VII
Mientras esto se verifica hay una lucha entre el hombre interior y el hombre exterior, y el que vence al otro reina sobre él
416.
Reformado el hombre interno, surge una lucha entre el interno y el
externo, porque el interno que ha sido reformado mediante las
verdades, ve por ellas lo malo y falso que todavía existe en el
externo, ó sea en el hombre natural, por lo cual resulta disensión
entre la nueva voluntad, que está encima y la antigua voluntad, que
está debajo; y por la disensión entre las dos voluntades resulta
disensión también entre sus goces, porque la carne, como es sabido,
codicia contra el espíritu y el espíritu contra la carne, y la carne
con sus apetitos ha de ser subyugada, antes de que el espíritu pueda
obrar y el hombre ser hecho una nueva criatura.
Con
la disensión de las voluntades viene la lucha que se llama tentación
espiritual, cuya tentación no tiene lugar entre los bienes y los
males mismos, sino entre las verdades del bien y las falsedades del
mal, porque el bien no puede combatir por sí solo, sino por medio de
sus verdades; y el mal tampoco puede combatir por sí solo sino por
medio de sus falsedades, así como la voluntad no puede luchar por sí
sola, sino mediante el
entendimiento, en el cual están sus verdades. Estas tentaciones son
percibidas por el hombre como cierto estado de conturbación interior
y como un remordimiento de la conciencia. Pero en realidad luchan en
él el Señor y los infiernos; y. luchan á quién de ellos ha de
poseerle. El Diablo, ó sea los infiernos, acusan al hombre, evocando
en él sus males; el Señor le defiende y evoca en él los bienes; pero
por más que este combate se verifica en el mundo espiritual tiene
sin embargo lugar en el hombre, entre las verdades de su bien y las
falsedades de su mal. El hombro debe, pues, luchar como si luchare
por su propia fuerza, porque tiene libre voluntad de tomar partido
por el Señor, ó por el Diablo, según quiera; toma partido por el
Señor si persevera en las verdades por los bienes, ó por el Diablo
si cede á las falsedades por el mal. De esto sigue que el que vence
de los dos reina sobre el otro. Si el hombre interior vence se hace
soberano y subyuga los males del hombre exterior, continuando la
regeneración; si por otra parte el vencedor es el hombre exterior,
se apodera del imperio y disipa todos los bienes del hombre
interior, y entonces perece la regeneración.
417.
Es bien conocido en el mundo cristiano actual, el que existen
tentaciones; pero apenas hay quien sepa de dónde proceden, ó quien
conozca su cualidad y carácter y el bien que producen. Su origen y
su cualidad hemos visto en el párrafo próximo precedente, y allí se
ha indicado también el bien que producen, es decir, que, vencido el
hombre interior, el exterior es subyugado, y cuando éste es
subyugado, las concupiscencias son disipadas y en su lugar son
implantadas inclinaciones á bienes y verdades. Estas se disponen
entonces de manera á permitir al hombre de obrar los bienes y
verdades á los cuales ama, de pensarlos y hablarlos del corazón.
Además, mediante la victoria sobre su exterior, el hombre se vuelve
espiritual, y entonces es por el Señor
asociado con los
ángeles del cielo, los cuales todos son espirituales. La razón por
la cual las tentaciones han sido tan poco conocidas y en cuanto á su
origen y al servicio que prestan completamente desconocidas, es que
hasta aquí la Iglesia ha ignorado las verdades. Ninguno se halla en
verdades si no se dirige al Señor directamente, rechazando la
antigua fe y admitiendo la nueva. Por esta razón nadie ha sido
introducido en tentación espiritual desde que el Concilio de Nicea
introdujo la fe en tres Dioses; porque si alguien hubiese sido
introducido en tal tentación, hubiera sucumbido inmediatamente, y de
esta manera se hubiera hundido aún más profundamente en el mal, que
es el Infierno. La contrición, que dicen precede á esa fe, no es
tentación. He preguntado á muchos (en el mundo espiritual) acerca de
esta contrición, y han dicho que es una mera palabra, ó que á lo
sumo en algunos casos puede tener la forma de un pensamiento furtivo
acerca de un fuego infernal.
418.
Pasado la tentación, se halla el hombre en el Cielo con respecto á
su hombre interior y en el mundo con respecto á su hombre exterior,
resultando que por medio de la tentación se verifica en él
conjunción entre su cielo y su mundo, y desde su cielo dispone
entonces el Señor en él su mundo y reina en él conforme el orden. Lo
contrario ocurre si el hombre permanece en su estado natural;
entonces desea dominar su cielo desde su mundo, y así es todo hombre
que ambiciona dominar por amor á sí mismo, por lo cual después de la
muerte cree que el que tiene más poder y dominio sobre otros, éste
es Dios. Semejante demencia existe en el Infierno, y hasta el punto
de que algunos allí se llaman Dios Padre, otros Dios Hijo y otros
Dios Espíritu Santo, y entre los Judíos allí algunos se llaman
Mesías. Tal es el hombre malo después de la muerte y todos,
llegarían á ser así, si el Señor no hubiese establecido una Nueva
Iglesia, mediante la cual el hombre puede ser regenerado durante su
vida en el mundo, porque la regeneración no es posible con la falsa
fe de la Iglesia actual, y sin regeneración no hay salvación; pero
mediante el establecimiento de la Nueva Iglesia á la consumación, de
la antigua ha evitado el Señor: esa perdición total; esto es lo que
significan Sus palabras en Mateo XXIV: 21; 22:
«Habrá entonces grande aflicción cual no fue desde el principio del
mundo hasta ahora, ni será, y si aquellos días no fuesen acortados,
ninguna carne seria salva.»
419.
Con los combates ó tentaciones en los hombres, realiza el
Señor una redención particular, como realizó una Redención
universal, cuando estaba en el mundo. El Señor, mientras estaba en
el mundo, glorificó Su Naturaleza Humana por medio de luchas y
tentaciones y la hizo Divina. De igual manera obra ahora en cada
hombre individualmente, mientras se halla en tentaciones. Durante
éstas el Señor lucha por él, venciendo á los espíritus infernales,
que le infestan, y después de la tentación le glorifica, es decir,
le hace espiritual. Después de la Redención universal el Señor
redujo á orden todas las cosas en el Cielo y en el Infierno, y con
el hombre después de las tentaciones hace lo mismo, es decir, reduce
á orden todas las cosas que están en él, pertenecientes al Cielo y á
la Iglesia. Después de la Redención el Señor estableció una Nueva
Iglesia, y de igual manera restablece ahora en cada hombre,
regenerado mediante tentaciones, lo que hay en él perteneciente á la
Iglesia, haciéndole iglesia en mínima forma. Después de la Redención
el Señor bendijo con Su paz á los que creían en El, diciendo:
«La
paz os dejo; mi paz os doy; no como el mundo da, yo os la doy (Juan
XIV: 27).
Así
también da Su paz al hombre después de la tentación. Le da consuelo
y regocijo. Consta por esto que el Señor es Redentor hasta la
eternidad.
La siguiente sección [
VIII. El hombre regenerado tiene una voluntad nueva y un entendimiento nuevo. (N. 420-422.)