IX
Las cosas espirituales de la Iglesia, que entran libremente y son recibidas en libertad, permanecen, más no así las que son impuestas contra la voluntad.
352.
Lo que el hombre recibe libremente y con gusto permanece en él;
porque concuerda con su voluntad, á la cual se refiere la libertad,
y la cual es el receptáculo del amor; y lo qué el hombre recibe con
amor recibe con completa libertad, voluntariamente. Lo que agrada al
amor, agrada á la voluntad y es libertad; pero la voluntad es doble,
una del hombre interior y otra del hombre exterior, por la cual el
hombre puede obrar y hablar delante del mundo de cierta manera y con
sus familiares de otra manera; ante el mundo un hombre insincero
obra y habla por la voluntad de su hombre exterior y con sus
familiares por la voluntad de su hombre interior. Guando aquí
hablamos de la libertad del amor en la voluntad, entendemos la
voluntad del hombre interior, y por lo que queda expuesto en
artículos precedentes puede constar que la voluntad interior es el
hombre mismo, puesto que el esse y la esencia de su vida está en
ella, mientras que el entendimiento sólo es la forma, mediante la
cual la voluntad presenta su amor visible. Todo cuanto procede del
amor del hombre, es decir, todo cuanto el hombre ama y por amor
quiere, es libertad; porque lo que procede del amor de su voluntad
interior, procede del goce de su vida. Es también su propium, ó sea
su propia naturaleza, y por esta causa todo cuanto es recibido por
la libertad de esta voluntad permanece, porque es añadido al propium.
Lo contrario acontece con lo que se impone contra la voluntad; esto
no es recibido de aquella manera, ni permanece.
353.
Las cosas que por ser recibidas libremente, permanecen, no son sin
embargo las de la vida civil y política, sino las cosas espirituales
del Verbo y de la Iglesia, si el hombre las absorbe con amor,
confirmándolas mediante su entendimiento; porque las cosas
espirituales ascienden á la región superior de la mente del hombre y
toman forma allí, porque allí es por donde entra el Señor al hombre
con Sus bienes y Sus verdades, y esa región es el templo donde El
mora. Por otra parte, las cosas civiles y políticas, por pertenecer
al mundo, ocupan las regiones inferiores de la mente, donde algunas
de ellas son como los edificios exteriores del templo y otros como
portales por donde se entra. Otra razón, por la cual las cosas
espirituales ocupan la región superior de la mente es que son
pertenencias del alma y miran á la vida eterna, y el alma se halla
en la región más elevada y se nutre de alimento espiritual. Por esta
razón, el Señor se llama Pan:
«Yo
soy el pan vivo, que descendió del cielo; si alguno comiere de este
pan vivirá para siempre» (Juan IV: 51).
En
esa región reside el amor al bien, que determina la bienaventuranza
del hombre después de la muerte, y su libre voluntad en cosas
espirituales tiene asimismo allí su principal asiento. Desde allí
desciende, formando y. determinando la libertad que el hombre tiene
en cosas naturales, y puesto que la libertad lleva su origen de la
región superior, participan del mismo origen todas las formas de la
libre voluntad natural, y por conducto de las formas naturales el
amor, que reside en la región más elevada, absorbe y hace suyo todo
cuanto favorece y fomenta sus fines. La relación es como entre una
fuente y las aguas que salen de ella, ó como entre el elemento
prolífico en la simiente y todo detalle de la planta ó del árbol que
sale de la misma, especialmente él fruto, en el cual la simiente se
renueve. Pero el que niega la existencia de la libre voluntad del
hombre en cosas espirituales, cierra la fuente superior ó interior y
abre otra fuente inferior ó exterior, cambiando así la libertad
espiritual en libertad exclusivamente natural y finalmente en
libertad infernal. Esta libertad es también como el elemento
prolífico en la simiente, el cual libremente pasa á través del
tronco y de las ramas hasta entrar en la fruta, la cual entonces, á
causa del mal original, es interiormente podrida.
354.
La libertad que procede del Señor es verdadera libertad, pero la que
procede del infierno es esclavitud ó cautiverio; sin embargo la
libertad espiritual parece cautiverio al que se halla en la libertad
infernal, porque es opuesta á la suya, pero todos cuantos se hallan
en la libertad espiritual no sólo saben, sino también sienten y
perciben que la libertad infernal es esclavitud, por lo cual los
ángeles se apartan de ella con repugnancia como del hedor de un
cadáver, mientras que los infernales la absorben como un olor
aromático. El goce de la libertad espiritual es adorar k Dios: El
Verbo nos dice, que la adoración que viene por la libertad es
verdadera adoración, y el sacrificio voluntario es agradable á Dios:
«Voluntariamente sacrificaré á ti, OH Dios» (Salmo LIV: 6). «Los
voluntarios de los pueblos se juntaron, el pueblo del Dios de
Abraham» (XLVII: 9).
Por
la misma razón había entre los hijos de Israel sacrificios de
ofrendas voluntarias, ó sea adoración voluntaria; porque su
adoración consistía principalmente de sacrificios; y por ser lo
espontáneo, ó sea la ofrenda voluntaria, agradable á Dios, encomendó
al pueblo:
«Que
todo varón á quien su corazón impelo, y todo aquel á quien espíritu
voluntario movió, trajesen ofrenda á Jehová para la obra del
Tabernáculo» (Éxodos XXXV: 5; 21; 29).
Y el
Señor dice que la verdadera libertad es hacer Su Voluntad:
«Si
permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos;
y conoceréis la verdad y la verdad os libertará. Si el Hijo os
libertare seréis verdaderamente libres, mas todo aquel que hace
pecado, siervo es del pecado» (Juan VIII: 3136).