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V.

Por el permiso que cada uno tiene en su hombre interior de obrar el mal, consta que el hombre tiene libre voluntad en cosas espirituales.

 

346.    Tanto la Sagrada Escritura cuanto la historia de la Iglesia y también varias circunstancias de la vida práctica demuestran claramente que el hombre tiene libre voluntad en cosas espirituales, porque presentan muchos ejemplos de que los hombres han realizado malas obras con perfecta libertad de acción movidas por su pasión y siguiendo su gusto, sin que Dios omnipotente lo haya impedido. Por la Sagrada Escritura sabemos:

1.     Que Adán y Eva, los más sabios de los hombres, se dejaron seducir por la serpiente.

2.     Que su hijo primogénito, Caín, mató á su hermano Abel, y que Jehová no lo impidió, limitándose á maldecir á Caín después de cometido el fratricidio.

3.     Que la nación israelita adoró á un becerro de oro en el desierto, por más que Jehová lo vela desde el monte de Sinaí y hubiera podido impedirlo.

4.     Que David contó el pueblo, y que en su consecuencia una plaga vino sobre ellos, y que Dios envió al profeta Gad á David para anunciarle el castigo después de consumado el hecho y no antes.

5.     Que Salomón instituyó una adoración idólatra, sin impedírselo Dios por más que le hubiera sido fácil.

6.     Que muchos reyes después de Salomón profanaron el templo y las cosas sagradas de la Iglesia, y que finalmente crucificaron al Señor.

La historia de la Iglesia demuestra que el mal y la falsedad han sido introducidos en la Iglesia por los hombres con completa libertad:

7.    Mahoma estableció su Sistema religioso con muchas divergencias de las Sagradas Escrituras.

8.     La Religión Cristiana se halla dividida en muchas sectas y cada secta en herejías.

9.    En la Cristiandad hay multitud de personas impías; multitud de tramas y traiciones, hasta contra personas piadosas, justas y sinceras.

10.     La injusticia triunfa á menudo sobre la justicia en los tribunales y en los tratos comerciales.

11.    Personas impías ocupan á menudo altos oficios y puestos de honor, consiguiendo fama y gloria como grandes personajes y jefes.

12.    Dios permite el que haya guerras que causan la pérdida de muchas vidas humanas y el asolamiento de naciones, ciudades y familias.

Estas cosas y otras parecidas no son posibles más que por la libre voluntad que todos tienen. A juicio de todo hombre sensato el otorgamiento del mal que continuamente se puede observar en el mundo, no tiene otro origen. Las leyes del otorgamiento, ó tolerancia del mal son también leyes de la Divina Providencia. La vida práctica nos da en particular muchas pruebas de que todo hombre tiene libre voluntad, tanto en cosas espirituales cuanto en cosas naturales. Cualquiera puede pensar en Dios, en el Señor, en el Espíritu Santo, muchas veces al día y meditar en las cosas espirituales de la Iglesia, y cada vez que lo hace puede hacerlo libremente, sin sentir coacción alguna sobre su mente, sino que al contrario lo hace por gusto é inclinación, ó por ambición ó concupiscencia y puede hacerlo así aunque no tenga fe. Sin la libre voluntad no podría uno pensar cuando habla, conversa, ora á Dios ó predica; ni siquiera cuando escucha; la libre voluntad es condición necesaria para esto; es más: sin la libre voluntad no podríamos respirar, porque la respiración va mano en mano con el pensamiento, y por ello con el habla. La inmediata procedencia de la respiración es por cierto la libre voluntad del hombre en cosas naturales, pero esta procede á su vez de su libre voluntad en cosas espirituales, por lo cual se puede decir, que el hombre, sin su libre voluntad en cosas espirituales, no podría respirar más que una estatua, mientras que el animal, diferentemente del hombre, respira por su libre voluntad natural sola y exclusivamente. El mundo reconoce por regla general que el hombre tiene libre voluntad en cosas naturales, pero la tiene, como se acaba de decir por virtud de su libre voluntad en cosas espirituales; porque el Señor influye en todo hombre desde arriba ó desde lo interior con Su Divino Bien y con Su Divina Verdad, según antes se ha dicho, inspirando así en el hombre una vida que es diferente de la vida de los animales, y es don Suyo el que el hombre pueda y quiera recibir el Divino Bien y la Divina Verdad y obrar por virtud de ellos.

Esta facultad es dada por el Señor á todo hombre y nunca la retira. De ahí que la constante voluntad del Señor es que el hombre reciba la Verdad y el Bien, con el fin de que así llegue á ser un hombre espiritual, lo cual es el destino de todo hombre desde su nacimiento; pero nadie puede llegar á ser hombre espiritual sin tener libre voluntad en cosas espirituales. Esto sería como quien quisiera pasar un camello por el ojo de una aguja ó tocar con la mano una estrella del cielo. Que la facultad de poder comprender la verdad y de querer obrarla es dada á todo hombre y también á los demonios, no siendo jamás revocada, he podido comprobar por viva experiencia: Uno de los que están en el infierno fué sacado de allí y elevado al mundo de los espíritus. Una vez allí le preguntaron unos ángeles del Cielo si comprendía las cosas que decían. Eran cosas espiritual/Divinas. Contestó que las comprendía y cuando le preguntaron por qué no admitía esas cosas, contestó que no las amaba y que por consiguiente no quería admitirlas; le dijeron que podía quererlas por la facultad que todos tienen del Señor. Se admiró de esto y dijo que no podía. Entonces los ángeles inspiraron en su entendimiento la gloria de la fama y su placer, y recibiendo esta inspiración quiso él también esas cosas y las amó. Pero seguidamente fue reintroducido en su anterior estado de saqueador, adúltero y defraudador del prójimo, y entonces, no queriendo más las cosas que hablaban los ángeles, tampoco las comprendía. Es pues evidente que el hombre es hombre por virtud de su libre voluntad en cosas espirituales, y que sin ésta sería como una piedra, como un tronco, ó como la mujer de Lot.

Nota:

Esto se halla explicado detenidamente en La Divina Providencia, obra de Emanuel Swedenborg, publicada en Ámsterdam, año 1764, núm. 234-274, donde también da amplia explicación de los ejemplos citados.

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