IX
Ahora ninguno de entre los Cristianos va al cielo, á menos de que crea en el Señor Dios el Salvador y se dirija a El Solo.
87.
Leemos en Isaías:
«He
aquí, yo crío un cielo nuevo y una nueva tierra y de lo primero no
habrá memoria, ni vendrá al pensamiento, y he aquí, yo crío á
Jerusalén alegría y á su pueblo gozo» (LXV: 17; 18).
y en
el Apocalipsis:
«Vi
un cielo nuevo y una tierra nueva, y vi la Santa ciudad Jerusalén
nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa
ataviada para su marido; y El que estaba sentado sobre el trono
dijo: He aquí, Yo hago nuevas todas las cosas» (XXI: 1; 2; 5).
y á
menudo se dice en las Escrituras que Nadie más que los que están
inscritos en el libro de la vida del Cordero, entrarán en el Cielo
(Apocalipsis XIII: 8; XVII: 8; XX: 12; 15; XXI: 27). Cielo aquí, no
significa el cielo visible encima de nosotros, sino el cielo de los
ángeles; Jerusalén no quiere decir una ciudad del cielo, sino la
Iglesia que desciende del Cielo, del Señor, y el libro de vida del
Cordero no quiere decir un libro escrito en el cielo, cuyo libro
será abierto, sino el Verbo que nos dio el Señor y que trata de El.
Ha sido abundantemente explicado y demostrado en lo que antecede,
que Jehová Dios, llamado el Creador del Universo, descendió y adopto
Humanidad á fin de hacerse accesible á los hombres y de posibilitar
la conjunción con El por medio de esta Naturaleza Humana, porque sin
ella no hay acceso ni conjunción posible entre los hombres y El.
¿Quién, dirigiéndose á un hombre, se dirige á su alma y no á su
cuerpo? ¿Quién puede dirigirse al alma sino por conducto del cuerpo?
Sin dirigirse al cuerpo no puede dirigirse al alma pero por medio
del cuerpo puede dirigirse al alma, porque así ve al hombre cara á
cara y habla con él boca á boca. El caso es el mismo con el hombre y
Dios, porque Dios Padre está en el Hijo como el alma en el cuerpo, y
en este sentido dice el Señor, que es El «la puerta» de las ovejas;
que los que entran y salen por El, entran y salen y encuentran
pasto, pero los que procuran subir por otra parte son ladrones y
robadores. Para dirigirse á El y entrar por El es necesario que el
hombre crea en El; porque sin la fe en El y la confianza de que El
salva, nadie puede acercarse. El Señor dice repetidamente en el
Verbo, que es necesario que el hombre crea en El, que el que cree en
el Hijo tendrá vida eterna y el que no cree en el Hijo no verá la
vida; que si no creemos en El, y si no creemos que El es,
permaneceremos en nuestros pecados. Que El es el camino y que nadie
viene al Padre sino por El. Los apóstoles dicen que El es el
verdadero Dios y la Vida eterna, y Pablo particularmente «exhortaba
A Judíos y á Griegos al arrepentimiento para con Dios y ala fe en
Nuestro Señor Jesucristo». (Hechos XX: 21); y el que cree en El,
cree en el Padre, puesto que el Padre está en El como el alma en su
cuerpo, y nadie puede ver ni hablar con el alma, sino por medio del
cuerpo (Juan VIII: 19; XIV: 7; XII: 45; XIII: 20. Nadie puede ver á
Dios (al Padre) y vivir (Éxodo XXXIII: 20). Por lo cual el Señor
dice que Nadie vio jamás á Dios; el Hijo Unigénito que está en el
seno del Padre le ha declarado (Juan I: 18; VI: 46; V: 37). Pero los
que no tienen conocimiento acerca del Señor, como la mayor parte de
los Gentiles, si creen en un Solo Dios y viven en conformidad con
sus preceptos religiosos, son salvos por medio de su fe y su vida;
porque sólo á los que tienen conocimiento del Señor es imputado
responsabilidad si no se dirigen á El y creen en El como el Solo y
único Dios, en el cual hay Divina Trinidad; los que no tienen ese
conocimiento no son responsables, porque es como cuando un hombre
ciego tropieza y cae. —Por eso dice el Señor:
«Si
fuerais ciegos, no tuvierais pecado, mas ahora, porque decís:
«Vemos»; por tanto permanece vuestro pecado» (Juan IX: 41).
88.
A la muerte todo hombre entra en el mundo espiritual, donde es
examinado con respecto á la cualidad de su amor y fe. Si en el mundo
ha reconocido á Dios y vivido bien, en acuerdo con su conciencia,
está dispuesto á dejarse instruir y admite poco á poco las verdades
con respecto al Señor y al cielo, siendo después elevado é
introducido en el cielo entre los ángeles. Pero si en el mundo ha
vivido en el mal, en egoísmo y en amor al mundo, se aparta de los
buenos, rechaza las verdades y no quiere dejarse instruir. Los del
mundo Cristiano, que ahora entran en el mundo espiritual, no
creyendo que el Señor solo es Dios y no dirigiéndose á El Solo, si
sin embargo son buenos, admiten estas verdades, cuando son
instruidos y entran en el cielo; pero si en el mundo han vivido en
el mal, y por causa de la mala cualidad de su amor así adquirida, no
quieren admitir, que el Señor es el Solo y Único Dios del cielo y de
la tierra, son rechazados apenas se acerquen al cielo; su rostro se
aparta del cielo y se vuelve hacia la tierra inferior á la cual se
dirigen, uniéndose allí con los que en el Apocalipsis se entienden
por el dragón y el falso profeta. En la tierra ahora todo hombre
que, conociendo al Señor y teniendo el Verbo, no se dirija al Señor
Solo, no es escuchado con aceptación. Sus oraciones son en el cielo
como olores nauseabundos y como exhalaciones de pulmones ulcerados.
Así es ahora con toda adoración que no es dirigida á un Solo Dios en
una Sola Persona, es decir, al Señor Dios el Salvador, en la tierra
llamado Jesucristo.
89.
La diferencia en el estado de la Iglesia antes y después de la
venida de Dios en la carne es como entre un hombre que lee un
escrito de noche á la claridad de la luna y uno que lo lee á la luz
del sol en un día sereno sin nubes. En el primer caso la vista es
sujeta á equivocaciones, pero en el último caso no se equivoca por
falta de luz. La venida del Señor se describe también en las
Escrituras así:
«El
Dios de Israel ha dicho y la roca ele Israel me habló; será como la
luz de la mañana cuando sale el sol, de una mañana sin nubes» (2
Samuel XXIII: 3; 4).
El
Dios da Israel, Roca de Israel, es el Señor. Asimismo dice Isaías:
«La
luz de la luna será como la luz del sol y la luz del sol siete veces
mayor, como la luz de siete días, en el día que soldará Jehová la
quebradura de su pueblo y curará la llaga de su herida» (XXX: 26).
Esto
se dice con referencia al estado de la Iglesia después de la venida
del Señor.
90.
RECUERDO. (Extracto). Una vez hallándome en el mundo
espiritual, vi un objeto en el aire que caía hacia la tierra,
rodeado de un círculo luminoso. Era un meteoro, vulgarmente llamado
un dragón. Observé el sitio donde cayó, pero desapareció en el
crepúsculo de la mañana, como suelen desaparecer los fuegos fatuos.
Cuando hubo amanecido, fui al lugar donde cayó, y he aquí, en el
suelo había una mezcla de azufre, limaduras de hierro y barro;
luego, de repente, aparecieron dos tiendas de lona, una sobre el
punto mismo y la otra al lado hacia el mediodía; miré arriba y vi
cierto espíritu, que cayó del cielo como un relámpago, siendo
lanzado dentro de la tienda, que estaba sobre el lugar, en el cual
cayó el meteoro, hallándome yo en la otra, al lado hacia el
mediodía. En la puerta de esta tienda estaba yo y ví al espíritu en
la puerta de la suya. Le pregunté entonces, por qué cayó de tal
manera del cielo, y respondió que fue echado como espíritu del
dragón por los ángeles de Micael, «porque», dijo, «dije ciertas
cosas acerca de mi fe en la cual me confirmé en el mundo, entre
otras cosas esto, que Dios Padre y Dios Hijo son dos y no uno;
porque ahora todos en el cielo creen que son uno como el alma y el
cuerpo y toda palabra que contradiga esto, es para ellos como
picadura en las narices y como un gusano que se introduce en sus
oídos, procurando perforarlos y causándoles así molestia y dolor;
por lo cual, cualquiera que contradiga su creencia es invitado á
salir, y si se resiste es precipitado cabeza abajo». Al oír esto le
pregunté: «¿por qué no creíste lo que ellos creen?» y me contestó:
«Después de salir del mundo nadie puede creer otra cosa que aquello
en lo cual se ha confirmado, lo cual así ha sido inscrito sobre él
mismo; esto permanece fijo en él y no puede ser modificado, sobre
todo aquello en que se ha confirmado con respecto á Dios, puesto que
cada uño en el cielo ocupa su lugar con arreglo á la idea particular
que tiene acerca de Dios».
El
espíritu fue luego enviado al pozo del abismo, mencionado en el
Apocalipsis (cap. IX: 2 y siguientes), donde los ángeles del dragón
discuten los misterios de su fe. El día siguiente, mirando hacia el
mismo lugar, vi en vez de las tiendas dos estatuas que parecían
seres humanos, hechas del polvo de la tierra del lugar, que
consistía de azufre, limaduras de hierro y barro, y una de las
estatuas parecía tener en su mano izquierda un cetro y sobre su
cabeza una corona; en su mano derecha un libro, y también llevaba un
racional adornado con piedras preciosas, y por la espalda un manto
que notaba hacia la otra estatua; pero estas cosas fueron inducidas
sobre las estatuas por medio de la fantasía,.; luego se dejó oír una
voz que procedía de cierto dragonista: «Esta estatua representa
nuestra fe como una reina, y la otra, que está detrás de ella,
representa el amor como doncella suya». Esta última era de la misma
composición, de polvo de la tierra, y colocada á la extremidad del
manto que arrastraba la reina, y tenía en la mano un papel en el
cual estaba escrito: «Ten cuidado de no acercarte y tocar al manto»;
pero entonces cayó una fuerte lluvia del cielo, penetrando en ambas
estatuas, las cuales, siendo compuestas de una mezcla de azufre,
hierro y barro, comenzaron á hervir, como suele hacer una mezcla de
estos ingredientes cuando se echa agua encima, y así ardiendo por un
fuego interior, fueron reducidas á dos montones de ceniza, cuyos
montones luego presentaban el aspecto de dos sepulcros.
91.
RECUERDO 2.° En el mundo natural el hombre tiene dos maneras de
hablar, porque su pensamiento es doble; es exterior é interior. Un
hombre puede hablar desde su pensamiento interior, y al mismo tiempo
desde su pensamiento exterior, y puede hablar desde su pensamiento
exterior y no desde su interior, y hasta contrariamente al interior;
de esta naturaleza es el habla de los disimuladores, .aduladores é
hipócritas. En el mundo espiritual, por el contrario, el hombre no
tiene una doble habla, sino sencilla. Allí habla lo que piensa; de
lo contrario, el sonido de la voz es ronco y molesta el oído; pero
puede sin embargo guardar silencio y así no divulgar los
pensamientos de su mente. Por esta razón, cuando un hipócrita entra
entre los sabios, si no se marcha, se mete en un rincón, evita el
ser observado y guarda silencio. Una vez se hallaban reunidos varios
en el mundo de los espíritus, conversando sobre este particular,
diciendo que «el no poder hablar más que lo que se piensa, debe ser
duro para los que no han pensado justa y rectamente con respecto á
Dios y al Señor, teniendo sin embargo que estar en compañía de los
buenos». En el centro de la asamblea se hallaban los reformados, y
junto a ellos los papistas con los frailes, y ambas clases dijeron
al principio, que no era duro. ¿Qué necesidad hay de hablar de otra
manera que se piensa? y si por ventura no se piensa justamente, ¿no
puede cerrar los labios y guardar silencio? y uno del clero dijo:
«¿Quién no piensa justamente con respecto al Señor y á Dios?» Pero
algunos de la congregación dijeron: «Ensayémoslos»; y se dirigieron
a los que se habían confirmado en una Trinidad de personas con
respecto a Dios, invitándoles á que dijesen: Un Único Dios, pero no
podían; torcían y retorcían sus labios de muchas maneras, pero no
podían articular otras palabras que las que concordaban con las
ideas de sus pensamientos, que eran las ideas de tres personas y por
consiguiente de tres Dioses. Luego fue dicho á los que se habían
confirmado en la fe separada del amor, que pronunciasen el nombre de
Jesús, pero no podían, si bien podían pronunciar «Cristo», y
asimismo «Dios Padre». Se extrañaron y preguntaron la razón,
encontrándola ser ésta: Que habían orado á Dios Padre invocando el
mérito del Hijo y no habían orado al Salvador Mismo, y Jesús
significa Salvador. Fueron también invitados á decir Divina
Humanidad, según su pensamiento acerca de la Humanidad del Señor,
pero ninguno de los clérigos allí presentes podía decirlo; sólo
algunos de los legos podían, por lo cual esto fué objeto de una
seria discusión, y les leyeron los siguientes pasajes de los
Evangelios: I. El Padre ha dado todas las cosas en las manos del
Hijo. (Juan III: 35). El Padre ha dado al Hijo potestad de toda
carne (XVII: 2). Todas las cosas me son entregadas por mi Padre
(Mateo XI: 27). Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra
(XVIII: 18). Y les fué dicho: por estas cosas guardad en el
pensamiento que Cristo es el Dios del Cielo y de la tierra, tanto
con respecto á su Divino cuanto á su Humano, y así pronunciad Divina
Humanidad; pero tampoco así lo podían. Dijeron que por estos pasajes
tenían por cierto alguna idea acerca de ello en su entendimiento,
pero sin embargo, no tenían reconocimiento, y por esta razón no
podían pronunciarlo. II. Luego les leyeron de Lucas (I: 32; 34, 35),
que el Señor en cuanto á su Humano era el Hijo de Jehová Dios; que
allí es llamado el Hijo del Altísimo, y en varios lugares el Hijo de
Dios y también el Unigénito, y les dijeron de retener esto en su
memoria y asimismo que el Hijo Unigénito de Dios, nacido en el
mundo, no puede menos de ser Dios, como el Padre es Dios, y entonces
pronunciar distintamente: Divina Humanidad. Pero dijeron: «No
podemos, porque nuestro pensamiento espiritual, que es el más
íntimo, no admite en el pensamiento más inmediato al habla otras
ideas que las que están en acuerdo»; y dijeron también que por este
hecho percibían, que ahora no les era permitido dividir sus
pensamientos, como en el mundo. III. Entonces leyéronles estas
palabras del Señor á Felipe; Felipe dijo: «Señor, enséñanos al
Padre; y el Señor dijo: ¿no crees que yo soy en el Padre y el Padre
en Mi?» (Juan XIV: 8; 11); y también otros pasajes, que el Padre y
El son Uno (como por ejemplo en Juan X: 30), y les dijeron de
retener esto en sus pensamientos y pronunciar Divina Humanidad. Pero
por no estar aquel pensamiento arraigado en el reconocimiento de que
el Señor es Dios también con respecto á Su Naturaleza Humana,
torcían sus labios hasta indignarse y procuraban obligar su boca á
pronunciarlo, pero no podían. La causa era que las ideas de los
pensamientos, las cuales fluyen del reconocimiento, forman uno con
las palabras de la lengua en los que están en el mundo espiritual, y
donde estas ideas no existen, allí tampoco existen palabras, siendo
así que las ideas se vuelven palabras en el habla. IV. Además les
leyeron de la doctrina admitida en el mundo cristiano entero, las
siguientes palabras: Lo Divino y lo Humano en el Señor no son dos,
sino uno y una Persona, unidos como el alma y el cuerpo en el
hombre. Estas palabras son de la confesión de la fe, llamada de
Atanasio y reconocida por los concilios. «Por esto»— les
dijeron—«podéis ciertamente tener una idea, por reconocimiento, de
que la Humanidad del Señor es Divina, porque es de la doctrina de
vuestra iglesia, que reconocíais en el mundo». Además el alma es la
esencia misma del hombre, y el cuerpo es su forma, y la esencia y su
forma hacen uno como el esse y el existere, y como la causa y su
efecto. Retenían la idea y procuraban por ella pronunciar Divina
Humanidad, pero no podían, porque su más íntima idea acerca de la
Humanidad del Señor exterminaba y expulsaba á esta otra idea
«adicional», como la llamaron. V. Entonces les fue leído este pasaje
de Juan: El Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios, y el Verbo fue
hecho carne (I: 4; 14); y también este otro: Jesucristo es el
verdadero Dios y la Vida eterna (epístola de Juan, vers. 20); y de
Pablo: En Jesucristo mora toda la plenitud de la Divinidad
corporalmente (Colosenses II: 9), y les fué dicho de pensar de
acuerdo con esto, es decir, que Dios, que era el Verbo, fué hecho
Carne, que era el verdadero Dios, y que toda la plenitud do la
Divinidad mora en El corporalmente; y lo hicieron, pero tan sólo en
su pensamiento exterior, por lo cual, á causa de la resistencia de
su pensamiento interior, no podían pronunciar Divina Humanidad, y
dijeron francamente que no podían tener idea de una Divina
Humanidad, porque Dios es Dios y el hombre es hombre, y Dios es
Espíritu y con respecto al espíritu no hemos tenido otra idea que de
aire ó éter. VI. Después les fue dicho: «Sabéis que el Señor dijo:
permaneced en Mí y Yo en vosotros; el que permanece en Mi y Yo en
él, éste lleva mucho fruto, porque sin Mí nada podéis hacer» (Juan
XV: 4,5); y en vista deque se hallaban presentes algunos clérigos
ingleses, les fue leído de una de las exhortaciones referentes á la
Santa Cena: «.Porque cuando espiritualmente comemos Ia Carne de
Cristo y bebemos Su Sangre, entonces permanecemos en Cristo y Cristo
en nosotros». Si ahora pensáis que esto no puede ser el caso á menos
de que la Humanidad del Señor sea Divina, pronunciad entonces Divina
Humanidad por el reconocimiento en el pensamiento». Pero aun así no
lo podían, porque llevaban tan hondamente impresa en sí la idea de
que lo Divino no puede ser Humano y lo Humano no puede ser Divino, y
que Su Divino era del Hijo desde Eternidad, y Su Humanidad como la
humanidad de otro hombre. Pero les dijeron: «¿Cómo podéis pensar
así? ¿Puede una mente racional jamás pensar que un Hijo nació de
Dios desde Eternidad?» VII Después de esto se dirigieron á los
Evangélicos, diciendo que la confesión de Augsburgo y Lutero enseña
que el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre es una Persona en Cristo,
que es Omnipotente y Omnipresente también en cuanto á su Humanidad,
y que en cuanto á ésta está sentado á la diestra de Dios Padre y
gobierna todas las cosas en el cielo y en la tierra/ llena todas las
cosas, está presente con nosotros, mora y opera en nosotros., y no
hay diferencia en la adoración, porque por medio déla Divinidad, que
es discernible y visible, se adora á la Divinidad que es invisible é
indiscernible, y que en Cristo Dios es Hombre y el Hombre Dios.
Oyendo estas palabras, dijeron: «¿es esto así?» y miraban en
derredor de sí, diciendo después: «ignorábamos esto, por lo cual no
podemos decir Divina Humanidad»; pero algunos dijeron: «lo hemos
leído y hemos escrito acerca de ello, pero cuando reflexionábamos
sobre ello, no dejaba de ser para nosotros meras palabras, de las
cuales no teníamos idea interior». VIII. Finalmente, dirigiéndose á
los papistas, dijeron: «Quizás podéis vosotros decir Divina
Humanidad, siendo así que creéis, que en vuestra eucaristía está
Cristo enteramente en el vino y en el agua y en cada partícula de
ellos, y le adoráis también al llevar por los alrededores la Hostia
como el Santísimo Dios; también porque llamáis á María Deípara (la
que ha parido á Dios), por consiguiente reconocéis, que parió á
Dios, es decir, á la Divina Humanidad». Procuraban entonces
pronunciarlo, pero les impedía la idea material que tenían con
respecto al cuerpo y sangre de Cristo, y también la creencia de que
Su Humanidad es separable de Su Divinidad, siendo estos dos
efectivamente separados en el Papa, al cual pretenden fue
transferida su potestad humana, pero no Su Potestad Divina. Entonces
se levantó un fraile, y dijo, que más fácilmente podía imaginarse
una Divina Humanidad con respecto á la Santísima Virgen María, y
también con respecto á un Santo que fue de su monasterio. Otro
fraile se adelantó y dijo: «Por la idea de mi pensamiento, que ahora
tengo, puedo con más facilidad decir Divina Humanidad con respecto
al Santísimo Papa, que con respecto á Cristo». Pero entonces algunos
de los papistas le tiraban de la capa por detrás, diciéndole: ¡qué
vergüenza! Después se vio abierto el cielo y descendieron como
pequeñas llamas de fuego, que influían en algunos, y éstos alababan
entonces á la Divina Humanidad del Señor, diciendo: «Apartad de
vosotros la idea de tres Dioses y creed, que en el Señor mora toda
la plenitud de la Divinidad corporalmente; que el Padre y El son Uno
como el alma y el cuerpo son uno, y que Dios no es aire ó éter, sino
que es Hombre. Entonces tendréis conjunción con el cielo y podréis
por el Señor pronunciar el nombre de Jesús y decir Divina
Humanidad».
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