángeles; creo que los demonios en su
sociedad por el fuego de su amor egoísta prestarían tantos usos,
como los ángeles en la suya; ¿quién puede, pues, saber de qué amor y
de qué origen son los usos?» A esto contestaron los dos ángeles:
«Los demonios prestan usos por causa de sí mismos y para conseguir
fama, á fin de que sean elevados á honores, ó puedan ganar fortuna;
pero los ángeles no prestan usos por tales motivos, sino por causa
de los usos, por amor á ellos. El hombre no puede distinguir entre
los usos en otros, pero el Señor los distingue; todo el que cree en
el Señor y huye de los males por ser pecados, presta usos por virtud
del Señor; pero todo el que no cree en el Señor y no huye de los
males por ser pecados, presta usos por su propia virtud y por causa
de sí mismo. Esta es la diferencia entre los usos hechos por los
demonios y los usos hechos por los ángeles». Cuando hubieron dicho
esto los dos ángeles se fueron, y á una distancia parecían ser
llevados en un carro de fuego, como Elías, y subieron á su cielo.
452.
RECUERDO II. Pasado algún tiempo entré en cierto boscaje y
paseándome allí iba meditando sobre los que se hallan en codicia y
por ello en la imaginación de poseer las cosas del mundo. Vi allí á
una distancia, á dos ángeles conversando entre sí y mirándome á su
vez; me acerqué y cuando estaba cerca de ellos me hablaron y
dijeron: «Percibimos en nosotros que estás meditando en el mismo
sujeto del cual estamos hablando, ó sea que estamos hablando del
mismo sujeto en el cual estas meditando, lo cual es debido á una
comunicación recíproca de las inclinaciones». Les pregunté, cuál era
el sujeto de su conversación y dijeron: «fantasía, codicia é
inteligencia, y en este momento hablamos de los que encuentran su
goce en pensar é imaginarse qué poseen todas los cosas del mundo».
Les invité á expresar sus ideas con respecto á las tres cosas:
codicia, fantasía é inteligencia, y empezando dijeron, que todo
hombre se halla desde su nacimiento interiormente en codicia, pero
por la educación exteriormente en inteligencia; y que nadie se halla
en inteligencia, mucho menos en sabiduría interiormente, sino por el
Señor, «porque»—dijeron—«todo hombre es apartado de la codicia y
mantenido en inteligencia, conforme su mirar hacia el Señor y al
mismo tiempo conforme su conjunción con El; sin esto el hombre es
enteramente codicia, pero exteriormente, con respecto al cuerpo, se
halla sin embargo en inteligencia por la educación, porque ambiciona
honores y fortunas, ó eminencia y opulencia, y no las consigue sin
mostrarse moral y espiritual, es decir, inteligente y sabio y desde
la infancia aprende á mostrarse así. Esta es la razón por la cual
invierte su espíritu tan pronto se halla entre otros, en compañía,
apartándolo de la codicia y hablando y comportándose conforme las
reglas de decencia y decoro que aprendió desde su infancia, las
cuales retiene en su memoria exterior, cuidando con esmero de que no
se manifieste en manera alguna la loca codicia, en la cual se halla
su espíritu. De ahí que todo hombre, que no sea interiormente guiado
por el Señor, es embustero, sicofanta, hipócrita, y tiene apariencia
de hombre, pero no es hombre; se puede decir de él que su cáscara es
sabia, pero su médula, ó sea su espíritu, es insano. Igualmente se
puede decir de él que su exterior es humano, pero su interior
ferino. Tales personas miran hacia arriba con su occipucio y hacia
abajo con su frente, andando de esta manera, como quebrantados por
el cansancio, cabizbajos, cara hacia la tierra. Cuando dejan el
cuerpo material sus espíritus, que entonces se hallan en completa
libertad, son la locura misma de su codicia, porque los que se
hallan en el amor á sí mismos desean dominar sobre el universo, y
hasta extender sus límites á fin de poder extender su dominio hasta
más allá; no quieren ver fin en sentido alguno. Los que se hallan en
el amor al mundo desean poseer todo cuanto hay en él, y padecen pena
y tienen envidia cuando se les oculta un tesoro, ó si llega á ser
propiedad de otro; por lo cual á fin de que tales hombres no se
vuelvan enteramente codicia, perdiendo así todo lo humano, les es
concedido, en el mundo espiritual, pensar por el miedo de perder la
reputación, los honores y las fortunas y también por miedo de la ley
y de su castigo; les es también concedido aplicar su mente á algún
estudio ó trabajo por lo cual son mantenidos en sus exteriores y así
en un estado de inteligencia, por más delirantes é insanos que sean
sus interiores». Después les pregunté si todo el que se halla en
codicia, también se halla en la fantasía que ésta engendra;
contestaron que los que interiormente piensan en sí mismos, se
hallan en la fantasía de su codicia y se abandonan excesivamente á
la imaginación, hablando consigo mismos; porque éstos casi separan
el espíritu de su cuerpo y por la delucinación inundan el
entendimiento, regocijándose neciamente como de una posesión
universal. En tal delirio entra el hombre después de la muerte,
cuando de esa manera abstrae el espíritu del cuerpo, no queriendo
renunciar al regocijo que causa el delirio, lo cual podría hacer con
pensar en cosas religiosas, por ejemplo acerca de los males y de las
falsedades, ó mejor aún acerca del amor
irrestricto á sí mismo como destructivo del amor al Señor, y
acerca del amor irrestricto al
mundo, como destructivo del amor al prójimo.
Después de esto los dos ángeles y yo sentimos un súbito deseo de ver
á los que por el amor al mundo se hallan en la codicia visionaria, ó
en la fantasía de poseer todas las riquezas del mundo; y percibimos
que este deseo nos fue inspirado con el fin de que los conociésemos;
su lugar era debajo del suelo donde estábamos; pero encima del
infierno. Nos miramos unos á otros y dijimos: «Vamos.» Y vimos una
abertura y una escalera; descendimos por ella, y nos fue dicho que
debíamos acercarnos por el lado oriental para no entrar en la niebla
de sus fantasías, lo cual nos ofuscaría el entendimiento y nos
oscurecería la vista. Y he aquí; vimos una casa hecha de cañas,
llena de rendijas, envuelta en niebla, la cual como humo salía
continuamente por las rendijas. Entramos y vimos allí cincuenta por
un lado y cincuenta por otro, sentados en bancos, vueltos de espalda
al Oriente y Mediodía y mirando al Occidente y Septentrión. Delante
de cada uno había una mesa y sobre la mesa había bolsos llenos de
dinero y alrededor de los bolsos abundancia de monedas de oro. Y
preguntamos: «¿Es esto las riquezas de todos en el mundo?» Dijeron:
«De todos en el mundo no, pero de todos en el reino.» Su voz era
vibrante; sus rostros redondos parecían fuego, color de carne, las
pupilas de sus ojos brillaban por un reflejo verde, á causa de su
fantasía. Estábamos en medio de ellos y dijimos: «¿Creéis que
poseéis las riquezas del reino entero?» Y contestaron: «Las
poseemos.»—«¿Quién de vosotros?» preguntamos, y contestaron: «Cada
uno de nosotros.»—«¿Cómo cada uno de vosotros? Sois muchos.» — «Cada
uno de nosotros sabe: todo lo vuestro es mío no es lícito pensar,
menos aún decir: «mis cosas no son vuestras»; pero es lícito pensar
y decir: «vuestras cosas son mías». Las monedas sobre la mesa
parecían de oro puro también á nuestros ojos, pero cuando hicimos
entrar luz de Oriente se veía que eran granitos de oro, los cuales
por medio de la fantasía común magnificaban de esa manera. Dijeron
que todo el que entra tiene obligación de traer alguna cantidad de
oro, el cual cortan en pedazos y estos en granos y á fuerza de
fantasía, por unanimidad, aumentan éstos hasta que parezcan monedas
de mayor tamaño. Y dijimos: ¿No nacisteis hombres racionales? ¿de
dónde os ha venido esta locura visionaria?» Dijeron: «Sabemos que es
una vanidad de la imaginación, pero puesto que deleita á nuestra
mente interior, entramos en este lugar y disfrutamos como por la
posesión de todas las cosas; pero no permanecemos aquí mas que unas
cuantas horas; luego salimos, y cuantas veces salimos volvemos á
tener una mente sana; sin embargo, nuestra pasión visionaria vuelve
á su tiempo, y así entramos y salimos alternativamente de modo que
ora somos sabios, ora insanos, Además sabemos que una suerte dura
espera al que priva á otros de sus bienes. Preguntamos: «¿Qué
suerte?» Contestaron: «Es tragado por la tierra y echado desnudo en
alguna prisión infernal, donde tiene que trabajar por vestidos y por
alimento, y luego por unas pocas monedas, las cuales guarda y pone
en ellas el gozo de su corazón; pero si causa mal á sus compañeros
debe dar parte de sus monedas como multa.»
453.
RECUERDO III. EXTRACTO,—Las declaraciones hechas por los cuatro
grupos fueron oídas por los ángeles que se hallaban directamente
encima de ellos y dijeron entre sí: «Percibimos que nadie en la
Cristiandad sabe lo que es conciencia: enviaremos por lo tanto á uno
de nosotros allá abajo para instruirles». Y en seguida se halló en
medio de los grupos un ángel vestido de blanco, su cabeza rodeada de
una cinta resplandeciente, en la cual brillaban pequeñas estrellas;
y dirigiéndose á los cuatro grupos dijo: «Hemos oído en el cielo,
que habéis presentado, cada grupo en su turno, vuestra opinión con
respecto á la conciencia, y que la habéis considerado como un dolor
mental que invade la cabeza con pesadumbre y también el cuerpo, ó
que invade el cuerpo y por el cuerpo la cabeza. Pero la conciencia,
en y por sí considerada, no es un dolor, sino un deseo ó inclinación
espiritual de obrar conforme la religión y la fe. De ahí que los que
tienen conciencia se hallan en la tranquilidad de la paz y en una
felicidad interior, cuando obran conforme la conciencia, y en cierta
intranquilidad, cuando obran en contra de la misma. El dolor de la
mente, que creéis ser conciencia, no es conciencia, sino tentación,
la cual es un conflicto entre el espíritu y la carne; y este
conflicto, cuando es espiritual, es alentado por la conciencia, pero
si es meramente natural, viene de las enfermedades, que acaban de
enumerar los médicos. Lo que es la conciencia puede ilustrarse
mediante ejemplos: Un eclesiástico que tiene inclinación espiritual
de enseñar verdades para la salvación de los que forman su
congregación, tiene conciencia; pero el que enseña con cualquier
otro fin, no tiene conciencia. Un juez que mira sólo á la justicia y
la ejerce con juicio, tiene conciencia; pero el que considera
primariamente recompensa, amistad ó favores, no tiene conciencia.
Cualquiera que tiene en su poder los bienes de otros, sin que éstos
lo sepan, y tiene ocasión de poder apropiarse de ellos sin miedo de
perder su honor y su reputación, y sin embargo los restituye al
otro, por no querer tomar lo que no le pertenece, éste tiene
conciencia, porque obra justicia por amor á la justicia. Así también
el que puede conseguir un oficio, pero sabiendo que lo busca otro,
que es más apto y puede ser de más utilidad á la sociedad, cede su
lugar á éste en beneficio de la sociedad, éste tiene conciencia. Así
también en otras cosas. Todos los que tienen conciencia dicen de
corazón lo que dicen y hacen de corazón lo que hacen, porque tienen
una mente no dividida, hablando y obrando según lo que piensan y
creen ser verdad y bien. Sigue de esto que el que se halla en
verdades de la fe más que otros y en una percepción más clara que
otros, puede tener una conciencia más perfecta, que los que se
hallan en menos iluminación y en una percepción oscura. En la
verdadera conciencia está la vida espiritual del hombre, porque en
ella su fe entra en conjunción con la caridad; tales hombres, al
obrar por su conciencia, obran por consiguiente por su vida
espiritual, y para ellos el obrar en contra de la conciencia es
obrar en contra de su vida. Además ¿quién ignora, por la
conversación común, lo que es conciencia? Cuando se dice de alguien:
«Este tiene conciencia», ¿no quiere esto decir también que es hombre
justo? Y si de otro se dice: «Este no tiene conciencia», ¿no quiere
esto decir también que es hombre injusto?» Cuando el ángel acabó de
hablar esto, fue elevado á su cielo, y los cuatro grupos se
mezclaron en uno. Después de alguna conversación acerca de lo que el
ángel había manifestado, se separaron nuevamente en cuatro grupos,
pero éstos no eran los mismos que antes; en uno de ellos se hallaban
los que comprendían las palabras del ángel y consentían; en el
segundo estaban los que no las comprendían, pero que sin embargo las
favorecían; en el tercero los que no querían comprenderlas diciendo:
«¿Qué tenemos que ver con conciencia?», y en el cuarto los que se
reían de las palabras del ángel, diciendo: «¿Qué es conciencia? nada
más que flatulencia», y los vi alejarse; los dos primeros grupos se
fueron por la derecha y los dos últimos por la izquierda; éstos
bajaban, mas aquéllos subían.