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VIII

El progreso hacia la unión era Su estado de exinanición (agotamiento, extenuación), y la unión misma es Su estado de glorificación.

85. Es conocido en la Iglesia, que el Señor, mientras se hallaba en la tierra, se hallaba alternativamente en dos estados, el uno llamado su estado de exinanición y el otro su estado de glorificación. Su estado de exinanición es descrito en muchos pasajes del Verbo, especialmente en los salmos de David y también en los profetas, particularmente en Isaías, donde se dice que derramó su alma hasta la muerte (LIII: 12). Este estado era su estado de humillación ante el Padre; en este estado oraba al Padre, decía que obraba la voluntad del Padre y atribuía al Padre todo cuanto hablaba y obraba. Que oraba al Padre consta por los siguientes pasajes: Mateo XXVI:39; 44. Marcos I: 35; VI: 46; XIV: 32; 39. Lucas V: 16; VI: 12; XXII: 41; 44. Juan XVII: 9; 15; 20. Que obraba la voluntad del Padre, por éstos: Juan IV: 34; V: 30. Que atribuía al Padre todo cuanto obraba y hablaba, por estos otros: Juan VIII: 26; 29; XII: 49, 50; XIV: 10; y en la Cruz exclamó: Dios mió, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mateo XXVII: 46. Marcos XV: 34). Además, sin este estado de humillación, no hubiera podido dejarse crucificar. Su estado de glorificación es también su estado de unión. En este estado se hallaba, cuando fue transfigurado ante los tres discípulos, y siempre cuando obraba Milagros, y cuando decía que el Padre y El eran Uno; que el Padre era en El y El en el Padre; que todas las cosas del Padre eran Suyas; y cuando la unión fue completa y llena, dijo que le era dado potestad sobre toda carne (Juan XVII), y toda potestad en el cielo y en la tierra (Mateo XXVIII: 18).

86. La razón por la cual el Señor pasó por estos dos estados, á saber, por el de la exinanición y el de la glorificación, es que éstos son el único medio de efectuar el progreso hacia la unión, porque son el único procedimiento que va de acuerdo con el Divino Orden, el cual es inalterable. El Divino Orden es, que el hombre debe disponerse á la recepción de Dios y prepararse como un receptáculo ó habitación, en la cual Dios puede entrar y habitar como en su templo. El hombre debe hacer esto por sí mismo, pero sin embargo debe reconocer que lo hace por virtud de Dios. Debe reconocer esto, porque no siente en sí la presencia y la operación de Dios, por más que Dios, hallándose perfectamente presente en el hombre, opera en él todo el bien del amor y toda la verdad de la fe. Todo hombre debe proceder con arreglo á este orden, á fin de que, de ser hombre natural, pueda llegar á ser hombre espiritual. De esta misma manera hubo de progresar el Señor para poder hacer Divina su Naturaleza Humana. De ahí que oraba al Padre; que obraba Su voluntad; que atribuía al Padre todo cuanto obraba y hablaba, y que en la Cruz exclamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» porque en este estado parece como si Dios se halla ausente y lejos. Pero á este estado sigue otro, que es el de la conjunción con Dios. En este estado el hombre obra y procede de igual manera, pero entonces de Dios, y entonces no siente necesidad de atribuir á Dios todo el bien que siente y obra y toda verdad que piensa y habla, porque esto se halla inscrito en su corazón, y por consiguiente está interiormente presente en todos sus actos y en todas sus palabras. De esta manera el Señor se unió al Padre y el Padre se unió á El. En una palabra; el Señor glorificó su Humanidad, esto es, la hizo Divina, por el mismo procedimiento por el cual regenera al hombre, haciéndole espiritual. Todo hombre que, de ser natural, es hecho espiritual, pasa por dos estados, y por medio del uno pasa y entra en el otro; pasa pues del mundo al cielo. Estos dos estados se llaman asimismo su estado de reformación y su estado de regeneración. En el primer estado el hombre obra libremente, de conformidad con su mente racional, sin embargo obra las verdades sólo por constreñirse; en el segundo estado, que es el de la regeneración, obra igualmente con completa libertad, pero sin constreñimiento, porque en este estado desea y obra, piensa y habla, por virtud de un nuevo amor y una nueva inteligencia, que proceden del Señor. En el primer estado el entendimiento hace la parte principal, y la voluntad es subordinada, pero en el segundo la voluntad hace la primera parte, y el entendimiento la segunda; sin embargo, el entendimiento no deja de ser el que obra y ejecuta, si bien funciona por virtud de la voluntad, porque la voluntad no obra, sirviéndose del entendimiento como de algún instrumento. La conjunción del bien con la verdad, ó sea del amor con la fe, ó del hombre interior con el hombre exterior, no se efectúa de otra manera. Esta conjunción es según el Divino Orden, y debe existir en todas las cosas, para que puedan ser algo, y por esta razón se puede ver una ilustración de ella en toda cosa de la Naturaleza. Por ejemplo en el árbol. El primer estado de la conjunción, ó sea el de la reformación, corresponde al primer estado del árbol cuando brota de su simiente, crece, echa ramas y hojas. El segundo estado, ó sea el estado de la regeneración, corresponde al segundo estado del árbol, cuando lleva fruto y nueva simiente. Todo lo que hay en el árbol, menos la fruta y la simiente dentro de ella, corresponde á las verdades, y la fruta corresponde al bien. El hombre que se para en el primer estado, es decir, que es reformado, pero no regenerado, es como un árbol que sólo lleva hojas y no fruto, de cuyo árbol dicen las Escrituras, que será cortado y echado al fuego (Mateo VII: 19).

 

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