VI
Sin la libre voluntad en cosas espirituales á nada serviría el Verbo y en su consecuencia la Iglesia sería nada
347.
Es generalmente reconocido en el mundo cristiano que el Verbo en
sentido amplio es la Ley, ó sea el libro de las leyes, según las
cuales los hombres deben conducir su vida, á fin de poder heredar la
vida eterna; y en efecto, no hay en el Verbo nada más frecuentemente
repetido, que las exhortaciones de obrar el bien y de dejar de obrar
el mal; de creer en Dios y no en ídolos. El Verbo es lleno de
promesas, de bendiciones y recompensas para los que obren el bien y
crean en Dios, y lleno de maldiciones y amenazas para los que no lo
hagan. ¿De qué serviría todo esto si el hombre no tuviera libre
voluntad en cosas espirituales, es decir, en las cosas que se
refieren á su salvación y a la vida eterna? ¿No serían palabras
vanas, que de nada servirían? Huelga aquí citar pasajes del Verbo,
pero en vista de que la Iglesia actual insiste en que la mente
humana nada puede en cosas espirituales, en demostración de lo cual
cita pasajes del Verbo, falsamente interpretados por ella,
indicaremos aquí algunos pasajes, que claramente demuestran la
necesidad, que el hombre tiene de obrar el bien y de creer en Dios.
Tales pasajes son: Mateo XXI: 43; Lucas III: 8; 9; VI: 46; 49; VIH:
21; Juan IX: 31; XIII: 17; XI: 21; XV: 8; 14; 16; Mateo XII: 33;
III: 8; XIII: 23; Juan IV: 36; Isaías I: 16; 17; Mateo XVI: 27; Juan
V: 29; Apoc. XXII: 12; Jerem. XXXII: 19; Zacarías I: 6; Mateo XXI:
33; 44; XXV: 14; 30; Lucas XIX: 13; 25. Estos pasajes enseñan la
necesidad de obrar el bien; los siguientes enseñan la necesidad de
creer en el Señor: Juan XI: 25; 26; VI: 40; 47; III: 36; 15; 16;
XXII: 37; 40 y otros. Estos pasajes son muy pocos entre la multitud
que hay en las Sagradas Escrituras en apoyo de lo expuesto; son como
unas cuantas gotas tomadas del mar. En presencia de estos pasajes
resulta evidente la insolidez de los dogmas, citados más arriba (N.
339), sacados de Fórmula Concordia. Si fuera verdad lo que estos
dogmas enseñan, ¿qué sería entonces la Religión, sino una palabra
vana? Porque Religión es obrar el bien; ¿y qué es la Iglesia sin la
Religión? No es más que la corteza del árbol, útil sólo para ser
quemada. Esto ve todo hombre sensato y amigo de la verdad, y se
aparta de la Iglesia, que enseña locuras tales como los citados
dogmas respecto de la libre voluntad, prefiriendo tomar por su guía
la sana razón y establecer su fe según ella. A otros la indicada
errónea enseñanza de la Iglesia quita toda confianza en la Religión
y éstos acaban por negar á Dios, porque ven que no hay Religión en
la Iglesia por no haber en ella verdad, y no habiendo Religión ¿qué
son entonces el Cielo y el Infierno, sino fábulas inventadas por los
pastores y prelados de la Iglesia con el objeto de tener sujeta á la
gente sencilla y crédula, dominarla y elevarse á honores? Los que
abrazan la detestable enseñanza de la Iglesia, de que el hombre es
impotente en cosas espirituales, se complacen en repetir para sí y
para otros: ¿Quién puede obrar el bien de por sí mismo? ¿Quién puede
por sí mismo adquirir fe? Y viven descuidados como paganos. Pero los
hombres sensatos, sinceros, amigos del bien y de la verdad, huyen
del mal, obran el bien y creen en el Señor con todo su corazón y con
toda su alma, y el Señor les ayuda y les da amor para obrar y fe
para creer. Por el amor obran entonces el bien genuino, y por la fe,
que es confianza, creen en espíritu y en verdad; y continuando así
se verifica poco á poco entre ellos y el Señor una conjunción
recíproca, perpetua, que es la salvación misma y la vida eterna.