TRES RECUERDOS
90.
RECUERDO. (Extracto). Una vez hallándome en el mundo
espiritual, vi un objeto en el aire que caía hacia la tierra,
rodeado de un círculo luminoso. Era un meteoro, vulgarmente llamado
un dragón. Observé el sitio donde cayó, pero desapareció en el
crepúsculo de la mañana, como suelen desaparecer los fuegos fatuos.
Cuando hubo amanecido, fui al lugar donde cayó, y he aquí, en el
suelo había una mezcla de azufre, limaduras de hierro y barro;
luego, de repente, aparecieron dos tiendas de lona, una sobre el
punto mismo y la otra al lado hacia el mediodía; miré arriba y vi
cierto espíritu, que cayó del cielo como un relámpago, siendo
lanzado dentro de la tienda, que estaba sobre el lugar, en el cual
cayó el meteoro, hallándome yo en la otra, al lado hacia el
mediodía. En la puerta de esta tienda estaba yo y ví al espíritu en
la puerta de la suya. Le pregunté entonces, por qué cayó de tal
manera del cielo, y respondió que fue echado como espíritu del
dragón por los ángeles de Micael, «porque», dijo, «dije ciertas
cosas acerca de mi fe en la cual me confirmé en el mundo, entre
otras cosas esto, que Dios Padre y Dios Hijo son dos y no uno;
porque ahora todos en el cielo creen que son uno como el alma y el
cuerpo y toda palabra que contradiga esto, es para ellos como
picadura en las narices y como un gusano que se introduce en sus
oídos, procurando perforarlos y causándoles así molestia y dolor;
por lo cual, cualquiera que contradiga su creencia es invitado á
salir, y si se resiste es precipitado cabeza abajo». Al oír esto le
pregunté: «¿por qué no creíste lo que ellos creen?» y me contestó:
«Después de salir del mundo nadie puede creer otra cosa que aquello
en lo cual se ha confirmado, lo cual así ha sido inscrito sobre él
mismo; esto permanece fijo en él y no puede ser modificado, sobre
todo aquello en que se ha confirmado con respecto á Dios, puesto que
cada uno en el cielo ocupa su lugar con arreglo á la idea particular
que tiene acerca de Dios».
El
espíritu fue luego enviado al pozo del abismo, mencionado en el
Apocalipsis (cap. IX: 2 y siguientes), donde los ángeles del dragón
discuten los misterios de su fe. El día siguiente, mirando hacia el
mismo lugar, vi en vez de las tiendas dos estatuas que parecían
seres humanos, hechas del polvo de la tierra del lugar, que
consistía de azufre, limaduras de hierro y barro, y una de las
estatuas parecía tener en su mano izquierda un cetro y sobre su
cabeza una corona; en su mano derecha un libro, y también llevaba un
racional adornado con piedras preciosas, y por la espalda un manto
que notaba hacia la otra estatua; pero estas cosas fueron inducidas
sobre las estatuas por medio de la fantasía,.; luego se dejó oír una
voz que procedía de cierto dragonista: «Esta estatua representa
nuestra fe como una reina, y la otra, que está detrás de ella,
representa el amor como doncella suya». Esta última era de la misma
composición, de polvo de la tierra, y colocada á la extremidad del
manto que arrastraba la reina, y tenía en la mano un papel en el
cual estaba escrito: «Ten cuidado de no acercarte y tocar al manto»;
pero entonces cayó una fuerte lluvia del cielo, penetrando en ambas
estatuas, las cuales, siendo compuestas de una mezcla de azufre,
hierro y barro, comenzaron á hervir, como suele hacer una mezcla de
estos ingredientes cuando se echa agua encima, y así ardiendo por un
fuego interior, fueron reducidas á dos montones de ceniza, cuyos
montones luego presentaban el aspecto de dos sepulcros.
91.
RECUERDO 2.° En el mundo natural el hombre tiene dos maneras de
hablar, porque su pensamiento es doble; es exterior é interior. Un
hombre puede hablar desde su pensamiento interior, y al mismo tiempo
desde su pensamiento exterior, y puede hablar desde su pensamiento
exterior y no desde su interior, y hasta contrariamente al interior;
de esta naturaleza es el habla de los disimuladores, .aduladores é
hipócritas. En el mundo espiritual, por el contrario, el hombre no
tiene una doble habla, sino sencilla. Allí habla lo que piensa; de
lo contrario, el sonido de la voz es ronco y molesta el oído; pero
puede sin embargo guardar silencio y así no divulgar los
pensamientos de su mente. Por esta razón, cuando un hipócrita entra
entre los sabios, si no se marcha, se mete en un rincón, evita el
ser observado y guarda silencio. Una vez se hallaban reunidos varios
en el mundo de los espíritus, conversando sobre este particular,
diciendo que «el no poder hablar más que lo que se piensa, debe ser
duro para los que no han pensado justa y rectamente con respecto á
Dios y al Señor, teniendo sin embargo que estar en compañía de los
buenos». En el centro de la asamblea se hallaban los reformados, y
junto a ellos los papistas con los frailes, y ambas clases dijeron
al principio, que no era duro. ¿Qué necesidad hay de hablar de otra
manera que se piensa? y si por ventura no se piensa justamente, ¿no
puede cerrar los labios y guardar silencio? y uno del clero dijo:
«¿Quién no piensa justamente con respecto al Señor y á Dios?» Pero
algunos de la congregación dijeron: «Ensayémoslos»; y se dirigieron
a los que se habían confirmado en una Trinidad de personas con
respecto a Dios, invitándoles á que dijesen: Un Único Dios, pero no
podían; torcían y retorcían sus labios de muchas maneras, pero no
podían articular otras palabras que las que concordaban con las
ideas de sus pensamientos, que eran las ideas de tres personas y por
consiguiente de tres Dioses. Luego fue dicho á los que se habían
confirmado en la fe separada del amor, que pronunciasen el nombre de
Jesús, pero no podían, si bien podían pronunciar «Cristo», y
asimismo «Dios Padre». Se extrañaron y preguntaron la razón,
encontrándola ser ésta: Que habían orado á Dios Padre invocando el
mérito del Hijo y no habían orado al Salvador Mismo, y Jesús
significa Salvador. Fueron también invitados á decir Divina
Humanidad, según su pensamiento acerca de la Humanidad del Señor,
pero ninguno de los clérigos allí presentes podía decirlo; sólo
algunos de los legos podían, por lo cual esto fue objeto de una
seria discusión, y les leyeron los siguientes pasajes de los
Evangelios: I. El Padre ha dado todas las cosas en las manos del
Hijo. (Juan III: 35). El Padre ha dado al Hijo potestad de toda
carne (XVII: 2). Todas las cosas me son entregadas por mi Padre
(Mateo XI: 27). Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra
(XVIII: 18). Y les fue dicho: por estas cosas guardad en el
pensamiento que Cristo es el Dios del Cielo y de la tierra, tanto
con respecto á su Divino cuanto á su Humano, y así pronunciad Divina
Humanidad; pero tampoco así lo podían. Dijeron que por estos pasajes
tenían por cierto alguna idea acerca de ello en su entendimiento,
pero sin embargo, no tenían reconocimiento, y por esta razón no
podían pronunciarlo. II. Luego les leyeron de Lucas (I: 32; 34, 35),
que el Señor en cuanto á su Humano era el Hijo de Jehová Dios; que
allí es llamado el Hijo del Altísimo, y en varios lugares el Hijo de
Dios y también el Unigénito, y les dijeron de retener esto en su
memoria y asimismo que el Hijo Unigénito de Dios, nacido en el
mundo, no puede menos de ser Dios, como el Padre es Dios, y entonces
pronunciar distintamente: Divina Humanidad. Pero dijeron: «No
podemos, porque nuestro pensamiento espiritual, que es el más
íntimo, no admite en el pensamiento más inmediato al habla otras
ideas que las que están en acuerdo»; y dijeron también que por este
hecho percibían, que ahora no les era permitido dividir sus
pensamientos, como en el mundo. III. Entonces leyéronles estas
palabras del Señor á Felipe; Felipe dijo: «Señor, enséñanos al
Padre; y el Señor dijo: ¿no crees que yo soy en el Padre y el Padre
en Mi?» (Juan XIV: 8; 11); y también otros pasajes, que el Padre y
El son Uno (como por ejemplo en Juan X: 30), y les dijeron de
retener esto en sus pensamientos y pronunciar Divina Humanidad. Pero
por no estar aquel pensamiento arraigado en el reconocimiento de que
el Señor es Dios también con respecto á Su Naturaleza Humana,
torcían sus labios hasta indignarse y procuraban obligar su boca á
pronunciarlo, pero no podían. La causa era que las ideas de los
pensamientos, las cuales fluyen del reconocimiento, forman uno con
las palabras de la lengua en los que están en el mundo espiritual, y
donde estas ideas no existen, allí tampoco existen palabras, siendo
así que las ideas se vuelven palabras en el habla. IV. Además les
leyeron de la doctrina admitida en el mundo cristiano entero, las
siguientes palabras: Lo Divino y lo Humano en el Señor no son dos,
sino uno y una Persona, unidos como el alma y el cuerpo en el
hombre. Estas palabras son de la confesión de la fe, llamada de
Atanasio y reconocida por los concilios. «Por esto»— les
dijeron—«podéis ciertamente tener una idea, por reconocimiento, de
que la Humanidad del Señor es Divina, porque es de la doctrina de
vuestra iglesia, que reconocíais en el mundo». Además el alma es la
esencia misma del hombre, y el cuerpo es su forma, y la esencia y su
forma hacen uno como el esse y el existere, y como la causa y su
efecto. Retenían la idea y procuraban por ella pronunciar Divina
Humanidad, pero no podían, porque su más íntima idea acerca de la
Humanidad del Señor exterminaba y expulsaba á esta otra idea
«adicional», como la llamaron. V. Entonces les fue leído este pasaje
de Juan: El Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios, y el Verbo fue
hecho carne (I: 4; 14); y también este otro: Jesucristo es el
verdadero Dios y la Vida eterna (epístola de Juan, vers. 20); y de
Pablo: En Jesucristo mora toda la plenitud de la Divinidad
corporalmente (Colosenses II: 9), y les fué dicho de pensar de
acuerdo con esto, es decir, que Dios, que era el Verbo, fué hecho
Carne, que era el verdadero Dios, y que toda la plenitud do la
Divinidad mora en El corporalmente; y lo hicieron, pero tan sólo en
su pensamiento exterior, por lo cual, á causa de la resistencia de
su pensamiento interior, no podían pronunciar Divina Humanidad, y
dijeron francamente que no podían tener idea de una Divina
Humanidad, porque Dios es Dios y el hombre es hombre, y Dios es
Espíritu y con respecto al espíritu no hemos tenido otra idea que de
aire ó éter. VI. Después les fue dicho: «Sabéis que el Señor dijo:
permaneced en Mí y Yo en vosotros; el que permanece en Mi y Yo en
él, éste lleva mucho fruto, porque sin Mí nada podéis hacer» (Juan
XV: 4,5); y en vista deque se hallaban presentes algunos clérigos
ingleses, les fue leído de una de las exhortaciones referentes á la
Santa Cena: «.Porque cuando espiritualmente comemos Ia Carne de
Cristo y bebemos Su Sangre, entonces permanecemos en Cristo y Cristo
en nosotros». Si ahora pensáis que esto no puede ser el caso á menos
de que la Humanidad del Señor sea Divina, pronunciad entonces Divina
Humanidad por el reconocimiento en el pensamiento». Pero aun así no
lo podían, porque llevaban tan hondamente impresa en sí la idea de
que lo Divino no puede ser Humano y lo Humano no puede ser Divino, y
que Su Divino era del Hijo desde Eternidad, y Su Humanidad como la
humanidad de otro hombre. Pero les dijeron: «¿Cómo podéis pensar
así? ¿Puede una mente racional jamás pensar que un Hijo nació de
Dios desde Eternidad?» VII Después de esto se dirigieron á los
Evangélicos, diciendo que la confesión de Augsburgo y Lutero enseña
que el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre es una Persona en Cristo,
que es Omnipotente y Omnipresente también en cuanto á su Humanidad,
y que en cuanto á ésta está sentado á la diestra de Dios Padre y
gobierna todas las cosas en el cielo y en la tierra/ llena todas las
cosas, está presente con nosotros, mora y opera en nosotros., y no
hay diferencia en la adoración, porque por medio dé la Divinidad, que
es discernible y visible, se adora á la Divinidad que es invisible é
indiscernible, y que en Cristo Dios es Hombre y el Hombre Dios.
Oyendo estas palabras, dijeron: «¿es esto así?» y miraban en
derredor de sí, diciendo después: «ignorábamos esto, por lo cual no
podemos decir Divina Humanidad»; pero algunos dijeron: «lo hemos
leído y hemos escrito acerca de ello, pero cuando reflexionábamos
sobre ello, no dejaba de ser para nosotros meras palabras, de las
cuales no teníamos idea interior». VIII. Finalmente, dirigiéndose á
los papistas, dijeron: «Quizás podéis vosotros decir Divina
Humanidad, siendo así que creéis, que en vuestra eucaristía está
Cristo enteramente en el vino y en el agua y en cada partícula de
ellos, y le adoráis también al llevar por los alrededores la Hostia
como el Santísimo Dios; también porque llamáis á María Deípara (la
que ha parido á Dios), por consiguiente reconocéis, que parió á
Dios, es decir, á la Divina Humanidad». Procuraban entonces
pronunciarlo, pero les impedía la idea material que tenían con
respecto al cuerpo y sangre de Cristo, y también la creencia de que
Su Humanidad es separable de Su Divinidad, siendo estos dos
efectivamente separados en el Papa, al cual pretenden fue
transferida su potestad humana, pero no Su Potestad Divina. Entonces
se levantó un fraile, y dijo, que más fácilmente podía imaginarse
una Divina Humanidad con respecto á la Santísima Virgen María, y
también con respecto á un Santo que fue de su monasterio. Otro
fraile se adelantó y dijo: «Por la idea de mi pensamiento, que ahora
tengo, puedo con más facilidad decir Divina Humanidad con respecto
al Santísimo Papa, que con respecto á Cristo». Pero entonces algunos
de los papistas le tiraban de la capa por detrás, diciéndole: ¡qué
vergüenza! Después se vio abierto el cielo y descendieron como
pequeñas llamas de fuego, que influían en algunos, y éstos alababan
entonces á la Divina Humanidad del Señor, diciendo: «Apartad de
vosotros la idea de tres Dioses y creed, que en el Señor mora toda
la plenitud de la Divinidad corporalmente; que el Padre y El son Uno
como el alma y el cuerpo son uno, y que Dios no es aire ó éter, sino
que es Hombre. Entonces tendréis conjunción con el cielo y podréis
por el Señor pronunciar el nombre de Jesús y decir Divina
Humanidad».
92. RECUERDO 3.° Una vez, despertándome poco después de apuntar el
día, me levanté y salí al jardín delante de mi casa. Vi al sol salir
en su esplendor y alrededor de él una aureola, al principio débil,
luego más distinta, resplandeciente como oro. Debajo de su borde
inferior, subía una nube que parecía un carbunclo por la llama del
sol. Caí en meditación sobre las fábulas de los antiguos, que se
imaginaban la aurora con alas de plata y rostro reluciente como el
oro. Mientras mi mente se deleitaba en estas cosas, fui en el
espíritu y oí algunos hablar entre sí diciendo: «Ojalá que nos fuere
permitido hablar con el innovador, que ha echado la manzana de
contención entre los príncipes de la iglesia, detrás de cuya manzana
han ido muchos de los legos, y recogiéndola la han presentado
delante de nuestros ojos». Por esta manzana entendían un opúsculo
mío titulado Breve exposición de la doctrina de la Nueva Iglesia, y
dijeron: «Es en verdad una cosa cismática, cuyo parecido jamás
hombre concibió». A esto oí exclamar á uno de ellos: «¿qué,
cismática? ¡es una herejía!» Pero otros que estaban al lado de él
contestaron: «Chitón, retén tu lengua; no es una herejía. Cita
muchos pasajes del Verbo, á los cuales nuestros ignorantes, por los
cuales entendemos los legos, atienden y consienten». Al oír estas
cosas, encontrándome en el espíritu, me acerqué á ellos y dije:
«Heme aquí; ¿qué pasa?» Entonces uno de ellos, un alemán, natural de
Sajonia, según luego aprendí, hablando en tono de autoridad, dijo:
«¿De dónde te ha venido la audacia de invertir la adoración en el
mundo Cristiano, establecida desde hace tantos años, la cual es que
se debe adorar á Dios Padre como el Creador del Universo y á su Hijo
como Mediador y al Espíritu Santo como Operador? T tú separas el
primero y este último Dios de nuestra Trinidad, cuando sin embargo
el Señor Mismo dice: «Cuando oráis, orad de esta manera: Nuestro
Padre, tú que estás en los cielos, Santificado sea tu nombre; venga
tu reino». ¿No debemos, pues, adorar á Dios Padre?» Dicho esto hubo
un silencio, y todos sus adictos se pusieron en la actitud de bravos
soldados en buques de guerra, cuando divisan á la flota enemiga,
prontos á gritar: «Ahora á la batalla, la victoria es nuestra».
Entonces tomé la palabra y dije: «¿Quién de entre vosotros no sabe
que Dios descendió del cielo y se hizo Hombre? porque leemos: «El
Verbo era con Dios y el Verbo era Dios, y el Verbo fue hecho carne»;
y además, ¿quién de entre vosotros no sabe—y miré á los evangélicos,
entre los cuales estaba el dictador, que acababa de dirigirme la
palabra—que en Cristo, que nació de la Virgen María, Dios es Hombre
y el Hombre es Dios?» Pero á estas palabras se produjo en la reunión
un grande ruido, por lo cual dije: «¿No sabéis esto? es de acuerdo
con la doctrina de vuestra confesión, que se llama Formula
concordia; en ésta se dicen estas cosas, las cuales son confirmadas
y corroboradas por muchas otras». Entonces el dictador se dirigió á
la reunión preguntando si sabían esto. Contestaron: «Hemos estudiado
muy poco en ese libro con respecto á la Persona de Cristo, pero
hemos hecho duros esfuerzos con respecto á otro artículo del mismo,
que trata de la justificación por la fe sola. Sin embargo, si esas
cosas se hallan allí, convinimos en ellas»; y entonces, recordándolo
uno de ellos, dijo: «se hallan allí, y además se lee, que la
Naturaleza Humana de Cristo es elevada á Divina Majestad y á todos
sus atributos, y que en esa Naturaleza Cristo está sentado á la
diestra del Padre». Oídas estas palabras permanecían silenciosos, y
después de esta concurrencia hablé de nuevo, diciendo: «Escuchad las
palabras del Señor Mismo, y si no habéis atendido á ellas antes,
atended ahora; porque El dijo: «El Padre y Yo somos Uno. El Padre es
en Mí y Yo en el Padre. Padre, todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es
mío. El que me ve á Mí ve al Padre». ¿Qué. pueden significar estas
palabras, si no significan que el Padre es en el Hijo y el Hijo es
en el Padre, y que son Uno como el alma y el cuerpo en el hombre, y
por consiguiente, qué son una Persona? Esto debe también ser
conforme á vuestra fe, si creéis el símbolo de Atanasio, donde estas
cosas se dicen. Pero tomemos de las palabras citadas solo éstas:
Todo lo tuyo es mío y todo lo mío es tuyo. ¿Qué puede decir esto, si
no es que lo Divino del Padre pertenece á lo Humano del Hijo y que
lo Humano del Hijo pertenece á lo Divino del Padre? Por
consiguiente, que en Cristo Dios es Hombre y el Hombre es Dios? y
que por consiguiente son uno como el alma y el cuerpo son uno. Cada
hombre puede decir lo mismo con respecto á su alma y cuerpo, «todo
lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; tú en mí y yo en tí; el que me
ve á mí ve á ti; somos uno en cuanto á persona y en cuanto á la
vida». La razón es que el alma está presente en todo el cuerpo y en
cada partícula del mismo, y entre ellos existe mutualidad. De ahí es
claro que lo Divino del Padre es el alma del Hijo, y que lo Humano
del Hijo es el Cuerpo del Padre. ¿De dónde es el alma del hijo si no
es del padre, y de dónde es su cuerpo si no es de la madre? Dije lo
Divino del Padre, y esto quiere decir el Pa¬dre Mismo, puesto que El
y Su Divino son una misma cosa, y El es uno é indivisible. Esto es
asimismo evidente por las palabras del ángel Gabriel á María: La
virtud del Altísimo te hará sombra y él Santo Espíritu vendrá sobre
ti, y lo santo que nacerá será llamado el Hijo de Dios, y un poco
más arriba es llamado el Hijo del Altísimo y en otro lugar el Hijo
Unigénito. Pero vosotros que le llamáis el «hijo de María», perdéis
la idea de Su Divinidad; sin embargo, no la pierden mas que los
doctos del clero y los eruditos entre los legos, quienes, cuando
elevan sus pensamientos por encima de las cosas sensuales del
cuerpo, miran la gloria de su propia reputación, la cual no solo
eclipsa, sino también extingue la luz, por medio de la cual entra la
gloria de Dios. Pero volvamos á la oración del Señor en la cual se
dice: «Nuestro Padre, tú que estás en los cielos; santificado sea tu
nombre; venga tu reino». Vosotros, que estáis aquí, entendéis por
estas palabras el Padre en cuanto á Su Divino solamente; pero yo
entiendo por ellas el Padre en Su Naturaleza Humana; esta es en
realidad el Nombre del Padre; porque el Señor dijo: Padre, glorifica
tu Nombre; esto es, glorifica tu Humanidad; y cuando esto acontece,
viene él Reino de Dios. Esta oración fue dada para el uso del
presente tiempo, evidentemente como un medio de poder acercarse los
hombres al Padre por conducto de Su Naturaleza Humana. El Señor dice
también: nadie viene al Padre sino por Mí; y en el profeta: Niño nos
es nacido; Hijo nos es dado, y Su Nombre Dios, Poderoso, Padre
eterno, y en otro lugar: Tu oh Jehová es nuestro Padre, nuestro
Redentor desde siempre es tu nombre, y además en muchos lugares el
Señor, nuestro Salvador, es llamado Jehová. Esta es la verdadera
explicación de las citadas palabras de esta oración». Dicho esto les
miré, observando un cambio en sus semblantes causado por el cambio
del estado de sus mentes; algunos asentían y me miraban; otros no
asentían y apartaban de mí sus rostros. Entonces vi á la derecha una
nube de color opal y á la izquierda una nube densa y sombría; debajo
de una y otra nube hubo una apariencia de lluvia; debajo de la
última, era como una lluvia recia de otoño, y debajo de la primera,
como cuando cae el rocío al principio de la primavera. Entonces,
súbitamente, fui apartado del espíritu y reintroducido en el cuerpo,
volviendo así del mundo espiritual al mundo natural.
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