I
Los preceptos y dogmas de la iglesia actual respecto del libre albedrío. (N. 339.)
339. Antes de exponer la doctrina de la Nueva Iglesia respecto de la
libre voluntad será necesario adelantar algunos datos con respecto á
la enseñanza de la Iglesia actual sobre este particular; sin cuyos
datos personas religiosas sensatas podrían creer, que no hacen falta
nuevos conocimientos sobre este punto, porque dicen para sí mismos:
¿Quién ignora que el hombre tiene libre voluntad en cosas
espirituales? Si no la tuviera ¿por qué enseñan y predican los
ministros de la Iglesia, que el hombre debe creer en Dios, amarle y
vivir conforme los preceptos del Verbo, luchar contra los apetitos
de la carne y ser hecho nueva criatura? Y otras cosas semejantes.
Pero los siguientes extractos de la doctrina de la Iglesia actual
demostrarán que esta Iglesia en efecto niega el que el hombre tenga
libre voluntad en cosas espirituales. Los extractos han sido tomados
de Fórmula Concordice edición de Leipzig, 1756. A estas doctrinas
juran los ministros evangélicos, y una doctrina similar tienen los
reformados en todas partes del mundo cristiano. Los dogmas
referentes á la libre voluntad según esta doctrina son sumariamente
como sigue:
I.
A causa de la caída de nuestros primeros padres se halla el
hombre tan completamente corrompido, que en cosas espirituales, con
respecto á la conversión y salvación, es por naturaleza tan ciego,
que no comprende ni puede comprender el Verbo de Dios cuando es
predicado, sino que lo mira como necedad, y por propia iniciativa
nunca se acerca á Dios; antes bien es enemigo de Dios y así
permanece, hasta que por el poder del Espíritu Santo por medio del
Verbo, predicado y escuchado, por pura gracia y sin cooperación
alguna de su parte, es convertido, dotado de fe, regenerado y
renovado. (Pág. 656).
II.
Creemos que en cosas espirituales y Divinas el entendimiento,
el corazón y la voluntad del hombre que no haya
nacido de nuevo, son del todo incapaces de poder por sus propias
fuerzas naturales entender, creer, abrazar, pensar, querer, empezar,
concluir, obrar, operar ó cooperar; que con respecto al bien el
hombre es completamente corrompido y muerto, de manera que después
de la caída, antes de la regeneración, no hay en su naturaleza
siquiera una chispa de potencia espiritual por virtud de la cual
puede prepararse para recibir la gracia de Dios, aceptarla cuando le
es ofrecida, adaptarse á ella, ó ser capaz de retenerla; ni puede
por su propio poder contribuir cosa alguna á su conversión, ni en
todo ni en la mitad, ni en la más mínima parte; ni puede obrar,
operar ó cooperar por sí mismo, ó como por sí mismo, sino que es
siervo del pecado y esclavo de Satanás, por quien es movido. Así es
que á causa de su poder corrompido y su naturaleza depravada, su
voluntad, naturalmente libre, no es activa ni produce sus efectos
más que en aquellas cosas que desagradan á Dios, siendo opuestas á
El. (Pág. 656).
III. En
asuntos civiles y naturales el hombre es industrioso é ingenioso;
pero en las cosa espirituales y Divinas que se relacionan con la
salvación del alma, es como un tronco, ó como una piedra, ó como la
estatua de sal, en que fue transformada la mujer de Lot, cuyos
objetos no poseen el sentido de la vista, ni del habla, ni otro
sentido alguno. (Pág. 661).
IV.
Empero el hombre goza de una fuerza de locomoción, de la cual
dispone y la cual puede aplicar á sus miembros exteriores; puede
escuchar el Evangelio y hasta cierto punto meditar en él; pero no
obstante lo desprecia en sus íntimos pensamientos, mirándolo como
necedad y permaneciendo incrédulo. En este sentido es hasta peor que
un tronco, si el Espíritu Santo no es activo en él, causando ardor y
operando en él la fe y otras virtudes agradables á Dios, como
asimismo obediencia. (Pág. 662).
V.
En cierto sentido puede decirse, que el hombre no es
como un tronco ó como una piedra. El tronco y la piedra no
resisten; no entienden ni sienten lo que con ellos se hace, como el
hombre, el cual de su voluntad resiste á Dios hasta que haya sido
convertido á El. Es cierto que el hombre antes de su conversión es
una criatura racional, ó sea que goza de entendimiento, mas no en
cosas espirituales; y de voluntad, mas no para desear el bien que
salva. Con todo nada puede contribuir á, su conversión, y en este
sentido es peor que un tronco, ó una piedra. (Pág. 672; 673).
VI.
La conversión es enteramente operación, don y obra del
Espíritu Santo exclusivamente. El lo efectúa y opera por su virtud y
poder, mediante el Verbo, en el entendimiento, corazón y voluntad
del hombre como sujeto pasivo, de modo que el hombre no obra sino
que permanece pasivo. Con todo la conversión no se verifica como la
escultura de una estatua de la piedra, ó como se imprime un sello en
cera, porque la cera no tiene conocimiento ni voluntad. (Página,
681).
VII.
Algunos Padres y Doctores recientes dicen: Dios atrae sólo á los
voluntarios, pretendiendo así que la voluntad del hombre tiene parte
en la operación de la conversión; pero estas palabras no son
palabras sanas, porque denotan un falso concepto respecto del poder
de la voluntad humana en la conversión (página. 582).
VIII. En
los asuntos exteriores, del mundo, sujetos á la razón, le queda
todavía al hombre cierta porción de entendimiento, poder y facultad;
mas son míseros remanentes, sumamente débiles y en toda su
insignificancia tan envenenados y contaminados por la enfermedad
hereditaria, que ante Dios son completamente inválidos (página 641).
IX.
En la conversión, por medio de la cual, de ser hijo de la
ira, es hecho hijo de la gracia, no coopera el hombre con el
Espíritu Santo, puesto que la conversión es obra del Espíritu Santo
sola y exclusivamente (página '219, 579 y siguientes; 663 y
siguientes, apéndice, página 143). No obstante el hombre que nace de
nuevo puede cooperar por el poder del Espíritu Santo, mas con mucha
defectuosidad á causa de la invalidez que todavía asiste la
cooperación, y obra el bien solo mientras es conducido, dirigido y
guiado por el Espíritu Santo; no obra sin embargo en unión del
Espíritu Santo, como dos caballos arrastran un coche (página 674).
X.
El pecado original no es una falta, perpetuado en forma de
acto, sino que adhiere íntimamente á la naturaleza, subsistencia y
esencia del hombre, hallándose fija en ella. Es la fuente de todo
pecado efectivo, como por ejemplo depravados pensamientos y
conversaciones y malos actos (página 577). Esta enfermedad
hereditaria por la cual toda la naturaleza ha sido corrompida, es un
pecado horrible y es en efecto principio y cabeza de todo pecado, de
cuyo principio como de una raíz, ó de una fuente, proceden todas las
transgresiones (página 640). Por este pecado, como por una lepra
espiritual, arraigada hasta en los íntimos recintos del corazón, se
halla infectada y corrompida toda la naturaleza del hombre ante la
vista de Dios, y á causa de esta corrupción el ser humano se halla
por la ley de Dios acusado y condenado, de manera que somos por
naturaleza hijos de la ira, esclavos de la muerte y de la
condenación, si no somos libertados y preservados de estos males por
beneficiar del mérito de Cristo (página 639). De ahí que el hombre
carece por completo de la justicia original con la cual fue creado
en el Paraíso, ósea que ha perdido por completo la imagen de Dios y
es por consiguiente impotente, incapaz y torpe, habiendo llegado á
ser enteramente inservible para toda cosa Divina y espiritual. En
lugar de la imagen de Dios hay en el hombre una corrupción profunda,
inescudriñable, inexpresible, que penetra en su naturaleza y en
todas sus facultades, especialmente en las facultades superiores y
principales del alma, en la mente, en el entendimiento, en el
corazón, en la voluntad (página 640).
Estos son conceptos, dogmas y decretos de la Iglesia actual con
respecto á la libre voluntad del hombre en cosas espirituales y
naturales, y también con respecto al pecado original. Comparados con
estos se verán más claramente los conceptos, dogmas y decretos de la
Nueva Iglesia que á continuación se expondrán.
La
siguiente sección [II.
Los dos árboles, colocados en el jardín del Edén, el uno de
vida, el otro de ciencia del bien y del mal, significan que fue dado
al hombre libre voluntad en cosas espirituales. (N. 340-342.)