VIII
Si no hubiera libre voluntad en cosas espirituales seria Dios la causa del mal y por consiguiente no podría haber imputación.
350.
La fe de la Iglesia actual, que sostiene que el hombre no tiene
libre voluntad en cosas espirituales, fue primeramente adoptada por
el Concilio de Nicea, cuyo Concilio declaró que la Divina Trinidad
consta de tres Personas, cada una de las cuales es Dios en y por sí,
por lo cual era natural que los que luego profesaron esta fe, al
acercarse á Dios, se acercaban á cada Persona separadamente,
apoyando su fe en la Imputación del Mérito y de la Justicia del
Señor Dios el Salvador, y á fin de impedir que hombre alguno pudiese
apoderarse del Mérito del Señor, fue declarada nula la libre
voluntad del hombre en cosas espirituales, y éste completamente
impotente con respecto á estas cosas y á todas las cosas
relacionadas con su salvación. De esta fe han nacido multitud de
herejías, unas más horribles y perniciosas que otras, y entre ellas
también el monstruo que llaman predestinación, de la cual hemos
hablado en el artículo precedente; todas estas herejías implican que
Dios sea la causa del mal, ó sea que Dios haya creado hombres malos
y hombres buenos; pero el que se fija en lo que el Verbo dice sobre
este particular, se convence fácilmente de la falsedad de esas
enseñanzas, que por lo demás son incompatibles con la sana razón, y
sobre todo con sentimientos humanos caritativos. El Verbo dice muy
claramente que «Dios vio todo lo que había hecho y he aquí, que era
bueno en gran manera»; y dice además que en el jardín de Edén fue
plantado el árbol de vida y también el árbol de ciencia del bien y
del mal, lo cual significa que fue dado al hombre libre voluntad en
cosas espirituales, y por esta libre voluntad podía comer del árbol
de vida—y vivir,—ó del árbol de ciencia del bien y del mal—y morir
espiritualmente;—porque el árbol de vida significa el bien y la
verdad, procedentes del Señor, por consiguiente el Señor Mismo, y el
comer de este árbol significa, recibir en sí este influjo del Señor,
cuyo influjo causa conjunción con El, mientras que por otra parte,
comer del árbol de ciencia del bien y del mal significa apartarse
del Señor y seguir su propia voluntad y su propia inteligencia. Esto
hizo el hombre y por esta causa fué expulsado del paraíso, es decir,
perdió el influjo del bien y de la verdad procedentes del Señor y
entró en su propia voluntad y propia inteligencia, las cuales son
fríos y tinieblas espirituales. Por tener libre voluntad el hombre
mismo es responsable de sus actos y vida y no Dios, pero si fuera
verdad lo que enseña la Iglesia actual, que el hombre no tiene libre
voluntad en cosas espirituales, entonces Dios Mismo sería la causa
del mal, porque hubiera creado hombres buenos y hombres malos; mas
Dios no ha podido crear hombres malos, porque El es el Bien Mismo y
en todo bien es Omnipotente, esforzándose continuamente para ser
recibido. Si no es recibido no se retira, sin embargo; porque si se
retirase el hombre moriría instantáneamente, siendo así que
continuamente recibe su vida de Dios, y que todo cuanto forma parte
de él subsiste por Dios. Dios no crió el mal, mas el mal fue
introducido por el hombre, porque éste por apartarse de Dios é
inclinarse á sí mismo transforma en mal el bien que continuamente
influye en él de Dios. Por esta transformación el goce del bien
viene á ser goce del mal, porque el goce permanece inalterable
durante la transformación, retirándose del bien y aplicándose al
mal; si no fuera así el hombre no podría vivir, porque el goce es la
vida de su amor. El hombre ignora esto, mientras vive en el mundo,
pero después de la muerte resulta para él manifiesto. Consta pues,
que todo hombre es predestinado al Cielo y nadie al infierno, y que
el hombre mismo se entrega al infierno, por abusar de su libre
voluntad en cosas espirituales, absorbiendo las exhalaciones de los
infiernos, puesto que el hombre es mantenido en un estado intermedio
entre el Cielo y el Infierno y por consiguiente en equilibrio entre
el bien y el mal ó sea con libre voluntad en cosas espirituales. Que
Dios no es la causa del mal y que no quiere que alma alguna sea
condenada á muerte eterna, es muy evidente por este pasaje en Mateo:
«Nuestro padre que está en los cielos hace que salga su sol sobre
buenos y sobre malos y llueve sobre justos é injustos» (V: 4.5).
«Dios no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta y
viva.»
351.
Con respecto á la perversión del bien, que procede del Señor, he
podido notar muchas veces en el mundo espiritual, que palabras
pronunciadas desde el Cielo, han pasado por medio del mundo
espiritual y penetrado en los infiernos, hasta en sus últimas
profundidades. Al salir del Cielo eran palabras del bien de la
caridad; mas conforme descendían transformaronse en términos, que
expresaban cosa distinta, hasta llegar á ser contrarias á la
caridad, y finalmente, en términos que expresaban odio contra el
prójimo. Esto demuestra que todo cuanto sale del Señor es bueno, mas
es cambiado en mal por los espíritus del infierno. Lo mismo se hizo
con ciertas verdades de la fe, las cuales, conforme descendían,
fueron cambiadas en falsedades, opuestas á las verdades; porque el
receptáculo adapta á su propia forma lo que influye en él,
haciéndolo entrar en concierto consigo mismo.
La
siguiente sección [IX.
Las cosas espirituales de la Iglesia, que entran libremente y son
recibidas en libertad, permanecen, más no así las que son impuestas
contra la voluntad. (N. 352-354.)