VI
Mediante los mismos actos uníose el Señor al Padre y el
Padre á El igualmente con arreglo al Divino Orden.
79. La ley del Divino Orden, según la cual se
verifica la conjunción entre Dios y el hombre, es que el hombre debe
prepararse para recibir á Dios, cuya preparación se hace con
adquirir conocimientos de Dios por las Divinas Verdades del Verbo y
vivir en conformidad con ellas. De esta manera el hombre sale por
así decir al encuentro de Dios, es elevado por El y conforme
asciende, desciende Dios en él, uniéndose con él y uniéndole
consigo. Estos actos del hombre son en otras palabras restablecer el
orden y el acuerdo en las cosas de su vida que han caído en desorden
y en desacuerdo. Esto hace cada hombre que es regenerado, y estos
actos son sus actos de redención con respecto á su pequeño mundo
individual, y es una imagen de los Divinos actos de redención
realizados por el Señor con respecto al Universo entero. La
diferencia es sin embargo, que el Señor realizó estos actos de y por
Sí Mismo y en un grado infinito, Divino, mientras que el hombre los
realiza, no de sí mismo, sino de y por el Señor y en un grado
finito, limitado. La Unión entre el Señor y el Padre se verificó de
esta manera por medio de actos de Redención, hechos por El, porque
los hizo desde su Naturaleza Humana, y conforme operaba se acercó lo
Divino, llamado Padre, asistía y cooperaba y finalmente se unían
mutuamente de tal manera, que no eran más dos sino uno. Esta Unión
es la Glorificación, de la cual hablaremos en su artículo. Es como
la unión entre el alma y el cuerpo, y la unión entre lo Divino,
llamado Padre, y Su Humano, llamado Hijo, era de esta naturaleza, lo
cual se ve claramente por
el Verbo que dice que Su Humano «fue concebido por Jehová el
Padre» (Lucas I: 34; 35) y de allí era por lo tanto su alma y vida.
Por esto dice que «El y el Padre son Uno» (Juan X: 30), que «el que
le ve y conoce á él ve y conoce al Padre» (XIV: 9). «Si me
conocieseis á mi conocierais á mi Padre» (VIII: 19). El que á mí
recibe, recibe al que me envió» (XIII: 20). «Que El está en el seno
del Padre» (I: 18). «Que todas las cosas del Padre son Suyas» (XVI:
15). Que es llamado «Padre eterno» (Isaías LX: 6). Que por eso
«tiene potestad sobre toda carne» (Juan XVII: 2) y que «tiene toda
potestad en el cielo y en la tierra» (Mateo XXVIII: 18).
80.
La unión entre el Señor y el Padre fue recíproca. Esto consta
por los siguientes pasajes del Verbo:
«Felipe: ¿no crees que yo soy en el Padre y el Padre en mi? Creedme
que yo soy en el Padre y el Padre en mí» (Juan XIV: 10; 11).
«Para que todos sean una cosa, como tú, OH Padre, en mi y yo en ti»
(XVII: 21).
«Padre, todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío» (XVII: 10).
Toda
unión es reciproca, porque no existe conjunción alguna entredós
cosas á menos de que accedan mutuamente la una á la otra. La
conjunción en el cielo, en el mundo y en el hombre no tiene otra
causa. Todas las partes y partículas que
forman el conjunto acceden mutuamente unos á otros, teniendo
un mismo deseo. De ahí viene cierta homogeneidad, simpatía,
unanimidad y concordancia en cada partícula del conjunto. De esta
índole es la conjunción del alma con el cuerpo en cada hombre; así
es la conjunción entre el espíritu del hombre y todos los órganos
sensorios y motrices del cuerpo. Así es la conjunción entré el
corazón y los pulmones, entre la voluntad y el entendimiento; así la
conjunción de los varios miembros y vísceras en él cuerpo humano
entre ellos, así la conjunción de dos mentes, que interiormente se
aman. En todas sus particulares se halla inscrito amor y amistad,
porque el amor desea amar y desea ser amado. Si la conjunción no es
recíproca, si no nace del mutuo asentimiento de ambas partes, no es
una conjunción interior, y tal conjunción se disuelve en su tiempo,
á veces hasta el punto de que no se conozcan más. Puesto que no
puede haber conjunción alguna sin que se efectúe mutua y
recíprocamente, sigue que la conjunción del Señor con el hombre es
igualmente mutua y recíproca. Esto consta también por muchos pasajes
en el Verbo:
«El
que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él» (Juan
VI: 16).
«Permaneced en mi y Yo en vosotros. El que permanece en mi y Yo en
él, este lleva mucho fruto» (XV: 4; 5).
«Si
alguien abriere la puerta entraré á él y cenaré con él y él conmigo»
(Apoc. III: 20).
y
en otros lugares. Esta conjunción se efectúa con acceder el hombre
al Señor y el Señor al hombre. Es una ley fija é inmutable, que
cuanto el hombre accede al Señor, tanto accede el Señor al hombre.
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