La Infinidad de Dios ó sea Su Inmensidad y
Eternidad
23.
Hay dos cosas propias del mundo natural, que hacen que todas las
cosas en este mundo son finitas ó limitadas. Una de ellas es el
Espacio, la otra es el Tiempo. Y puesto que el mundo fue creado por
Dios y con el mundo los espacios y los tiempos, será conveniente
tratar de sus respectivos principios, que son Inmensidad y
Eternidad. De estos principios trataremos en los siguientes seis
artículos. La Inmensidad de Dios se relaciona con los espacios y Su
Eternidad con los tiempos. Su Infinidad se refiere á Su Inmensidad y
á Su Eternidad.
I
Dios es infinito, puesto que es y existe en Sí Mismo, y que
todas las cosas del Universo son y existen por El.
24.
Queda explicado, que Dios es Uno; que El es lo Propio; que es el
primer Esse de todas las cosas, y que todas las cosas, que son,
existen y subsisten en el Universo, son, existen y subsisten por
virtud de El. De ahí sigue que El es Infinito. La razón humana puede
ver y comprender esto por muchas cosas en el mundo natural; pero por
más que pueda así comprender, que el Primer Ser, ó Esse, es
infinito, no puede sin embargó formarse idea de lo que es lo
Infinito en sí mismo, mas que como siendo infinitamente Todo, y como
Aquello que subsiste en sí mismo y que en su consecuencia es la
propia y única Sustancia y la propia y única Forma, de las cuales
vienen todas las sustancias y formas. Mas aun así no aparece lo que
es la Infinidad misma; y no puede aparecer, porque la mente humana,
por más elevada y altamente analítica que sea, no deja de ser
finita, y esta finidad no puede ser apartada, por lo cual no puede
en manera alguna ver la Infinidad de Dios, que es Dios Mismo. Puede
sin embargo verle como vería Su sombra, ó por la espalda, como le
vio Moisés (Éxodo XXXIII, 20 al 23). Por las cosas posteriores, ó
sea la espalda de Dios, se entiende las cosas visibles de la
Naturaleza, particularmente las cosas perceptibles en el Verbo. Y á
los hombres basta verle así. El que se esfuerza para ver más, ó
comprender más, con respecto á la Infinidad de Dios, puede
compararse con un pez fuera del agua, ó con un pajarito debajo de la
campana de una bomba neumática; á medida que se extrae el aire,
lucha por falta de respiración y finalmente muere.
II
Dios es infinito porque era antes del mundo, por
consiguiente antes, de existir espacios y tiempos.
25. En el mundo natural hay
tiempos y espacios, mas en el mundo espiritual no los hay en
realidad, sino solo en apariencia. Los tiempos y los espacios fueron
introducidos en los mundos; á fin de que mediante ellos pudiera el
hombre distinguir una cosa de otra; lo grande de lo pequeño, lo
mucho de lo poco; por consiguiente, cantidad de cantidad y también
cualidad de cualidad, pudiendo así los sentidos corporales
distinguir entre sus objetos y los sentidos de la mente entre los
suyos y el hombre ser afectado, pensar y elegir. Los tiempos fueron
introducidos en el mundo natural mediante la rotación de la tierra
alrededor de su eje y mediante los progresos de estas rotaciones por
la vía del zodiaco, de estación á estación, aunque parezca que estos
cambios se verifican por el Sol, del cual todo el globo terrestre
recibe su calor y su luz. De ahí vienen las divisiones del día que
son mañana, medio día, tarde y noche, y las temporadas del año que
son primavera, verano, otoño é invierno, siendo las divisiones del
día para luz y oscuridad y las temporadas del año para calor y frío.
Los espacios fueron introducidos en el mundo natural mediante la
forma globular de la tierra, llena de varias materias, cuyas partes
se distinguen unas de otras, hallándose al mismo tiempo extendidas.
Pero en el mundo espiritual no hay espacios materiales ni tiempos
materiales, correspondientes á ellos; sin embargo hay apariencia de
ellos, cuyas apariencias se presentan según los cambios del estado,
en que se hallan las mentes de los ángeles y espíritus, que viven
allí; por lo cual los tiempos y los espacios allí son determinados
por el afecto de su voluntad y por consiguiente por los pensamientos
de su entendimiento. La opinión común, con respecto al estado de las
almas después de la muerte, y por consiguiente también de los
ángeles y espíritus, es que no se hallan en extensión alguna y por
consiguiente no en tiempo ni en espacio. De acuerdo con esta idea se
dice, respecto de las almas después de la muerte, que están en un
lugar indeterminado, y que espíritus y ángeles son seres aeriformes,
es decir, que son seres de éter, aire, vapor ó viento, cuando sin
embargo son hombres sustanciales y viven juntos como los hombres en
la tierra, sobre extensiones y en tiempos, los cuales, como ya se ha
dicho, son determinados por el estado de sus mentes. Si así no
fuese, es decir, si no hubiera extensiones y tiempos allí, este
mundo donde las almas entran después de la muerte, y donde viven los
ángeles y los espíritus, podría en efecto ser pasado por el ojo de
una aguja ó concentrado sobre la punta de un pelo; pero puesto que
allí hay extensión, moran los ángeles y los espíritus allí
separadamente, distintos unos de otros y hasta más distintos que los
hombres en la tierra, los cuales viven sobre una extensión material;
mas en ese mundo los tiempos no se distinguen en días, semanas,
meses y años, porque el sol allí no parece levantarse y ponerse ni
adelantar y retroceder por el zodiaco, sino que permanece
estacionario en el Este á una altura media entre el zenit y el
horizonte. Tienen también espacios; porque todas las cosas en ese
mundo son sustanciales, como en el mundo natural son materiales;
pero con respecto á esto se dirá más luego. Por lo aquí expuesto
puede comprenderse, que los tiempos y espacios hacen finitas á todas
las cosas en ambos mundos, y que en su consecuencia los hombres son
finitos, no sólo con respecto á sus cuerpos, sino también con
respecto á sus almas, como igualmente lo son los ángeles y los
espíritus. De aquí puede concluirse que Dios es infinito; es decir,
no finito, siendo así que El, como el Creador, Hacedor y Formador
del universo, hizo finitas todas estas cosas; y las hizo finitas
mediante Su Sol, en medio del cual está El mismo, y cuyo Sol
consiste de la Divina Esencia la cual como una esfera procede de El.
En este Sol principia la finidad; y desde allí se extiende hasta las
últimas cosas en el mundo natural. Sigue de sí mismo que Dios es
infinito, siendo así que es increado; mas lo infinito parece al
hombre como nada, por la razón de que el hombre es finito y piensa á
raíz de lo finito; por lo cual, si fuera apartado lo finito, que
adhiere á sus pensamientos, le parecería como si lo restante fuera
nada. La verdad es, sin embargo, que Dios es infinitamente todo, y
que el hombre, en y por sí mismo, es respectivamente nada.
III.
Dios, desde que el mundo fue hecho, está en espacio, sin
espacio, y en tiempo, sin tiempo.
26.
Por una idea meramente natural no se puede comprender, que Dios y lo
Divino, que más inmediatamente procede de El, no está en espacio,
por más que es omnipresente con todo hombre en el mundo, con todo
ángel en el cielo y con todo espíritu debajo del cielo, mas por una
idea espiritual se puede comprender hasta cierto punto. No se puede
comprender mediante una idea meramente natural, porque en esta idea
hay espacio, siendo formada de las cosas que hay en el mundo, y en
todas las cosas visibles al ojo hay algo de espacio; toda medida,
figura y forma en este mundo viene de espacio; puede sin embargo
comprenderse por medio del pensamiento natural con tal que se admita
en él alguna luz espiritual. Pero primero se dirá algo acerca de las
ideas del pensamiento espiritual; estas ideas nada derivan de
espacio, sino que derivan todo de estado. Estado se predica del
amor, de la vida, de la sabiduría, de los afectos, de la alegría y
en general de la verdad y del bien. Una idea verdaderamente
espiritual con respecto á estas
cosas nada de
común tiene con espacio;
es superior, y desde su plano más elevado mira á las ideas,
derivadas de espacio, que están debajo de ella, como el cielo mira á
la tierra. Dios se halla presente en el espacio, sin espacio, y en
el tiempo, sin tiempo, porque El es siempre el mismo desde la
eternidad hasta la eternidad, y por consiguiente es el mismo después
de la creación del mundo que antes de la creación; y siendo el
mismo, sigue que está en espacio, sin espacio, y en tiempo, sin
tiempo; de ahí resulta que la Naturaleza está separada de El y sin
embargo es El omnipresente en ella; casi de la misma manera que la
vida está presente en toda parte sustancial y material del hombre,
es decir, sin mezclarse con él; comparativamente como la luz está en
el ojo, el sonido en el oído, el gustó en la lengua, ó como el éter
está en la tierra y en las aguas, por medió del cual el globo
terrestre es mantenido en conjunto y en movimiento de rotación, y
caso dé ser apartados estos agentes, caerían en pedazos las cosas
sustanciadas y materializadas (substancíala et materiata) y serían
disueltas; hasta la mente humana, si no fuera porque Dios está
presente en ella en toda parte y en todo tiempo, sería disuelta como
un globo de agua que se deshace en el aire, y los cerebros, por
medio de los cuales la mente actúa desde sus principios, se
disolverían como espuma, de manera que todo lo humano se volvería
polvo de la tierra ú olor flotante en la atmósfera. Puesto que Dios
está en todo tiempo sin tiempo, habla en Su Verbo en el presente,
cuando habla del pasado ó del porvenir, como por ejemplo en Isaías:
«Niño nos es nacido, hijo nos es dado, cuyo nombre es el Fuerte, el
Príncipe de paz» (IX: 6).
Y
en David:
«Yo
publicaré el decreto: Jehová me dijo: Mi hijo eres tú, Yo te
engendré hoy» (Salmo II: 7).
Estas palabras se refieren al Señor que había de venir; en otro
salmo dice David:
«Mil años delante de tus ojos son como el día de ayer» (Salmo XC:4).
Que
Dios se halla presente en toda parte del mundo y que sin embargo no
hay en El nada del mundo, es decir, nada en lo cual hay tiempo y
espacio, pueden ver claramente por varios otros
pasajes del
Verbo los que escudriñan atentamente, como por ejemplo por
éste:
«¿Soy Yo Dios de poco acá y no Dios de mucho ha? ¿Ocultarse alguno
en escondrijos, que yo no lo vea? ¿No hincho yo el cielo y la
tierra?» (Jeremías XXIÍI. 23; 24).
IV
La Infinidad de Dios con relación á espacios se llama
Inmensidad y con relación á tiempos Eternidad, mas á pesar de
existir estas relaciones, nada de espacio hay en Su Inmensidad ni de
tiempo en Su Eternidad.
27.
La razón por la cual la infinidad de Dios con relación á espacios se
llama inmensidad es que inmenso se predica de todo cuanto es grande
y voluminoso y también de lo que es extenso y de lo que es espacioso
en su extensión. Mas la razón por la cual la infinidad de Dios con
relación á tiempos se llama eternidad es que hasta la eternidad se
dice de las cosas que son progresivas (medidas por tiempo) y sin
fin, por ejemplo: las cosas pertenecientes á espacio se predican del
globo terrestre en y por sí considerado, y las cosas pertenecientes
á tiempo se predican de su movimiento de rotación y su progreso por
la eclíptica; las últimas hacen los tiempos, las primeras los
espacios, y así las presentan los sentidos en la percepción de las
mentes reflexivas. Mas en Dios nada hay de espacio ni de tiempo,
según queda demostrado más arriba, y sin embargo los principios de
éstos proceden de Dios; de ahí que Su infinidad con respecto á
espacios se concibe como inmensidad y Su infinidad con respecto á
tiempos como eternidad; mas en el cielo los ángeles perciben, por la
inmensidad de Dios Su Divinidad con respecto al Esse, y por Su
eternidad Su Divinidad con respecto al Existere; así como por Su
inmensidad entienden Su Divinidad con respecto al Amor y por Su
eternidad Su Divinidad con respecto á la Sabiduría, porque los
ángeles abstraen de la Divinidad todo espacio y tiempo y de ahí
resultan las indicadas nociones. Pero puesto que el hombre no puede
pensar mas que por ideas, derivadas de las cosas que son de espacio
y tiempo, no puede percibir cosa alguna con respecto á la inmensidad
de Dios antes de existir los espacios ni de Su eternidad antes de
existir los tiempos; y cuando se esfuerza para percibirlo, es como
si su mente cayera en desmayo y es casi como uno que, habiendo caído
al agua, se halla á punto de ahogarse, ó como uno que viene á
establecerse en medio de un terremoto en vísperas de ser engullido
por él, y si el hombre persiste en querer penetrar en esas cosas,
entra en un delirio y entonces es fácilmente inducido á negar á
Dios. Una vez—dice Swedenborg—me hallaba yo en este caso, mientras
pensaba de lo que Dios hubiera sido desde eternidad, y lo que hacía
antes de la creación del mundo; si deliberaba sobre la creación,
formando el plan del mismo, si un pensamiento deliberativo era
posible en un vacío completo, y
otras cosas vanas. Mas á fin de que á causa de tales cosas no me
volviese loco, fui elevado por el Señor á la esfera y á la luz en la
cual están los ángeles interiores, y después de apartada algo la
idea de espacio y de tiempo, en que me hallaba, me fue dado
percibir, que la eternidad de Dios no es una eternidad de tiempo, y
siendo así que antes de la creación del mundo no había tiempo, era
pura vanidad el pensar semejantes cosas respecto de Dios, y puesto
que lo Divino ab eterno, que es abstracto de todo tiempo, no
envuelve días, años ó edades, los cuales por Dios son como un solo
instante, vine á la conclusión de que el mundo fue creado por Dios,
no en el tiempo, sino que el tiempo fue introducido por Dios, junto
con la creación. A esto añadiré la siguiente circunstancia, digna de
mencionarse. ¡En una de las extremidades del mundo espiritual se ven
dos estatuas de forma humana monstruosa, con bocas abiertas de par
en par y sus mandíbulas dilatadas, por cuyos monstruos se figuran,
que van á ser devorados los que piensan cosas vanas y necias acerca
de Dios ab eterno; pero estos monstruos son las fantasías en las
cuales se introducen los que piensan cosas absurdas é inconvenientes
acerca de Dios, de cómo era antes dé la creación del mundo.
V
La razón ilustrada puede por muchas cosas en el mundo ver la
infinidad de Dios.
28.
Se enumerará aquí algunas cesas por medio de las cuales la razón
humana puede ver la infinidad de Dios. Primero: Que en el universo
creado no hay dos cosas idénticas; que tal identidad no existe en el
orden simultáneo ha visto y demostrado la humana ciencia por medio
de la razón/ y hemos de reconocer que las cosas sustanciales y
materiales en el universo, consideradas individualmente, son
infinitas en número; que tampoco existe identidad entre dos efectos
en cosas del orden sucesivo en el mundo, puede verse por la rotación
de la tierra, cuya excentricidad en los polos hace, que no haya
repetición de una misma cosa. Que no existe identidad puede constar
también por los rostros humanos, siendo así que en todo el mundo no
hay dos rostros perfectamente iguales ó idénticos, ni habrá en toda
la eternidad. Esta infinita variedad no podría posiblemente existir,
si no fuera por la infinidad de Dios el Creador. Segundo: Por los
ánimos humanos, viendo que no hay dos ánimos exactamente iguales ó
idénticos, por lo cual dice el refrán: «cuántos hombres, tantos
ánimos»; por consiguiente la mente, es decir, la voluntad y el
entendimiento de uno, no es jamás enteramente igual, ó la misma, que
la de otro, y por ello tampoco lo es el habla de uno, con respecto
al pensamiento del cual procede; ni es su acto, con respecto al
gesto y á la inclinación, exactamente igual ó idéntico con el de
otro, por cuya variedad infinita puede verse la infinidad de Dios
como en un espejo. Tercero: Que hay una especie de inmensidad y
eternidad inherente en cada simiente, tanto en animales cuanto en
plantas; consistiendo la inmensidad en que puede multiplicarse
infinitamente y la eternidad en que esta multiplicación ha
continuado desde la creación del mundo hasta ahora y continuará
perpetuamente. Tómese del reino animal por ejemplo los peces del
mar: si se multiplicaran según la abundancia de su simiente,
llenarían el océano dentro de veinte ó treinta años, las aguas
desbordarían, inundarían y destruirían la tierra, mas á fin de que
esto no sucediera, dispuso Dios que un pez sirviese de alimento á
otro. El caso es igual con la simiente de las plantas; si brotasen y
se desarrollasen cuantas plantas proceden de cada una anualmente,
llenarían en veinte ó treinta años, no solo la superficie de esta
tierra, sino también la de varias otras, siendo así que hay hierbas
y arbustos, de los cuales una sola simiente produce centenares y
millares de otros. Tanto en los animales cuanto en las plantas hay
una manifestación común de la inmensidad y eternidad de Dios, porque
éstas no pueden dejar de reflejarse y manifestarse en las cosas
creadas. Cuarto: La infinidad de Dios aparece á la vista de la razón
ilustrada por la infinidad del progreso de la ciencia y por ella de
la inteligencia y sabiduría de todo hombre, las cuales ambas pueden
crecer como un árbol de su simiente y como selvas y jardines de un
árbol, porque no tienen fin; la memoria del hombre es su base; el
entendimiento es donde germinan y la voluntad es donde fructifican;
estas dos facultades, el entendimiento y la voluntad, son tales que
pueden ser cultivadas y perfeccionadas hasta el fin de la vida y
después por toda la eternidad. Quinto: La infinidad de Dios puede
constar también por el infinito número de estrellas, que son otros
tantos soles y por ello otros tantos mundos ó sistemas solares;
porque en el cielo de las estrellas hay tierras, donde viven
hombres, animales, aves y plantas, lo cual—dice Swedenborg—tengo
manifestado en un opúsculo en el cual he descrito cosas que he
visto. Sexto: La infinidad de Dios ha resultado para mí aún más
evidente por el cielo de los ángeles y por los infiernos, viendo que
ambos se hallan ordenados y arreglados en innumerables sociedades ó
congregaciones, con arreglo á todas las variedades del amor al bien
y al mal, y que cada uno tiene su puesto con arreglo á su amor,
porque allí han sido acumulados todos los que han muerto de la raza
humana desde la creación del mundo, y se acumularán allí hasta el
siglo de los siglos, y á pesar de tener cada uno allí su puesto, ó
habitación particular, se hallan sin embargo todos unidos de tal
manera, que el cielo de los ángeles en su conjunto representa un
solo Hombre Divino y el infierno en su conjunto un solo demonio
monstruoso. Por esto y por las infinitas maravillas que allí
existen, ha quedado para mí manifiestamente expuesta y demostrada la
inmensidad de Dios, así corno Su Omnipotencia. Séptimo: ¿Quién, si
eleva un poco la facultad racional de su mente, puede dejar de
comprender que la existencia eterna, que todo hombre tiene después
de la muerte, solo puede proceder de un Dios eterno? Por estas y
otras cosas similares puede constar, que las cosas universales del
mundo son perpetuos tipos de la infinidad de Dios, el Creador; mas
de qué manera las cosas particulares corresponden á las universales
y representan la infinidad de Dios, es un insondable abismo y es un
océano en el cual la mente humana puede, por así decir, navegar, mas
debe cuidar mucho de que no le sorprenda el temporal, que nace del
hombre natural, el cual, estando al timón y confiado en sí mismo,
llevaría á la perdición la nave, que naufragaría con su arboladura y
velamen.
VI
Toda cosa creada es finita y lo infinito está en lo finito
como en su receptáculo y en los hombres como en sus imágenes.
29.
Toda cosa creada es finita, porque todas las cosas proceden de
Jehová Dios por medio del Sol del mundo espiritual, cuyo Sol le
circunda, y este Sol consiste de la Sustancia que sale de El, cuya
Esencia es Amor. De este Sol y por medio de su calor y su luz, fue
creado el Universo desde sus primeras cosas hasta sus últimas; mas
no pertenece aquí exponer por su orden el proceso de la creación;
algunos rudimentos se darán en las próximas páginas. Aquí solo
importa saber que una cosa fue formada de otra anterior y así fueron
formados grados, tres en el mundo espiritual y tres correspondientes
en el mundo natural y otros tantos en las cosas quiescentes, que
componen el globo terráqueo. †Es por medio de estos grados que todas
las cosas posteriores son receptáculos de cosas priores y éstas á su
vez receptáculos de cosas aún más priores, y de esta manera son por
su orden receptáculos de las cosas primarias, de las cuales consiste
el Sol del cielo de los ángeles; así es que las cosas finitas son
receptáculos de las infinitas. Esto coincide también con la
sabiduría de los antiguos, según la cual toda cosa es divisible
hasta la infinidad. La idea común es que las cosas finitas no pueden
ser receptáculos de las infinitas, porque lo finito no concibe y no
comprende lo infinito; pero por lo que he expuesto en mis obras con
respecto á la creación, queda demostrado, que Dios primero hizo
finita á su infinidad, mediante sustancias que emitió de Sí mismo,
de las cuales originó la esfera que más inmediatamente le rodea, la
cual constituye el Sol del mundo espiritual; y que luego por medio
de este Sol perfeccionó otras esferas circundantes hasta la última
que consiste de las cosas quiescentes, y de esta manera, por medio
de grados, hizo el mundo más y más finito.
Estas cosas quedan sentadas para dar satisfacción de la razón
humana, la cual no puede descansar sin ver la causa.
30.
Que la Infinidad Divina está en los hombres como en sus
imágenes, consta por el Verbo, en el cual leemos:
«Y dijo Dios: Hagamos al hombre á nuestra imagen conforme á nuestra semejanza. Y creó Dios al hombre á su propia imagen, á imagen de Dios lo creó» (Gen. I: 26; 27),
de lo cual sigue, que el hombre es un órgano recipiente de Dios. La
mente humana, por la cual y según la cual el hombre es hombre, se
halla formada en tres regiones según los tres grados; en su primer
grado es celestial, en cuyo grado se hallan también los ángeles del
cielo superior; en su segundo grado es espiritual, en cuyo grado se
hallan los ángeles del cielo intermedio, y en su tercer grado es
natural, en cuyo grado se hallan los ángeles del cielo inferior. La
mente humana, organizada según estos tres grados, es un receptáculo
del influjo Divino, mas lo Divino influye solamente en la medida en
que el hombre abre el camino; si lo abre hasta el grado más elevado,
que es el celestial, entonces es hecho una verdadera imagen de Dios,
y después de su muerte es hecho un ángel del cielo superior; mas si
prepara el camino solamente hasta el grado intermedio ó espiritual,
entonces el hombre es también hecho una imagen de Dios, mas no con
tanta perfección, y después de su muerte es hecho un ángel del cielo
intermedio; si abre el camino solamente hasta el grado inferior ó
natural, entonces el hombre, si reconoce á Dios y le adora con
verdadera piedad, es hecho imagen de Dios en el grado inferior, y
después de su muerte es hecho ángel del cielo inferior; mas si no
reconoce á Dios y no le adora con verdadera piedad, entonces se
despoja de la imagen de Dios y asume la imagen de algún animal, con
la sola diferencia de que goza de la facultad de entender y por ello
de hablar. Si entonces cierra la parte superior del grado natural,
que corresponde al grado celestial, se hace, en cuanto á su amor,
parecido á una bestia; mas si cierra la parte media del grado
natural, correspondiente al espiritual, se vuelve con respecto á su
amor como una zorra y con respecto á la vista de su entendimiento
como un ave nocturna. Si también cierra la parte inferior del grado
natural, en cuanto á su parte espiritual, se vuelve con respecto á
su amor como una fiera y con respecto al entendimiento de la verdad,
como un pez. La vida Divina, que por medio del influjo del Sol del
cielo de los ángeles anima y actúa al hombre, puede compararse con
la luz del sol del mundo y con su influjo en un objeto transparente;
la recepción de la vida en el grado superior es como el influjo de
la luz en un diamante; la recepción de la vida en el segundo grado
como el influjo de la luz en un cristal puro, y la recepción de la
vida en el grado inferior como el influjo de la luz en un vidrio, ó
en una membrana transparente; pero si este grado, en cuanto á su
parte espiritual, también es cerrado por completo, lo cual tiene
lugar cuando se niega á Dios y se adora á Satanás, entonces la
recepción de la vida de Dios es como el influjo de la luz en las
materias opacas de la tierra, como por ejemplo en madera podrida, en
tierra pantanosa, insalubre, en un fumiguero etc., porque entonces
el hombre es un cadáver espiritual.
|
†
(a) Con respecto á la procedencia y naturaleza de estos
grados véase las obras de Swedenborg' tituladas «La
Sabiduría angélica concerniente el Amor Divino y la Sabiduría Divina» y el pequeño Opúsculo que trata del «interrelación
entre el alma y el cuerpo»,
publicadas respectivamente en Ámsterdam 1763 y en Londres
1769. |