XIII
Recuerdo
360.
RECUERDO. Una vez conversando con ángeles, hablamos finalmente de la
concupiscencia del mal, en la cual todo hombre se halla por
nacimiento. Uno de ellos dijo: «Los que se hallan en concupiscencia
nos parecen necios, pero á ellos mismos (en el mundo de los
espíritus) parecen sabios en el más alto grado; por lo cual, con el
fin de apartarlos de su insensatez, son alternativamente
introducidos en ella y en su racionalidad que está en sus
exteriores; en este último estado ven, reconocen y confiesan su
insensatez; sin embargo desean volver desde su estado racional á su
estado insano, y en éste se introducen también como quienes cambian
lo obligatorio y desagradable por lo que es libertad y goce; por
consiguiente, lo que para ellos es interiormente agradable no es la
inteligencia, sino la concupiscencia. Hay tres amores universales,
que desde la creación constituyen el hombre; el amor al prójimo, que
asimismo es el amor de realizar usos y provechos (este amor es
espiritual); el amor al mundo que es el amor de poseer riquezas
(este amor es material) y el amor á sí mismo, que es el amor de
mandar sobre otros (y este amor es corpóreo). El hombre es verdadero
hombre si el amor al prójimo, ó sea el amor de realizar usos y
provechos forma la cabeza, el amor del mundo ó sea el amor de poseer
riquezas, el pecho y el abdomen, y el amor á sí mismo, ó sea el amor
del dominio, los pies y sus plantas. Pero si el amor al mundo forma
la cabeza, el hombre es como un jorobado, que difícilmente puede
levantar la vista al cielo, y si el amor á sí mismo forma la cabeza
es como uno que anda sobre las manos, los pies al aire. Cuando el
amor de realizar usos y provechos forma la cabeza, el espíritu del
hombre aparece en el cielo con rostro angelical y la cabeza rodeada
de un hermoso arco iris, pero si el amor al mundo forma la cabeza,
tiene, visto del cielo, el aspecto pálido de un difunto, con un
círculo amarillo alrededor de la cabeza, y si el amor á sí mismo
forma la cabeza, aparece, observado desde el cielo, con rostro de un
fuego sombrío y la cabeza rodeada de un círculo blanco». Pregunté lo
que significaban los círculos alrededor de la cabeza y contestaron:
«Representan inteligencia: el círculo blanco alrededor de la cabeza
y el rostro de fuego sombrío significa, que la inteligencia de éste
se halla en sus cosas exteriores y alrededor de él, mientras que en
su interior sólo hay locura y además significa que el hombre, que es así, es sabio,
cuando está en el cuerpo, pero insano cuando está en el espíritu,
porque ningún hombre es sabio en el espíritu, sino por el Señor, y
sólo cuando es regenerado y creado de nuevo por El.» Cuando acabó de
hablar se abrió la tierra hacia la izquierda y por la abertura vi
subir á un demonio con rostro de fuego sombrío y un círculo blanco
alrededor de la cabeza. Pregunté: «¿Quién eres?» y respondió: «Soy
Lucifer, el hijo de la mañana, y por querer igualarme al Altísimo
fui precipitado, según la descripción, que de mí es dada en el
capítulo catorce de Isaías». No era aquél Lucifer, pero se imaginaba
que lo era. Le dije: «Si eres Lucifer y fuiste precipitado ¿cómo
puedes volver á subir del infierno?» Respondió: «Allí soy un
demonio, pero aquí soy un ángel de la luz; ¿no ves mi cabeza rodeada
de un círculo blanco? Verás también, si quieres, que soy moral entre
los morales, racional entre los racionales y hasta espiritual entre
los espirituales. He sido también predicador.» Pregunté: «¿qué has
predicado?» y respondió: «He predicado contra los defraudadores,
adúlteros y contra todos los amores infernales; entonces llamaba á
mí mismo, siendo Lucifer, un demonio, y juré falso, en contra de mí
mismo, como tal, y por esto fui exaltado hasta el Cielo con
alabanzas; esta es la razón por la cual fui llamado el hijo de la
mañana; y—lo que me extrañaba—cuando estaba en el pulpito no tenía
idea alguna de que no hablaba con exactitud y propiedad en cuanto á
mí mismo; pero la causa de esto supe luego, y era ésta: Me hallaba
entonces en mis cosas exteriores y éstas estaban separadas de mis
interiores, pero por más que esto me fué manifestado, no podía
cambiar, sino que me enaltecía sobre el Altísimo y me oponía á El.»
Finalmente pregunté: «¿Cómo podías hablar así siendo tú mismo un
defraudador y un adúltero?» Contestó: «Soy una persona cuando estoy
en mis exteriores y otra cuando estoy en mis interiores, ó sea en el
espíritu. En el cuerpo soy un ángel, pero en el espíritu soy un
demonio; porque en el cuerpo me hallo en el entendimiento, pero en
el espíritu me hallo en la voluntad, y el entendimiento me eleva
hacia el cielo, mientras que la voluntad me arrastra abajo al
infierno; y mientras me hallo en el entendimiento un círculo blanco
rodea mi cabeza, pero cuando el entendimiento se abandona totalmente
á la voluntad como esclavo suyo y es dominado por ella, lo cual es
nuestra suerte final, entonces el círculo se obscurece y desaparece
y cuando esto tiene lugar no puedo ya ascender á esta luz.» Luego,
al ver los ángeles, que estaban conmigo, mostró de repente grande
excitación, que se manifestaba en su rostro y en su voz, mudóse su
color en negro hasta incluso el círculo blanco, que rodeaba su
cabeza, y deslizóse abajo al infierno por la abertura por la cual
había subido. Por lo que habían visto y oído, concluían los
presentes, que el hombre es de la cualidad de su voluntad, y no de
la de su entendimiento, por cuanto la voluntad con facilidad
prevalece contra el entendimiento, inclinándolo hacia sí y
haciéndolo su esclavo. Pregunté entonces á los ángeles: «¿De dónde
tienen los demonios su racionalidad?» y contestaron: «De la gloria
del amor á sí mismo, porque este amor está rodeado de una gloría,
que es el resplandor de su fuego; y esta gloria eleva el
entendimiento casi hasta la luz del cielo, siendo así que en todo
hombre el entendimiento puede ser elevado según sus conocimientos,
pero no así la voluntad, excepto por medio de una vida en
conformidad con las verdades de la Iglesia y con la razón humana. De
ahí que los ateos, quienes se hallan en la gloria de la fama por el
amor á sí mismos y por consiguiente en el orgullo de su propia
inteligencia, disfrutan de una racionalidad más excelente que muchos
otros, pero sólo mientras están en el pensamiento del entendimiento,
no cuando se hallan en el amor de la voluntad, y el amor de la
voluntad posee el hombre interior, mientras que el pensamiento del
entendimiento domina en el hombre exterior.» Los ángeles dijeron
además que la razón por la cual el hombre es constituido por los
mencionados tres amores, es decir, el amor al uso y provecho, el
amor del mundo y el amor á sí mismo, es que debe pensar por virtud
de Dios como si lo hiciera por sí mismo. Dijeron que lo que está en
la región superior de la mente del hombre, mira arriba, á Dios; que
lo que está en la intermedia, mira abajo, al mundo, y que lo que
está en la inferior, mira abajo, al cuerpo; y por mirar las dos
últimas regiones abajo, resulta que el hombre piensa como si pensara
de y por sí mismo, cuando sin embargo piensa por virtud de Dios.
Siga adelante hasta El noveno capítulo - El Arrepentimiento