III
El hombre no es vida sino un receptáculo de vida.
343.
Generalmente se cree que el hombre tiene vida en sí mismo, ó que su
vida le pertenece y por consiguiente que no es un mero receptáculo
de la Vida, sino que es vida. Esta creencia general nace de las
apariencias; porque el hombre vive, es decir, siente, piensa, habla
y obra enteramente como si lo hiciera por virtud propia, por lo cual
esto de que el hombre es un receptáculo de la Vida y no vida, le
parece una cosa inaudita, ó como una paradoja, siendo esta idea
contraria al pensamiento sensual, por ser contraria á las
apariencias. La creencia de que también el hombre es vida en sí
mismo; que por consiguiente su vida fue creada en él para luego ser
engendrada por él mediante prolificación, es una falacia
diametralmente opuesta á la verdad, de que el hombre es un
receptáculo de la Vida y que no tiene vida independiente en sí
mismo, y nace de las apariencias, porque cuando se juzga por las
apariencias resultan falacias diametralmente opuestas á las
verdades. A esta falacia se halla sujeta la inmensa mayoría de la
raza humana hoy día; porque, con muy pocas excepciones, consta de
hombres meramente naturales y hombres meramente naturales, juzgan
exclusivamente por las apariencias. Que el hombre no es vida, sino
un receptáculo de la Vida que procede del Señor es evidente por el
sólo hecho de que todas las cosas creadas son finitas, y que el
hombre, siendo finito, ha sido creado de cosas finitas
necesariamente. Por eso se dice en Génesis, que Adán fue creado del
polvo de la tierra, por lo cual también fue llamado Adán, porque
Adán quiere decir suelo ó tierra, y el cuerpo natural del hombre
consiste de cosas procedentes de la tierra y de la atmósfera; su
cuerpo es constantemente formado y renovado por estas materias,
absorbiendo por la vía respiratoria y por los poros del cuerpo las
que están en la atmósfera, y las más gruesas absorbe en forma de
alimento, preparado de sustancias terrestres. Mas no sólo el cuerpo
natural del hombre es finito; lo es también su espíritu. Su cuerpo
espiritual es igualmente una forma finita, creada de substancias
finitas, cuales hay en el mundo espiritual y es un receptáculo de la
Vida, que procede del Señor, cuya Vida, influye primero en este
receptáculo interior y por conducto de éste en el exterior, ó sea en
el cuerpo natural. Las sustancias finitas del mundo espiritual, son
también concentradas en nuestra tierra y almacenadas en ella. Si no
estuviesen allí unidas á la materia, la simiente no sería
interiormente vivificada y no crecería luego de maravillosa manera,
sin desviarse un punto de la ley universal según la cual se verifica
el progreso sucesivo de toda planta y árbol, desde que empiecen á
brotar hasta que lleven su fruto maduro y produzcan nueva simiente.
Sin estos elementos espirituales, no sería posible la procreación de
gusanos por la efluvia del suelo y por las exhalaciones de las
materias vegetales, de las cuales, la atmósfera se halla impregnada.
La razón humana por sí sola basta para comprender, que lo Infinito
sólo puede crear cosas finitas y que el hombre, siendo finito, no
puede ser más que una forma, muerta en sí misma, animada por la vida
que en ella hay, procedente de la Vida Misma, que es el Señor; por
eso se dice en Génesis:
«Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra y alentó en su
nariz soplo de vida» (II: 7).
Dios, siendo infinito, es Vida en Sí Mismo. La Vida no puede ser
creada y así transferida á los hombres, porque de esta manera
resultarían dioses. La loca imaginación de que esto era el caso, fue
precisamente la insensatez de la serpiente, ó sea del Diablo, la
cual éste comunicó á Eva y á Adán; porque la serpiente dijo:
«El
día que comeréis de él, serán abiertos vuestros ojos y seréis como
dioses sabiendo el bien y el mal» (Génesis III: 5).
Los
hombres de la Iglesia primitiva, la más antigua en la tierra, hacia
su fin, cuando se acercaba su consumación, tenían esta horrible
idea. Esto sé de su propia boca, habiendo hablado con varios de
ellos, y por causa de la horrible creencia de que eran dioses, se
hallan ahora sepultados en lo más profundo de una cueva, á la cual,
nadie puede acercarse, sin que le coja un vértigo que le hace caer
al suelo. Que Adán y su mujer significan la más antigua Iglesia en
la tierra, se ha dicho en el precedente artículo.
344.
El que piensa por una razón elevada por encima de las cosas
sensuales del cuerpo, puede comprender que la Vida no puede ser
creada; porque ¿qué es la Vida sino la íntima actividad del amor y
de la sabiduría, que existen en el Señor y que proceden del Señor,
cuya Vida también puede llamarse la Fuerza vital misma?
Comprendiéndose esto, se comprende también que esta Vida sólo pueda
ser transferida al hombre en y con el amor y la sabiduría. ¿Quién
niega, ó pueda negar, que todo bien del amor y toda verdad de la
sabiduría vienen exclusivamente de Dios, y que tanto como el hombre
los recibe de Dios, tanto vive de Dios, y se dice de él que es
nacido de Dios, es decir, regenerado? Por otra parte, tanto como el
hombre no recibe amor y sabiduría, ó lo que es lo mismo, caridad y
fe, tanto deja de recibir la Vida, que en sí mismo es Vida y que
sólo procede de Dios, y en vez de ella recibe la vida pervertida,
que se llama muerte espiritual, que sólo procede del Infierno. Que
el Señor Sólo tiene Vida en Sí Mismo y por consiguiente que es la
Vida Misma, enseña El Mismo en Juan:
«El
Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. En El estaba la Vida y la
Vida era la luz de los hombres» (I: 1; 4).
En
otro lugar:
«Como el Padre tiene Vida en Sí Mismo así dio también al Hijo que
tuviere vida en si mismo» (V: 26).
Y
en otro:
«Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida» (XIV: 6).
Y
otro:
«El
que me sigue tendrá la luz de la vida» (VIII: 12).
La siguiente sección [IV. Mientras él hombre vive en el mundo es mantenido en medio entre el cielo y el infierno y allí está en equilibrio espiritual, lo cual es libre voluntad. (N. 345.)...]