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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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IX

Ahora ninguno de entre los Cristianos va al cielo, á menos de que crea en el Señor Dios el Salvador y se dirija a El Solo.

87.   Leemos en Isaías:

«He aquí, yo crío un cielo nuevo y una nueva tierra y de lo primero no habrá memoria, ni vendrá al pensamiento, y he aquí, yo crío á Jerusalén alegría y á su pueblo gozo» (LXV: 17; 18).

y en el Apocalipsis:

«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, y vi la Santa ciudad Jerusalén nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido; y El que estaba sentado sobre el trono dijo: He aquí, Yo hago nuevas todas las cosas» (XXI: 1; 2; 5).

y á menudo se dice en las Escrituras que Nadie más que los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero, entrarán en el Cielo (Apocalipsis XIII: 8; XVII: 8; XX: 12; 15; XXI: 27). Cielo aquí, no significa el cielo visible encima de nosotros, sino el cielo de los ángeles; Jerusalén no quiere decir una ciudad del cielo, sino la Iglesia que desciende del Cielo, del Señor, y el libro de vida del Cordero no quiere decir un libro escrito en el cielo, cuyo libro será abierto, sino el Verbo que nos dio el Señor y que trata de El. Ha sido abundantemente explicado y demostrado en lo que antecede, que Jehová Dios, llamado el Creador del Universo, descendió y adopto Humanidad á fin de hacerse accesible á los hombres y de posibilitar la conjunción con El por medio de esta Naturaleza Humana, porque sin ella no hay acceso ni conjunción posible entre los hombres y El. ¿Quién, dirigiéndose á un hombre, se dirige á su alma y no á su cuerpo? ¿Quién puede dirigirse al alma sino por conducto del cuerpo? Sin dirigirse al cuerpo no puede dirigirse al alma pero por medio del cuerpo puede dirigirse al alma, porque así ve al hombre cara á cara y habla con él boca á boca. El caso es el mismo con el hombre y Dios, porque Dios Padre está en el Hijo como el alma en el cuerpo, y en este sentido dice el Señor, que es El «la puerta» de las ovejas; que los que entran y salen por El, entran y salen y encuentran pasto, pero los que procuran subir por otra parte son ladrones y robadores. Para dirigirse á El y entrar por El es necesario que el hombre crea en El; porque sin la fe en El y la confianza de que El salva, nadie puede acercarse. El Señor dice repetidamente en el Verbo, que es necesario que el hombre crea en El, que el que cree en el Hijo tendrá vida eterna y el que no cree en el Hijo no verá la vida; que si no creemos en El, y si no creemos que El es, permaneceremos en nuestros pecados. Que El es el camino y que nadie viene al Padre sino por El. Los apóstoles dicen que El es el verdadero Dios y la Vida eterna, y Pablo particularmente «exhortaba A Judíos y á Griegos al arrepentimiento para con Dios y ala fe en Nuestro Señor Jesucristo». (Hechos XX: 21); y el que cree en El, cree en el Padre, puesto que el Padre está en El como el alma en su cuerpo, y nadie puede ver ni hablar con el alma, sino por medio del cuerpo (Juan VIII: 19; XIV: 7; XII: 45; XIII: 20. Nadie puede ver á Dios (al Padre) y vivir (Éxodo XXXIII: 20). Por lo cual el Señor dice que Nadie vio jamás á Dios; el Hijo Unigénito que está en el seno del Padre le ha declarado (Juan I: 18; VI: 46; V: 37). Pero los que no tienen conocimiento acerca del Señor, como la mayor parte de los Gentiles, si creen en un Solo Dios y viven en conformidad con sus preceptos religiosos, son salvos por medio de su fe y su vida; porque sólo á los que tienen conocimiento del Señor es imputado responsabilidad si no se dirigen á El y creen en El como el Solo y único Dios, en el cual hay Divina Trinidad; los que no tienen ese conocimiento no son responsables, porque es como cuando un hombre ciego tropieza y cae. —Por eso dice el Señor:

«Si fuerais ciegos, no tuvierais pecado, mas ahora, porque decís: «Vemos»; por tanto permanece vuestro pecado» (Juan IX: 41).

88. A la muerte todo hombre entra en el mundo espiritual, donde es examinado con respecto á la cualidad de su amor y fe. Si en el mundo ha reconocido á Dios y vivido bien, en acuerdo con su conciencia, está dispuesto á dejarse instruir y admite poco á poco las verdades con respecto al Señor y al cielo, siendo después elevado é introducido en el cielo entre los ángeles. Pero si en el mundo ha vivido en el mal, en egoísmo y en amor al mundo, se aparta de los buenos, rechaza las verdades y no quiere dejarse instruir. Los del mundo Cristiano, que ahora entran en el mundo espiritual, no creyendo que el Señor solo es Dios y no dirigiéndose á El Solo, si sin embargo son buenos, admiten estas verdades, cuando son instruidos y entran en el cielo; pero si en el mundo han vivido en el mal, y por causa de la mala cualidad de su amor así adquirida, no quieren admitir, que el Señor es el Solo y Único Dios del cielo y de la tierra, son rechazados apenas se acerquen al cielo; su rostro se aparta del cielo y se vuelve hacia la tierra inferior á la cual se dirigen, uniéndose allí con los que en el Apocalipsis se entienden por el dragón y el falso profeta. En la tierra ahora todo hombre que, conociendo al Señor y teniendo el Verbo, no se dirija al Señor Solo, no es escuchado con aceptación. Sus oraciones son en el cielo como olores nauseabundos y como exhalaciones de pulmones ulcerados. Así es ahora con toda adoración que no es dirigida á un Solo Dios en una Sola Persona, es decir, al Señor Dios el Salvador, en la tierra llamado Jesucristo.

89. La diferencia en el estado de la Iglesia antes y después de la venida de Dios en la carne es como entre un hombre que lee un escrito de noche á la claridad de la luna y uno que lo lee á la luz del sol en un día sereno sin nubes. En el primer caso la vista es sujeta á equivocaciones, pero en el último caso no se equivoca por falta de luz. La venida del Señor se describe también en las Escrituras así:

«El Dios de Israel ha dicho y la roca ele Israel me habló; será como la luz de la mañana cuando sale el sol, de una mañana sin nubes» (2 Samuel XXIII: 3; 4).

El Dios da Israel, Roca de Israel, es el Señor. Asimismo dice Isaías:

«La luz de la luna será como la luz del sol y la luz del sol siete veces mayor, como la luz de siete días, en el día que soldará Jehová la quebradura de su pueblo y curará la llaga de su herida» (XXX: 26).

Esto se dice con referencia al estado de la Iglesia después de la venida del Señor.

90.   RECUERDO. (Extracto). Una vez hallándome en el mundo espiritual, vi un objeto en el aire que caía hacia la tierra, rodeado de un círculo luminoso. Era un meteoro, vulgarmente llamado un dragón. Observé el sitio donde cayó, pero desapareció en el crepúsculo de la mañana, como suelen desaparecer los fuegos fatuos. Cuando hubo amanecido, fui al lugar donde cayó, y he aquí, en el suelo había una mezcla de azufre, limaduras de hierro y barro; luego, de repente, aparecieron dos tiendas de lona, una sobre el punto mismo y la otra al lado hacia el mediodía; miré arriba y vi cierto espíritu, que cayó del cielo como un relámpago, siendo lanzado dentro de la tienda, que estaba sobre el lugar, en el cual cayó el meteoro, hallándome yo en la otra, al lado hacia el mediodía. En la puerta de esta tienda estaba yo y ví al espíritu en la puerta de la suya. Le pregunté entonces, por qué cayó de tal manera del cielo, y respondió que fue echado como espíritu del dragón por los ángeles de Micael, «porque», dijo, «dije ciertas cosas acerca de mi fe en la cual me confirmé en el mundo, entre otras cosas esto, que Dios Padre y Dios Hijo son dos y no uno; porque ahora todos en el cielo creen que son uno como el alma y el cuerpo y toda palabra que contradiga esto, es para ellos como picadura en las narices y como un gusano que se introduce en sus oídos, procurando perforarlos y causándoles así molestia y dolor; por lo cual, cualquiera que contradiga su creencia es invitado á salir, y si se resiste es precipitado cabeza abajo». Al oír esto le pregunté: «¿por qué no creíste lo que ellos creen?» y me contestó: «Después de salir del mundo nadie puede creer otra cosa que aquello en lo cual se ha confirmado, lo cual así ha sido inscrito sobre él mismo; esto permanece fijo en él y no puede ser modificado, sobre todo aquello en que se ha confirmado con respecto á Dios, puesto que cada uño en el cielo ocupa su lugar con arreglo á la idea particular que tiene acerca de Dios».

El espíritu fue luego enviado al pozo del abismo, mencionado en el Apocalipsis (cap. IX: 2 y siguientes), donde los ángeles del dragón discuten los misterios de su fe. El día siguiente, mirando hacia el mismo lugar, vi en vez de las tiendas dos estatuas que parecían seres humanos, hechas del polvo de la tierra del lugar, que consistía de azufre, limaduras de hierro y barro, y una de las estatuas parecía tener en su mano izquierda un cetro y sobre su cabeza una corona; en su mano derecha un libro, y también llevaba un racional adornado con piedras preciosas, y por la espalda un manto que notaba hacia la otra estatua; pero estas cosas fueron inducidas sobre las estatuas por medio de la fantasía,.; luego se dejó oír una voz que procedía de cierto dragonista: «Esta estatua representa nuestra fe como una reina, y la otra, que está detrás de ella, representa el amor como doncella suya». Esta última era de la misma composición, de polvo de la tierra, y colocada á la extremidad del manto que arrastraba la reina, y tenía en la mano un papel en el cual estaba escrito: «Ten cuidado de no acercarte y tocar al manto»; pero entonces cayó una fuerte lluvia del cielo, penetrando en ambas estatuas, las cuales, siendo compuestas de una mezcla de azufre, hierro y barro, comenzaron á hervir, como suele hacer una mezcla de estos ingredientes cuando se echa agua encima, y así ardiendo por un fuego interior, fueron reducidas á dos montones de ceniza, cuyos montones luego presentaban el aspecto de dos sepulcros.

91. RECUERDO 2.° En el mundo natural el hombre tiene dos maneras de hablar, porque su pensamiento es doble; es exterior é interior. Un hombre puede hablar desde su pensamiento interior, y al mismo tiempo desde su pensamiento exterior, y puede hablar desde su pensamiento exterior y no desde su interior, y hasta contrariamente al interior; de esta naturaleza es el habla de los disimuladores, .aduladores é hipócritas. En el mundo espiritual, por el contrario, el hombre no tiene una doble habla, sino sencilla. Allí habla lo que piensa; de lo contrario, el sonido de la voz es ronco y molesta el oído; pero puede sin embargo guardar silencio y así no divulgar los pensamientos de su mente. Por esta razón, cuando un hipócrita entra entre los sabios, si no se marcha, se mete en un rincón, evita el ser observado y guarda silencio. Una vez se hallaban reunidos varios en el mundo de los espíritus, conversando sobre este particular, diciendo que «el no poder hablar más que lo que se piensa, debe ser duro para los que no han pensado justa y rectamente con respecto á Dios y al Señor, teniendo sin embargo que estar en compañía de los buenos». En el centro de la asamblea se hallaban los reformados, y junto a ellos los papistas con los frailes, y ambas clases dijeron al principio, que no era duro. ¿Qué necesidad hay de hablar de otra manera que se piensa? y si por ventura no se piensa justamente, ¿no puede cerrar los labios y guardar silencio? y uno del clero dijo: «¿Quién no piensa justamente con respecto al Señor y á Dios?» Pero algunos de la congregación dijeron: «Ensayémoslos»; y se dirigieron a los que se habían confirmado en una Trinidad de personas con respecto a Dios, invitándoles á que dijesen: Un Único Dios, pero no podían; torcían y retorcían sus labios de muchas maneras, pero no podían articular otras palabras que las que concordaban con las ideas de sus pensamientos, que eran las ideas de tres personas y por consiguiente de tres Dioses. Luego fue dicho á los que se habían confirmado en la fe separada del amor, que pronunciasen el nombre de Jesús, pero no podían, si bien podían pronunciar «Cristo», y asimismo «Dios Padre». Se extrañaron y preguntaron la razón, encontrándola ser ésta: Que habían orado á Dios Padre invocando el mérito del Hijo y no habían orado al Salvador Mismo, y Jesús significa Salvador. Fueron también invitados á decir Divina Humanidad, según su pensamiento acerca de la Humanidad del Señor, pero ninguno de los clérigos allí presentes podía decirlo; sólo algunos de los legos podían, por lo cual esto fué objeto de una seria discusión, y les leyeron los siguientes pasajes de los Evangelios: I. El Padre ha dado todas las cosas en las manos del Hijo. (Juan III: 35). El Padre ha dado al Hijo potestad de toda carne (XVII: 2). Todas las cosas me son entregadas por mi Padre (Mateo XI: 27). Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra (XVIII: 18). Y les fué dicho: por estas cosas guardad en el pensamiento que Cristo es el Dios del Cielo y de la tierra, tanto con respecto á su Divino cuanto á su Humano, y así pronunciad Divina Humanidad; pero tampoco así lo podían. Dijeron que por estos pasajes tenían por cierto alguna idea acerca de ello en su entendimiento, pero sin embargo, no tenían reconocimiento, y por esta razón no podían pronunciarlo. II. Luego les leyeron de Lucas (I: 32; 34, 35), que el Señor en cuanto á su Humano era el Hijo de Jehová Dios; que allí es llamado el Hijo del Altísimo, y en varios lugares el Hijo de Dios y también el Unigénito, y les dijeron de retener esto en su memoria y asimismo que el Hijo Unigénito de Dios, nacido en el mundo, no puede menos de ser Dios, como el Padre es Dios, y entonces pronunciar distintamente: Divina Humanidad. Pero dijeron: «No podemos, porque nuestro pensamiento espiritual, que es el más íntimo, no admite en el pensamiento más inmediato al habla otras ideas que las que están en acuerdo»; y dijeron también que por este hecho percibían, que ahora no les era permitido dividir sus pensamientos, como en el mundo. III. Entonces leyéronles estas palabras del Señor á Felipe; Felipe dijo: «Señor, enséñanos al Padre; y el Señor dijo: ¿no crees que yo soy en el Padre y el Padre en Mi?» (Juan XIV: 8; 11); y también otros pasajes, que el Padre y El son Uno (como por ejemplo en Juan X: 30), y les dijeron de retener esto en sus pensamientos y pronunciar Divina Humanidad. Pero por no estar aquel pensamiento arraigado en el reconocimiento de que el Señor es Dios también con respecto á Su Naturaleza Humana, torcían sus labios hasta indignarse y procuraban obligar su boca á pronunciarlo, pero no podían. La causa era que las ideas de los pensamientos, las cuales fluyen del reconocimiento, forman uno con las palabras de la lengua en los que están en el mundo espiritual, y donde estas ideas no existen, allí tampoco existen palabras, siendo así que las ideas se vuelven palabras en el habla. IV. Además les leyeron de la doctrina admitida en el mundo cristiano entero, las siguientes palabras: Lo Divino y lo Humano en el Señor no son dos, sino uno y una Persona, unidos como el alma y el cuerpo en el hombre. Estas palabras son de la confesión de la fe, llamada de Atanasio y reconocida por los concilios. «Por esto»— les dijeron—«podéis ciertamente tener una idea, por reconocimiento, de que la Humanidad del Señor es Divina, porque es de la doctrina de vuestra iglesia, que reconocíais en el mundo». Además el alma es la esencia misma del hombre, y el cuerpo es su forma, y la esencia y su forma hacen uno como el esse y el existere, y como la causa y su efecto. Retenían la idea y procuraban por ella pronunciar Divina Humanidad, pero no podían, porque su más íntima idea acerca de la Humanidad del Señor exterminaba y expulsaba á esta otra idea «adicional», como la llamaron. V. Entonces les fue leído este pasaje de Juan: El Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios, y el Verbo fue hecho carne (I: 4; 14); y también este otro: Jesucristo es el verdadero Dios y la Vida eterna (epístola de Juan, vers. 20); y de Pablo: En Jesucristo mora toda la plenitud de la Divinidad corporalmente (Colosenses II: 9), y les fué dicho de pensar de acuerdo con esto, es decir, que Dios, que era el Verbo, fué hecho Carne, que era el verdadero Dios, y que toda la plenitud do la Divinidad mora en El corporalmente; y lo hicieron, pero tan sólo en su pensamiento exterior, por lo cual, á causa de la resistencia de su pensamiento interior, no podían pronunciar Divina Humanidad, y dijeron francamente que no podían tener idea de una Divina Humanidad, porque Dios es Dios y el hombre es hombre, y Dios es Espíritu y con respecto al espíritu no hemos tenido otra idea que de aire ó éter. VI. Después les fue dicho: «Sabéis que el Señor dijo: permaneced en Mí y Yo en vosotros; el que permanece en Mi y Yo en él, éste lleva mucho fruto, porque sin Mí nada podéis hacer» (Juan XV: 4,5); y en vista deque se hallaban presentes algunos clérigos ingleses, les fue leído de una de las exhortaciones referentes á la Santa Cena: «.Porque cuando espiritualmente comemos Ia Carne de Cristo y bebemos Su Sangre, entonces permanecemos en Cristo y Cristo en nosotros». Si ahora pensáis que esto no puede ser el caso á menos de que la Humanidad del Señor sea Divina, pronunciad entonces Divina Humanidad por el reconocimiento en el pensamiento». Pero aun así no lo podían, porque llevaban tan hondamente impresa en sí la idea de que lo Divino no puede ser Humano y lo Humano no puede ser Divino, y que Su Divino era del Hijo desde Eternidad, y Su Humanidad como la humanidad de otro hombre. Pero les dijeron: «¿Cómo podéis pensar así? ¿Puede una mente racional jamás pensar que un Hijo nació de Dios desde Eternidad?» VII Después de esto se dirigieron á los Evangélicos, diciendo que la confesión de Augsburgo y Lutero enseña que el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre es una Persona en Cristo, que es Omnipotente y Omnipresente también en cuanto á su Humanidad, y que en cuanto á ésta está sentado á la diestra de Dios Padre y gobierna todas las cosas en el cielo y en la tierra/ llena todas las cosas, está presente con nosotros, mora y opera en nosotros., y no hay diferencia en la adoración, porque por medio déla Divinidad, que es discernible y visible, se adora á la Divinidad que es invisible é indiscernible, y que en Cristo Dios es Hombre y el Hombre Dios. Oyendo estas palabras, dijeron: «¿es esto así?» y miraban en derredor de sí, diciendo después: «ignorábamos esto, por lo cual no podemos decir Divina Humanidad»; pero algunos dijeron: «lo hemos leído y hemos escrito acerca de ello, pero cuando reflexionábamos sobre ello, no dejaba de ser para nosotros meras palabras, de las cuales no teníamos idea interior». VIII. Finalmente, dirigiéndose á los papistas, dijeron: «Quizás podéis vosotros decir Divina Humanidad, siendo así que creéis, que en vuestra eucaristía está Cristo enteramente en el vino y en el agua y en cada partícula de ellos, y le adoráis también al llevar por los alrededores la Hostia como el Santísimo Dios; también porque llamáis á María Deípara (la que ha parido á Dios), por consiguiente reconocéis, que parió á Dios, es decir, á la Divina Humanidad». Procuraban entonces pronunciarlo, pero les impedía la idea material que tenían con respecto al cuerpo y sangre de Cristo, y también la creencia de que Su Humanidad es separable de Su Divinidad, siendo estos dos efectivamente separados en el Papa, al cual pretenden fue transferida su potestad humana, pero no Su Potestad Divina. Entonces se levantó un fraile, y dijo, que más fácilmente podía imaginarse una Divina Humanidad con respecto á la Santísima Virgen María, y también con respecto á un Santo que fue de su monasterio. Otro fraile se adelantó y dijo: «Por la idea de mi pensamiento, que ahora tengo, puedo con más facilidad decir Divina Humanidad con respecto al Santísimo Papa, que con respecto á Cristo». Pero entonces algunos de los papistas le tiraban de la capa por detrás, diciéndole: ¡qué vergüenza! Después se vio abierto el cielo y descendieron como pequeñas llamas de fuego, que influían en algunos, y éstos alababan entonces á la Divina Humanidad del Señor, diciendo: «Apartad de vosotros la idea de tres Dioses y creed, que en el Señor mora toda la plenitud de la Divinidad corporalmente; que el Padre y El son Uno como el alma y el cuerpo son uno, y que Dios no es aire ó éter, sino que es Hombre. Entonces tendréis conjunción con el cielo y podréis por el Señor pronunciar el nombre de Jesús y decir Divina Humanidad».

92. RECUERDO 3.° Una vez, despertándome poco después de apuntar el día, me levanté y salí al jardín delante de mi casa. Vi al sol salir en su esplendor y alrededor de él una aureola, al principio débil, luego más distinta, resplandeciente como oro. Debajo de su borde inferior, subía una nube que parecía un carbunclo por la llama del sol. Caí en meditación sobre las fábulas de los antiguos, que se imaginaban la aurora con alas de plata y rostro reluciente como el oro. Mientras mi mente se deleitaba en estas cosas, fui en el espíritu y oí algunos hablar entre sí diciendo: «Ojalá que nos fuere permitido hablar con el innovador, que ha echado la manzana de contención entre los príncipes de la iglesia, detrás de cuya manzana han ido muchos de los legos, y recogiéndola la han presentado delante de nuestros ojos». Por esta manzana entendían un opúsculo mío titulado Breve exposición de la doctrina de la Nueva Iglesia, y dijeron: «Es en verdad una cosa cismática, cuyo parecido jamás hombre concibió». A esto oí exclamar á uno de ellos: «¿qué, cismática? ¡es una herejía!» Pero otros que estaban al lado de él contestaron: «Chitón, retén tu lengua; no es una herejía. Cita muchos pasajes del Verbo, á los cuales nuestros ignorantes, por los cuales entendemos los legos, atienden y consienten». Al oír estas cosas, encontrándome en el espíritu, me acerqué á ellos y dije: «Heme aquí; ¿qué pasa?» Entonces uno de ellos, un alemán, natural de Sajonia, según luego aprendí, hablando en tono de autoridad, dijo: «¿De dónde te ha venido la audacia de invertir la adoración en el mundo Cristiano, establecida desde hace tantos años, la cual es que se debe adorar á Dios Padre como el Creador del Universo y á su Hijo como Mediador y al Espíritu Santo como Operador? T tú separas el primero y este último Dios de nuestra Trinidad, cuando sin embargo el Señor Mismo dice: «Cuando oráis, orad de esta manera: Nuestro Padre, tú que estás en los cielos, Santificado sea tu nombre; venga tu reino». ¿No debemos, pues, adorar á Dios Padre?» Dicho esto hubo un silencio, y todos sus adictos se pusieron en la actitud de bravos soldados en buques de guerra, cuando divisan á la flota enemiga, prontos á gritar: «Ahora á la batalla, la victoria es nuestra». Entonces tomé la palabra y dije: «¿Quién de entre vosotros no sabe que Dios descendió del cielo y se hizo Hombre? porque leemos: «El Verbo era con Dios y el Verbo era Dios, y el Verbo fue hecho carne»; y además, ¿quién de entre vosotros no sabe—y miré á los evangélicos, entre los cuales estaba el dictador, que acababa de dirigirme la palabra—que en Cristo, que nació de la Virgen María, Dios es Hombre y el Hombre es Dios?» Pero á estas palabras se produjo en la reunión un grande ruido, por lo cual dije: «¿No sabéis esto? es de acuerdo con la doctrina de vuestra confesión, que se llama Formula concordia; en ésta se dicen estas cosas, las cuales son confirmadas y corroboradas por muchas otras». Entonces el dictador se dirigió á la reunión preguntando si sabían esto. Contestaron: «Hemos estudiado muy poco en ese libro con respecto á la Persona de Cristo, pero hemos hecho duros esfuerzos con respecto á otro artículo del mismo, que trata de la justificación por la fe sola. Sin embargo, si esas cosas se hallan allí, convinimos en ellas»; y entonces, recordándolo uno de ellos, dijo: «se hallan allí, y además se lee, que la Naturaleza Humana de Cristo es elevada á Divina Majestad y á todos sus atributos, y que en esa Naturaleza Cristo está sentado á la diestra del Padre». Oídas estas palabras permanecían silenciosos, y después de esta concurrencia hablé de nuevo, diciendo: «Escuchad las palabras del Señor Mismo, y si no habéis atendido á ellas antes, atended ahora; porque El dijo: «El Padre y Yo somos Uno. El Padre es en Mí y Yo en el Padre. Padre, todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. El que me ve á Mí ve al Padre». ¿Qué. pueden significar estas palabras, si no significan que el Padre es en el Hijo y el Hijo es en el Padre, y que son Uno como el alma y el cuerpo en el hombre, y por consiguiente, qué son una Persona? Esto debe también ser conforme á vuestra fe, si creéis el símbolo de Atanasio, donde estas cosas se dicen. Pero tomemos de las palabras citadas solo éstas: Todo lo tuyo es mío y todo lo mío es tuyo. ¿Qué puede decir esto, si no es que lo Divino del Padre pertenece á lo Humano del Hijo y que lo Humano del Hijo pertenece á lo Divino del Padre? Por consiguiente, que en Cristo Dios es Hombre y el Hombre es Dios? y que por consiguiente son uno como el alma y el cuerpo son uno. Cada hombre puede decir lo mismo con respecto á su alma y cuerpo, «todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; tú en mí y yo en tí; el que me ve á mí ve á ti; somos uno en cuanto á persona y en cuanto á la vida». La razón es que el alma está presente en todo el cuerpo y en cada partícula del mismo, y entre ellos existe mutualidad. De ahí es claro que lo Divino del Padre es el alma del Hijo, y que lo Humano del Hijo es el Cuerpo del Padre. ¿De dónde es el alma del hijo si no es del padre, y de dónde es su cuerpo si no es de la madre? Dije lo Divino del Padre, y esto quiere decir el Pa¬dre Mismo, puesto que El y Su Divino son una misma cosa, y El es uno é indivisible. Esto es asimismo evidente por las palabras del ángel Gabriel á María: La virtud del Altísimo te hará sombra y él Santo Espíritu vendrá sobre ti, y lo santo que nacerá será llamado el Hijo de Dios, y un poco más arriba es llamado el Hijo del Altísimo y en otro lugar el Hijo Unigénito. Pero vosotros que le llamáis el «hijo de María», perdéis la idea de Su Divinidad; sin embargo, no la pierden mas que los doctos del clero y los eruditos entre los legos, quienes, cuando elevan sus pensamientos por encima de las cosas sensuales del cuerpo, miran la gloria de su propia reputación, la cual no solo eclipsa, sino también extingue la luz, por medio de la cual entra la gloria de Dios. Pero volvamos á la oración del Señor en la cual se dice: «Nuestro Padre, tú que estás en los cielos; santificado sea tu nombre; venga tu reino». Vosotros, que estáis aquí, entendéis por estas palabras el Padre en cuanto á Su Divino solamente; pero yo entiendo por ellas el Padre en Su Naturaleza Humana; esta es en realidad el Nombre del Padre; porque el Señor dijo: Padre, glorifica tu Nombre; esto es, glorifica tu Humanidad; y cuando esto acontece, viene él Reino de Dios. Esta oración fue dada para el uso del presente tiempo, evidentemente como un medio de poder acercarse los hombres al Padre por conducto de Su Naturaleza Humana. El Señor dice también: nadie viene al Padre sino por Mí; y en el profeta: Niño nos es nacido; Hijo nos es dado, y Su Nombre Dios, Poderoso, Padre eterno, y en otro lugar: Tu oh Jehová es nuestro Padre, nuestro Redentor desde siempre es tu nombre, y además en muchos lugares el Señor, nuestro Salvador, es llamado Jehová. Esta es la verdadera explicación de las citadas palabras de esta oración». Dicho esto les miré, observando un cambio en sus semblantes causado por el cambio del estado de sus mentes; algunos asentían y me miraban; otros no asentían y apartaban de mí sus rostros. Entonces vi á la derecha una nube de color opal y á la izquierda una nube densa y sombría; debajo de una y otra nube hubo una apariencia de lluvia; debajo de la última, era como una lluvia recia de otoño, y debajo de la primera, como cuando cae el rocío al principio de la primavera. Entonces, súbitamente, fui apartado del espíritu y reintroducido en el cuerpo, volviendo así del mundo espiritual al mundo natural.

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